Opinión

Cuando la democracia se convierte en negocio y farándula

Mario López M.

Imagen creada con herramientas digitales
Cuando la política adopta el insulto y la mentira coordinada como modelo de negocio, el debate democrático se subordina al algoritmo. La rabia, el clic y las redes de trolls no son fallas del sistema actual, sino su motor más rentable.

Cuando la democracia se convierte en negocio y farándula, es la convivencia social la que no solo se degrada, se destruye.

En estos días, no estamos ante una simple excentricidad de carácter ni ante arrebatos temperamentales aislados. Lo que hoy encarna Javier Milei en Argentina —con antecedentes reconocibles en las estrategias políticas de Jair Bolsonaro y Donald Trump, y ecos evidentes en sectores de la derecha chilena— responde a una forma de comunicación política que descubrió el enorme valor de la provocación.

La mentira, agresión sistemática, el insulto como divisa y la degradación deliberada del adversario dejaron de ser necesariamente fallas del sistema. En la era de los algoritmos pueden transformarse en combustible electoral, audiencia, influencia y poder.

El valor de la mentira y el insulto

La política contemporánea ha quedado atrapada en la economía de la atención. En este ecosistema digital, la indignación cotiza infinitamente más que la idea, mientras el escándalo desplaza al argumento técnico y la propuesta programática.

Javier Milei acaba de demostrarlo nuevamente en Chile. Ante un auditorio ideológicamente afín en el Foro de Madrid que se realiza en Santiago, calificó de “zurdos mugrosos” a sus adversarios y habló del “derrocamiento del comunista Allende”. No importa aquí reivindicar a Salvador Allende ni discutir su Gobierno. Importa algo anterior y bastante más elemental: una democracia puede discutir ferozmente las ideas sin degradar a las personas que las sostienen.

Tampoco se trata de una excepción argentina. Evelyn Matthei conoció durante la campaña presidencial chilena otra expresión del mismo fenómeno. Videos manipulados y publicaciones en redes instalaron dudas sobre sus capacidades cognitivas e incluso le atribuyeron falsamente Alzheimer. Paralelamente, distintas cuentas buscaron presentarla como responsable de decisiones que rechazaba, cercana a la izquierda y hasta comunista.

Primero se desacredita la idea. Después al adversario. Finalmente, se degrada a la persona. Y allí aparece la mentira como instrumento político.

Cuando la verdad se vuelve discutible

La mentira digital ni siquiera necesita convertirse en verdad. Le basta conseguir que la verdad parezca discutible. La repetición hace el resto. Cuando decenas o cientos de cuentas falsas dicen simultáneamente lo mismo, el ciudadano deja de preguntarse solamente si aquello es cierto. Comienza a preguntarse por qué “todo el mundo” está hablando de ello.

Ese “todo el mundo” puede no existir.

Durante la campaña presidencial de 2025 diversas investigaciones periodísticas dieron cuenta de cuentas anónimas que atacaban sistemáticamente a Matthei y también a Jeannette Jara. Algunas mantenían vínculos declarados o afinidades explícitas con el mundo republicano. Kast negó haber participado o conocido una operación de esa naturaleza. Y esa negativa debe consignarse.

Pero también corresponde consignar la respuesta de quien sufrió directamente aquellos ataques. Al recordar las explicaciones entregadas por Kast, Matthei fue categórica: “No le creí entonces y no le creo ahora”. No corresponde al periodismo reemplazar esa contradicción por una sentencia propia. Sí corresponde mostrarla.

Porque convertir la controversia en mercancía permite colonizar la conversación pública sin necesidad de rendir cuentas sobre la verdad de los hechos. El insulto produce respuestas; las respuestas generan interacciones; las interacciones alimentan al algoritmo y el algoritmo devuelve visibilidad. La provocación deja entonces de ser solamente una conducta. Se convierte en modelo de negocio y estrategia de poder.

Los medios altoparlantes

Pero el engranaje no funciona en solitario. Aquí entra en juego el papel de los “medios de comunicación espejo” y los altoparlantes ideológicos, dispuestos a repetir y magnificar la provocación bajo la coartada de la cobertura noticiosa.

