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Autismo: se trata de incluir, no de “aceptar”

Paula Alarcón Muñoz

Académica Facultad de Educación. Pedagogía en Educación Diferencial. Universidad Alberto Hurtado.

Austismo
Foto: Generado con IA
Hablar de «aceptación» encubre una asimetría de poder. La aceptación asume que existe una mayoría «normal»

Cada 2 de abril se conmemora el Día de la Concienciación sobre el Autismo, fecha instaurada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2007. Este año el lema es «Autismo y humanidad: toda vida tiene valor».

¿Qué hay detrás de esta frase?

Para muchas y muchos de quienes trabajamos en educación, el imperativo ético es transitar desde una limitante narrativa del “déficit” hacia una de reconocimiento activo e inclusión. En nuestro país, en los últimos años, el discurso ha transitado desde la «concienciación» hacia la «aceptación». Pero, ¿qué significa exactamente «aceptar»? ¿A qué estándar de normalidad estamos pidiendo que nuestros estudiantes autistas se adapten para ser aceptados? Una perspectiva pedagógica e inclusiva nos invita a tensionar esta idea.

Hablar de «aceptación» encubre una asimetría de poder. La aceptación asume que existe una mayoría «normal» que —por compasión, tolerancia o cierto buenismo— le otorga un espacio a una minoría percibida como diferente. Eso refuerza la marginación del estudiantado, marcando la asimetría con quien se percibe a sí mismo como «normal».

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Para construir escuelas justas, primero debemos entender que la «normalidad» es una construcción social y cultural.  En la educación chilena, este «imperio de la normalidad» sigue profundamente arraigado: a partir de él se asume  que todos los estudiantes deben aprender, comunicarse y procesar los estímulos de la misma manera. La estructura escolar asume como «normal» un comportamiento estandarizado: mantenerse sentados sin conversar, atender de manera constante, mostrar motivación de una forma predeterminada y tolerar los mismos estímulos ambientales.

Uno de los desafíos pedagógicos para Chile  no es  recurrir a etiquetas para clasificar al estudiantado, ni pedirle a la comunidad educativa que simplemente «acepte» la diversidad. La verdadera inclusión requiere abandonar el paradigma biomédico —que asimila diferente a “déficit”—  y entender que no es el estudiantado quien debe adaptarse a una escuela, sino que es el entorno escolar el que debe transformarse.

Si queremos hacer eco del lema «toda vida tiene valor», la revolución educativa, con miras a la inclusión, es desafiante:  consiste en abandonar la cómoda visión de la homogeneidad escolar y desaprender nuestras  valoraciones sesgadas sobre lo que significa ser un estudiante «normal».

 

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