División mundial genera una crisis y bloquea elección del Secretario General de la ONU. La profunda distancia entre las principales potencias mundiales alcanzó también a la elección del próximo secretario general de Naciones Unidas. Los siete candidatos que aspiran a suceder a António Guterres recibieron votos negativos de miembros permanentes del Consejo de Seguridad, durante una consulta realizada el viernes 16 de octubre.
El resultado dejó sin consenso la sucesión del organismo internacional, encargado de promover la cooperación entre los Estados y preservar la paz y la seguridad internacionales. Ninguno de los aspirantes consiguió evitar el rechazo de países que tienen la facultad de bloquear su nombramiento.
La votación constituye una nueva expresión de las dificultades que enfrenta el multilateralismo en un escenario marcado por guerras, rivalidades geopolíticas y crecientes tensiones entre las grandes potencias.
Siete candidatos y ningún consenso
El Consejo de Seguridad celebró su sexta consulta informal para seleccionar al próximo secretario general. Sin embargo, esta fue la primera votación que permitió distinguir los pronunciamientos de sus cinco integrantes permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido.
Para ello se utilizaron papeletas de colores diferentes. El mecanismo permitió identificar los votos negativos provenientes de países con derecho a veto, aunque sin revelar cuál de ellos rechazó a cada candidato.
La costarricense Rebeca Grynspan obtuvo nueve votos favorables, el mayor respaldo entre los aspirantes. No obstante, recibió cinco votos negativos, incluidos dos de miembros permanentes. El argentino Rafael Grossi, director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, y la guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett, representante de su país ante Naciones Unidas, también enfrentaron el rechazo de dos potencias con derecho a veto.
Los otros cuatro candidatos son el expresidente senegalés Macky Sall, las ecuatorianas Ivonne A-Baki y María Fernanda Espinosa, y el ugandés Olara Otunnu. Ninguno consiguió reunir las condiciones políticas necesarias para avanzar hacia una recomendación del Consejo de Seguridad.
El poder de cinco países sobre 193 Estados
La Carta de Naciones Unidas establece que el secretario general es nombrado por la Asamblea General, a recomendación del Consejo de Seguridad.
Sin embargo, esa recomendación requiere al menos nueve votos favorables entre los quince integrantes del Consejo y que ninguno de sus cinco miembros permanentes ejerza el veto.
En consecuencia, aunque una candidatura obtenga el respaldo mayoritario de los integrantes del organismo, basta la oposición formal de una sola de esas cinco potencias para impedir su nombramiento.
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Las consultas realizadas hasta ahora no constituyen votaciones definitivas. Los votos negativos anticipan posibles vetos, pero los países todavía pueden modificar sus posiciones o negociar nuevas alternativas.
El resultado del viernes revela, sin embargo, una dificultad política concreta: los miembros permanentes no han conseguido acordar una candidatura aceptable para todos.
Se trata de una contradicción que adquiere especial relevancia en el actual escenario internacional. Las mismas potencias que disponen de atribuciones privilegiadas para garantizar la seguridad colectiva enfrentan profundas diferencias cuando deben resolver la conducción de la organización.
Un mundo dividido llega a Naciones Unidas
La falta de acuerdo no ocurre en el vacío. Naciones Unidas enfrenta un escenario internacional caracterizado por la guerra en Ucrania, los conflictos en Medio Oriente y las tensiones estratégicas entre Estados Unidos, China y Rusia.
Estas disputas han dificultado durante años la adopción de decisiones en el Consejo de Seguridad, donde los intereses de las potencias suelen impedir respuestas comunes ante algunas de las principales crisis internacionales.
A ello se agregan los problemas financieros del organismo, las diferencias sobre sus prioridades y los cuestionamientos a su capacidad para intervenir eficazmente en conflictos armados.
La elección del secretario general no resuelve por sí sola esas dificultades. Pero el procedimiento exige precisamente aquello que escasea en numerosos asuntos internacionales: un acuerdo mínimo entre los cinco miembros permanentes.
La situación refleja, además, una limitación estructural del sistema creado después de la Segunda Guerra Mundial. Aunque Naciones Unidas reúne actualmente a 193 Estados, cinco países conservan una capacidad decisiva sobre sus principales decisiones de seguridad y sobre la elección de su máxima autoridad administrativa.
Ese diseño buscó asegurar la participación de las grandes potencias en el sistema internacional. Ocho décadas después, sus desacuerdos también constituyen uno de los principales obstáculos para su funcionamiento.
La sucesión de Guterres entra en incertidumbre
El segundo mandato de António Guterres concluirá el 31 de diciembre de 2026. Su sucesor debería asumir el 1 de enero de 2027, por un período de cinco años.
Sin embargo, la ausencia de consenso entre los candidatos actuales abrió la posibilidad de presentar nuevos nombres.
Según informaciones de agencias internacionales, Estados Unidos ha manifestado reservas respecto de las candidaturas existentes. Su representante ante Naciones Unidas, Mike Waltz, dejó abierta la posibilidad de considerar otros aspirantes.
La búsqueda de una alternativa también enfrenta debates sobre representación regional y de género. América Latina figura como la región a la que correspondería tradicionalmente la próxima conducción, mientras distintos países y organizaciones han planteado la conveniencia de elegir por primera vez a una mujer.
Ninguna de esas aspiraciones, sin embargo, reemplaza el requisito de obtener el respaldo de las grandes potencias.
El Consejo de Seguridad deberá continuar las negociaciones durante las próximas semanas, sin que exista todavía una candidatura capaz de superar los rechazos registrados.
Más allá de los nombres
La elección del próximo secretario general dejó de ser únicamente una competencia entre siete aspirantes. Su resultado preliminar refleja las dificultades que enfrenta Naciones Unidas para construir acuerdos en un sistema internacional profundamente fragmentado.
La organización necesita una conducción capaz de promover el diálogo, mediar en los conflictos y recuperar espacios de cooperación entre Estados que mantienen intereses contrapuestos.
Pero su próximo secretario general deberá obtener primero la aceptación de las mismas potencias cuyas diferencias condicionan buena parte de las decisiones del organismo.
La paradoja es evidente: Naciones Unidas necesita fortalecer su capacidad para construir consensos internacionales, mientras las principales potencias todavía no consiguen acordar quién debe conducirla.







