Año 2014. Una jovencita estudiante de periodismo, antes de imaginar hacer documentales, participó de su primera Escuela Fidocs y la presencia de Patricio Guzmán deambulaba en las distintas actividades. En ese tiempo, yo vivía mi prehistoria con el cine documental, muy ignorante de lxs realizadores chilenxs, sin saber mucho de las obras que marcaron el campo del cine de “lo real”, desconociendo a casi todas las personas que tuve el honor de conocer en esa hermosa instancia: el mismísimo Guzmán, Carlos Flores, Ignacio Agüero, Pauline Horovitz, Lois Patiño, Gustavo Fontán. Era evidente el respeto y la admiración que le tenían sus mismos colegas que compartían con Guzmán en los foros organizados por FIDOCS ese año, por lo que era inevitable reconocer que era un artista especial.

Después de este encuentro calaron en mí sus películas. Cada una un universo donde descubrir la historia reciente de Chile, pero esa historia oculta, donde se revelan sus pérdidas y sus afectos, encarnados en personajes entrañables. Entre ellas, “Chile, la memoria obstinada» que fue un gran remezón. Inolvidable el registro de esa banda musical en pleno centro de Santiago tocando el Venceremos y los rostros de los transeúntes. La perplejidad de algunxs y la alegría de otrxs, la herida de un país manifestada en una escena. Esta película me marcó en especial porque la sentí una provocación profundamente necesaria para el alma de un pueblo y, en lo personal, una interpelación a la juventud que despojada de su historia tenía que ver para sentir y comprender.

Para quien se dedica al documental, ama el cine y aquellas historias que tienen como principal motor su inquietud por la realidad, la figura de Patricio Guzmán es un faro del cual no puedes escapar porque su cine es la imagen de una época urgente y gravitante de Chile, el registro de un tiempo encapsulado en su tragedia pero palpitando aún con fuerza porque nunca estuvo todo dicho y las imágenes todavía no son suficientes para retratar un luto nacional que sigue vigente, y eso Patricio Guzmán lo hizo con insistencia en toda su obra. El cine de Guzmán es Chile, pero ese Chile fragmentado, herido y que se recompone en cada gesto que surge a través del ejercicio de su memoria, como ese mágico acto musical que hizo despertar por unos minutos un centro de Santiago aletargado de mediados de los ‘90.
Gracias maestro Patricio Guzmán por mostrarnos desde una perspectiva profunda el dolor y la porfía que residen en la memoria de un país, y la belleza de la contradicción que se funde en la nostalgia y el imaginar futuro







