llevar a Bachelet a la ONU, se ha transformado en un dilema para Gabriel Boric y José Antonio Kast. La jugada internacional que podría situar a Chile en una posición de alto protagonismo global terminó convirtiéndose en un tablero interno. Se trata de decisiones que se toman hoy, pero cuyos efectos se proyectan en el mediano y largo plazo. En ese escenario, el margen de error político se reduce de manera considerable.
La viabilidad de la candidatura no depende solo de la trayectoria de Bachelet. También está condicionada por la capacidad del Estado para articular respaldo diplomático sostenido. Sin esa estructura, incluso las mejores credenciales pueden perder fuerza.
Una candidata con credenciales globales
Bachelet reúne una combinación poco frecuente de experiencia presidencial, liderazgo multilateral y redes internacionales consolidadas. Su paso por ONU Mujeres y por la Alta Comisionada para los Derechos Humanos le otorgó legitimidad interna y reconocimiento entre las principales potencias. Ese capital político la posiciona dentro del grupo reducido de candidaturas con opciones reales.
A diferencia de otros aspirantes, no llega como figura externa al sistema. Conoce la burocracia, los equilibrios internos y las tensiones que atraviesan a la organización. Ese conocimiento representa una ventaja relevante en procesos dominados por negociaciones silenciosas.
En contextos donde el consenso pesa más que el carisma, ese perfil técnico-político suele marcar diferencias. La trayectoria acumulada le permite dialogar con distintos bloques sin generar resistencias automáticas. Ese atributo resulta clave en una carrera marcada por vetos potenciales.
Boric ante un riesgo estratégico
Para el Presidente Gabriel Boric, la candidatura representa una oportunidad y una amenaza simultánea. Un respaldo mal administrado puede instalar la idea de que su gobierno utilizó una figura con capital propio sin garantizarle apoyo real del Estado. Si la postulación fracasa en medio de señales ambiguas, la responsabilidad política recaería inevitablemente sobre La Moneda.
Además, Boric enfrenta expectativas contradictorias dentro de su propio sector. Parte del progresismo espera un respaldo decidido a una figura emblemática de la izquierda democrática. Al mismo tiempo, una derrota internacional podría interpretarse como una nueva muestra de debilidad en la conducción de procesos estratégicos.
La frustrada administración del proceso constitucional sigue siendo una referencia inevitable en ese análisis. Una segunda derrota de alto perfil, esta vez en el plano internacional, reforzaría el relato de dificultades para gestionar decisiones estructurales. En ese escenario, el costo podría proyectarse hacia cualquier aspiración futura.
El dilema estructural de Kast
Para José Antonio Kast, el escenario resulta igualmente complejo. Un apoyo pleno a Bachelet tensiona su relación con los sectores más duros de su base. Para ellos, la exmandataria simboliza un ciclo político que buscan dejar atrás.
Sin embargo, un respaldo débil o meramente formal abre flancos desde el centro y la izquierda. En ese caso, puede instalarse el relato de una falta de compromiso con una candidatura de interés nacional. Esa percepción dañaría su imagen de liderazgo responsable y mina los acuerdos legislativos.
La experiencia del segundo proceso constitucional sigue pesando en ese cálculo. Si Bachelet alcanza instancias decisivas y cae por falta de apoyo interno, el costo recaerá sobre Kast. Los sectores moderados que los respaldaron en el balotaje, difícilmente tolerarán un escenario de mezquindad política.
Un respaldo interno limitado
Ese es uno de los principales flancos de la candidatura, la ausencia de un apoyo entusiasta desde el próximo gobierno. Todo indica que el respaldo sería principalmente institucional, orientado a evitar costos políticos internos. Ese tipo de patrocinio garantiza piso, pero no asegura techo internacional.
En procesos de esta magnitud, los Estados deben invertir capital político, tiempo y credibilidad. No basta con presentar un nombre ante los organismos multilaterales. Se requiere una estrategia coordinada y persistente en distintas capitales.
