Las imágenes parecen sacadas de otra época: mujeres preparando pan casero, cuidando a sus hijos, luciendo vestidos largos y hablando de sumisión, feminidad y matrimonio.
Lo que comenzó como una estética en TikTok e Instagram terminó convirtiéndose en un debate político sobre el papel de las mujeres en la sociedad.
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En el centro de esa conversación aparece Erika Kirk, viuda del activista conservador Charlie Kirk y actual directora ejecutiva de Turning Point USA, quien se ha transformado en una de las voces más visibles del llamado movimiento tradwife (traditional wife o «esposa tradicional»).
Sus discursos, sin embargo, han despertado fuertes críticas entre académicas, organizaciones feministas y miles de usuarias en redes sociales, quienes advierten que algunas de estas ideas representan un retroceso en derechos conquistados durante más de un siglo.
MÁS QUE UNA ESTÉTICA
El fenómeno tradwife promueve un estilo de vida basado en una división tradicional de los roles familiares: el hombre como proveedor económico y la mujer dedicada principalmente al hogar, la maternidad y el cuidado de la familia.
Aunque muchas creadoras de contenido sostienen que se trata de una decisión personal, especialistas señalan que el problema surge cuando este modelo se presenta como el único camino válido para las mujeres o cuando se utiliza para cuestionar derechos ya consolidados.
¿QUÉ DICE ERIKA KIRK?
Durante la Women’s Leadership Summit de Turning Point USA, Erika Kirk aseguró que la mujer encuentra su propósito apoyando a su esposo y formando una familia, criticando la idea de competir profesionalmente con los hombres y cuestionando aspectos del feminismo contemporáneo.
También ha promovido lo que denomina la «feminidad bíblica», poniendo el matrimonio y la maternidad como pilares fundamentales de la vida femenina.
Sus intervenciones rápidamente se viralizaron y generaron una intensa discusión en redes sociales.
LA PARADOJA QUE MARCAN SUS CRÍTICOS
Uno de los principales cuestionamientos hacia Erika Kirk no apunta a que una mujer quiera dedicarse al hogar, sino a la aparente contradicción entre su discurso y su propia trayectoria.
Actualmente dirige una de las organizaciones conservadoras más influyentes de Estados Unidos, ofrece conferencias, administra una institución con alcance nacional y participa activamente en la política.
Diversas analistas recuerdan que todas esas oportunidades existen gracias a derechos que durante décadas las mujeres no tuvieron: acceso a la educación superior, participación política, independencia económica y libertad para ejercer profesiones.
Hasta finales del siglo XIX y comienzos del XX, en gran parte del mundo las mujeres tenían prohibido votar, estudiar determinadas carreras, administrar bienes propios o acceder a múltiples empleos. Los movimientos sufragistas y feministas impulsaron gran parte de esos cambios.
Por ello, organizaciones feministas sostienen que la verdadera libertad consiste precisamente en poder elegir: ser dueña de casa, científica, periodista, médica o combinar distintos proyectos de vida, sin que uno invalide al otro.
¿POR QUÉ MUCHOS HABLAN DE EL CUENTO DE LA CRIADA?
En TikTok y X (antes Twitter), miles de publicaciones comparan el auge de ciertos discursos ultraconservadores con la novela El cuento de la criada, de Margaret Atwood.
La obra describe una sociedad donde las mujeres pierden progresivamente derechos fundamentales: dejan de trabajar, de administrar su dinero y de tomar decisiones sobre sus propios cuerpos.
Las comparaciones no significan que Estados Unidos u otros países estén viviendo la misma situación ficticia, pero reflejan el temor de parte de la ciudadanía ante discursos que promueven limitar derechos conquistados durante décadas.
EL CASO DE AFGANISTÁN: CUANDO LOS DERECHOS SÍ RETROCEDEN
Para muchas organizaciones internacionales, Afganistán representa el ejemplo más extremo de cómo pueden perderse derechos que parecían garantizados.
Desde el regreso de los talibanes al poder en 2021, las mujeres han sido excluidas progresivamente de la educación secundaria y universitaria, enfrentan severas restricciones para trabajar, viajar sin un tutor masculino y participar en la vida pública. Naciones Unidas ha advertido que las afganas viven una de las peores crisis de derechos humanos del mundo y diversos expertos hablan incluso de un sistema de «apartheid de género».
Las restricciones no solo afectan las libertades individuales, sino también la economía, la salud y el acceso a servicios básicos del país.
EL DEBATE TAMBIÉN LLEGÓ A CHILE
Aunque Chile mantiene un marco legal muy distinto al afgano, el debate sobre los derechos de las mujeres continúa vigente.
En los últimos años han surgido discusiones sobre derechos sexuales y reproductivos, educación con perspectiva de género y participación femenina en espacios de poder. Organizaciones feministas han advertido que algunos proyectos impulsados por sectores conservadores podrían significar retrocesos en materias de autonomía reproductiva e igualdad, mientras que sus impulsores sostienen que buscan fortalecer la protección de la familia y la maternidad.
¿Y EL «VOTO FAMILIAR»?
En redes sociales también ha reaparecido el concepto de «voto familiar», una propuesta que históricamente ha sido discutida por algunos sectores conservadores en distintos países y que plantea que la representación política de una familia recaiga principalmente en el jefe del hogar o que los padres acumulen representación por sus hijos.
Hasta ahora no existe evidencia verificable de que Erika Kirk haya propuesto formalmente este sistema, aunque el concepto suele aparecer mezclado en debates virales sobre el movimiento tradwife. Por eso, especialistas recomiendan distinguir entre propuestas reales y afirmaciones difundidas en redes sociales.
UNA DISCUSIÓN QUE VA MÁS ALLÁ DE LAS REDES
El crecimiento del movimiento tradwife ha reabierto una pregunta que parecía resuelta: ¿hasta dónde llegan las decisiones personales y cuándo comienzan a influir en los derechos colectivos?
Para las organizaciones feministas, el objetivo nunca ha sido impedir que una mujer elija quedarse en casa, sino garantizar que esa sea una opción y no una obligación.
La historia demuestra que derechos como estudiar, votar, administrar dinero, divorciarse, acceder a un empleo o participar en política fueron conquistados tras décadas de movilización. Y, como muestran distintos ejemplos alrededor del mundo, esos avances no siempre son permanentes. Por eso, el debate sobre igualdad y autonomía femenina sigue siendo uno de los temas más relevantes del siglo XXI.







