Tal parece que el grupo de amigos de los partidos políticos es un conjunto vacío. Nadie que se respete parece querer hablar de ellos y, sin embargo, hay ocasiones que explican por qué su denostada existencia se justifica.
Los partidos son actores colectivos que se hacen cargo de dar tratamiento a problemas que no pueden solucionar los expertos, ni los especialistas de ningún tipo, ni las personas de buena voluntad y de mejor intensión.
Por supuesto, el cambio de Constitución no tiene una respuesta constitucional y los expertos lo saben perfectamente. La buena aceptación del anteproyecto entregado al Consejo se explica porque recogieron los consensos existentes y, cuando no los había, pudieron establecerlos recurriendo a quienes los habían nominado.
Las castañas fueron sacadas con la mano de los expertos y los avances conseguidos fueron de una sensatez asombrosa. Claro que todo ello fue logrado a las puertas de que entrara en escena Republicanos, el actor más difícil, más reactivo a respetar acuerdos previos y con mayoría.
Ahora que Republicanos hizo algo muy desagradable, que consiste en comportarse como Republicanos, nos encontramos, para sorpresa general, devueltos al punto de partida de la mano del otro polo: con un producto casi del completo gusto de sus polarizados autores, pero no tolerable para el resto.
Lo mismo que la vez anterior, cerca de la hora de cierre, se toma conciencia de que hay que morigerar el texto que se está produciendo no porque no represente a la mayoría del Consejo, sino, precisamente, porque lo interpreta en exceso.
La situación es tan complicada que se está dispuesto a recurrir hasta a los personajes menos queridos, a los parias, a los partidos, es decir, a los patitos feos. Estos, por supuesto, tienen muchos defectos, pero no la timidez.
La ventana de oportunidad que se abre es, por ahora, más un espejismo que una realidad. Ocurre que el Consejo debe remitir su texto al Comité de Expertos, los que tienen un corto período para enmendar y proponer. Se espera que, de una manera u otra, los peritos se las ingenien para volver a su propuesta original. Ellos, que no nacieron ayer, saben que eso es imposible.
Los técnicos constitucionalistas reconocen que no pueden hacer y deshacer redacciones como si estuvieran solos, cuando tienen los redactores exactamente al lado. Con sensatez, piden un acuerdo político para operar.
Por eso la hora de los patitos feos ha llegado. Y más vale que, como en el cuento, exista al menos un cisne entre ellos porque la solución no es un cuadrillazo. Sería cometer el mismo error, repetido por enésima vez.
Importa quiénes empiezan a conversar el acuerdo político, pero más importa saber que este tiene que incluir a todos porque de otra manera sería fácil, cualquiera lo consigue excluyendo y no se tendrían que pagar costos dolorosos.
Dicho sin anestesia, el acuerdo debe incluir a Republicanos o es mejor prepararse para una nueva versión de un proceso fracasado. Los articuladores están siendo de centroderecha y este es un club de patitos feos pragmáticos. Contra su costumbre, es mejor que vuelen alto, antes de que vuelen plumas.




