¡Qué rico, llegó septiembre, el Mes de la Patria! Mes que nos llama a comprar empanadas, carne para un asado, longanizas para el choripán, vino tinto o chicha de Curacaví… o mejor de Villa Alegre; instalar la bandera en la ventana (si se vive en departamento y generalmente al revés de lo que dice el reglamento), o en un palo de escoba en el antejardín de la casa.
Mes también que nos obliga a ver los matinales de la televisión cargados de patriotismo, si por patriotismo se entiende a la buena forma de comerse una empanada o conocer la textura (y precio) de la carne, pero principalmente capacitarse en la confección de anticuchos.
Y esto último fue lo que más me costó, pues nunca supe si el pedazo de cebolla es la primera que se debe ensartar en una varilla de acero, generalmente puntuda y filosa, o al final luego de trozos de carne generalmente dura, uno que otro pedacito de longaniza… perdón… aquí debo hacer un paréntesis. ¿Longaniza de Chillán o San Carlos? Ahí está el dilema.
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Lo mejor de los matinales, entre tanto, es continuar asistiendo y ver a los émulos del senador Lagos Weber intentando bailar cueca. Vamos entonces. Brazo ofrecido a la coanimadora y luego a inventar pasos que nunca debieran darse porque, o no son pasos o son simplemente la manera lúdica de rascarse un insecto.
Ver también las somníferas crónicas de las preparaciones de la parada militar que llevará los mismos matinales a calificarla con la misma frasecita la noche del 19 de septiembre: “Brillante presentación de…….”, o “Cuentas alegres sacan los fonderos” porque en eso de la creatividad, podemos lucir orgullosos el premio de los mejores del mundo.
¿Por qué entonces Fiestas Patrias si pocos saben el origen histórico de la semana? Porque mientras más larga sea la “semana del curado”, como dice un amigo, refleja mejor lo que ocurre cuando nos obligan a pagar precios absurdos, oir la competencia de decibeles en las fondas, cada una mejor dispuesta que su vecina en el arte de torturar nuestros oídos a punta de música chilena (cumbia y regaetton), porque la cueca y la tonada es cuestión de huasos, mote que ninguno de nosotros aceptaría porque eso… es cosa de rotos.
Sin embargo, y a pesar de todo esto, son muchos los chilenos que esperan con paciencia pasar agosto, porque si hay algo que no perdonamos es celebrar aunque sea en familia una fiesta que nos congrega desde hace más de un siglo.
A propósito, ¿Qué se celebra cada 18 de septiembre?