Sin esa inversión sostenida, incluso las candidaturas mejor posicionadas pierden competitividad. La experiencia reciente en organismos internacionales confirma esa dinámica. La diplomacia pasiva rara vez resulta exitosa.
El factor Brasil y México
Frente a esa debilidad, el copatrocinio de Brasil y México emerge como un elemento clave. Ambos países cuentan con redes diplomáticas amplias, influencia en el G20 y llegada efectiva a África y Asia. Su respaldo aporta una estructura que Chile difícilmente podría movilizar en solitario.
Este eje regional permite compensar parte del déficit interno. Sin embargo, también implica ceder protagonismo en la conducción estratégica. El liderazgo compartido reduce el control directo del Estado chileno.
En ese equilibrio, Chile gana respaldo, pero pierde autonomía. La candidatura se vuelve, en parte, una apuesta regional. Esa condición introduce nuevas variables en la toma de decisiones.
El filtro de las grandes potencias
La definición final se producirá en el Consejo de Seguridad. Allí, el veto de los miembros permanentes resulta decisivo. Estados Unidos y Europa ven a Bachelet como una figura aceptable o confiable, mientras China mantiene una cautela pragmática.
Rusia representa el principal factor de incertidumbre debido a su sensibilidad frente al discurso de derechos humanos. En ese contexto, cualquier negociación será especialmente delicada. Ninguna candidatura avanza sin acuerdos silenciosos previos.
Bachelet aparece, así, como una candidata de consenso posible. No genera entusiasmos absolutos, pero tampoco rechazos automáticos. Ese perfil suele imponerse en escenarios fragmentados.
Competencia y escenario internacional
Los principales rivales potenciales provienen de Europa y Asia, con perfiles tecnocráticos o diplomáticos. También podrían emerger exlíderes africanos, respaldados por argumentos de rotación regional. El campo competitivo permanece abierto.
Pocos, sin embargo, combinan experiencia política, trayectoria ONU y visibilidad global como Bachelet. Tras el mandato de António Guterres, la organización busca estabilidad más que confrontación. Ese contexto la favorece.
La disputa no se definirá solo por méritos individuales. Pesará la capacidad de articular consensos amplios entre bloques divergentes. Allí se jugará la verdadera competencia.
Es tarea del Estado
Si el país aspira a maximizar sus opciones, debe ordenar su política exterior con rapidez. Regularizar compromisos financieros, coordinar embajadas y definir una estrategia centralizada resulta indispensable. La improvisación sería especialmente costosa.
También se requiere involucramiento directo del más alto nivel político. La candidatura no puede quedar en manos exclusivas de la Cancillería. Debe transformarse en una prioridad transversal del Estado.
Sin ese respaldo estructural, la postulación perderá fuerza. Competidores más cohesionados aprovecharán cualquier vacío, donde el margen para errores es limitado.
Costos políticos en juego
Un eventual fracaso no tendría solo consecuencias diplomáticas, también abriría un flanco interno para el próximo gobierno. La percepción de desinterés o negligencia podría traducirse en un costo político relevante.
Bachelet conserva respaldo ciudadano y reconocimiento transversal, por lo que debilitar su opción sin razones claras sería difícil de justificar. Ese factor explica la cautela de todos los sectores.
La forma en que se gestione esta candidatura quedará como precedente que no solo evaluará una figura, sino la seriedad del Estado chileno en política exterior. Ese juicio perdura más allá de los gobiernos.
Una oportunidad bajo presión
La candidatura de Bachelet es real, competitiva y viable en el escenario actual. No está garantizada, pero tampoco es testimonial y desde ya destinada al fracaso. Depende, en gran medida, de la coherencia institucional que logre articular Chile.
El desafío para este y el próximo gobierno será convertir una opción individual en una apuesta nacional. Si lo logra, el país fortalecerá su influencia internacional, sin embargo, si falla, se pagará un costo que irá más allá de una elección perdida.
Boric y Kast, lo saben. Pero, ¿lo entienden?