Milei puede pronunciar un insulto ante algunos cientos de personas. Si inmediatamente lo replican canales de televisión, radios, diarios, portales y millones de usuarios en redes sociales, aquella expresión termina llegando a una audiencia infinitamente superior a la que originalmente podía alcanzar.

El provocador obtiene visibilidad. Las plataformas consiguen interacciones. Los medios obtienen audiencia. Los partidarios celebran y los adversarios, indignados, vuelven a compartir el contenido para denunciarlo.

Todos alimentamos el mismo circuito. Esto no significa que el periodismo deba esconder las expresiones de una autoridad. Eso sería censura y, además, mal periodismo. Significa contextualizarlas, contrastarlas y evitar convertirnos en el departamento gratuito de distribución de una estrategia comunicacional.

Porque cuando todos monetizan la rabia, es el ecosistema cívico el que lentamente se desangra.

Los Cerimedo

Y detrás del ruido existe también una infraestructura. Consultores digitales, cuentas anónimas, trolls, bots y mecanismos capaces de multiplicar artificialmente determinados mensajes permiten construir una apariencia de opinión pública que puede terminar influyendo sobre la opinión pública verdadera.

El nombre de Fernando Cerimedo aparece inevitablemente en esta discusión. No porque corresponda convertirlo en explicación universal de lo ocurrido en Chile, sino porque su trayectoria permite observar cómo funciona esa industria política digital.

Kast ha reconocido conocerlo, pero niega que Cerimedo haya trabajado para sus campañas. Esa afirmación también debe formar parte de cualquier análisis responsable. Sin embargo, los antecedentes conocidos permiten formular preguntas.

Cerimedo desarrolló actividades políticas y comunicacionales en Chile y compartió espacios con personas que posteriormente ocuparon y ocupan posiciones relevantes en el entorno de Kast y en La Moneda. Existen registros gráficos, relaciones profesionales documentadas y testimonios que muestran una proximidad con sectores de la derecha chilena bastante mayor que un encuentro casual.

A ello se agregan las conexiones de su socio principal con figuras del actual Gobierno y su presencia como invitado en actividades vinculadas a la llegada de Kast a La Moneda. Nada de aquello demuestra por sí mismo que Kast haya encargado una operación digital, contratado a Cerimedo o conocido el funcionamiento de eventuales redes de bots en su beneficio.

Pero el periodismo tampoco está obligado a fingir que hechos convergentes no existen. Las relaciones documentadas, los registros gráficos, los testimonios y las coincidencias personales y políticas constituyen antecedentes suficientes para formular preguntas y construir presunciones razonables.

Una multitud que quizás nunca existió

Un bot no vota. Tampoco paga impuestos, pierde su empleo, espera atención médica ni manda a sus hijos al colegio. No es ciudadano.

Pero diez mil cuentas coordinadas pueden aparentar diez mil ciudadanos. Pueden instalar una tendencia, acosar a un adversario, repetir una falsedad y conseguir que una persona real mire su pantalla y piense que todo el país está diciendo lo mismo. Quizás no lo está.

Allí el daño excede largamente a quien recibió el insulto o fue víctima de la mentira. Se altera artificialmente el espacio donde los ciudadanos construyen su percepción de la realidad y toman decisiones políticas.

La democracia liberal supone ciudadanos que discrepan, deliberan, se persuaden y finalmente votan. Cuando sustituimos esa conversación por multitudes artificiales, linchamientos digitales y verdades fabricadas mediante repetición, comenzamos a modificar las condiciones mismas bajo las cuales esa voluntad se forma.

Y entonces aparece la verdadera mercancía. Y no son Milei, Trump, Bolsonaro, Kast ni Cerimedo.

La mercancía somos nosotros

Nuestra rabia, nuestros miedos, nuestros prejuicios, nuestra indignación, nuestros clics y, finalmente, nuestro voto.

La pregunta que nos queda por resolver desde el periodismo independiente —y que usted también debe responder, estimado lector— es hasta cuándo seguiremos financiando este modelo con nuestra propia atención, convirtiendo la erosión de la democracia en el espectáculo más rentable de nuestro tiempo.

Porque cuando la democracia se convierte en espectáculo, siempre hay alguien vendiendo entradas y alguien quedándose con las utilidades. El problema es que el precio terminamos pagándolo usted, yo, la democracia.

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