¿Hay algo malo en las reuniones que han sostenido diversos ministros con empresarios en casa de un conocido lobista? Eso depende, aunque hay una prueba infalible que nos puede servir de orientación antes de emitir algún juicio.
La prueba consiste en repetir en voz alta una frase, inténtelo: “Zalaquett es un benefactor de la humanidad a jornada completa. Conmovido en el alma por la ausencia de diálogo, comprende que esto se debe a que personas influyentes no se conocen entre sí, por lo que entrega todo: casa, tiempo y atenciones. Su contagiosa fe en la fraternidad universal convierte a muchos y estos momentos inspiradores llegan a ser una costumbre”.
Si usted ha podido terminar la lectura sin sonreír ni equivocarse no hay ningún problema; en caso contrario, esto exige una explicación y nada parecido nos ha llegado de las declaraciones de las autoridades de gobierno.
Las vocerías oficialistas tienen derecho a decir cuanto estimen conveniente, con el tono adecuado, para explicar sus actuaciones. Todos han demostrado que lo pueden hacer muy bien y merecen ser escuchados con el debido respeto.
El problema es que el respeto no es recíproco. Hay afirmaciones que ofenden la inteligencia y si esperan ser creídas, significa que los ciudadanos nos podemos tragar cualquier cosa. Ante tamaña descortesía solo cabe reaccionar.
Los involucrados se centran en argumentar que tales reuniones no tenían que ser declaradas, como la ley obliga, porque su carácter de encuentro social, su informalidad y lo genérico del diálogo lo hacía innecesario.
Esta versión ha sido repetida hasta la saciedad por los menos astutos de los implicados, que no identificaremos por sus nombres a fin de proteger a los culpables. Por lo demás, este es un artículo informal, generalista y coloquial.
Esta explicación infantil es válida para un encuentro de personas, ocasional, sin continuidad y en terreno “neutral”. Estas reuniones son todo lo contrario.
Intente usted imaginar una circunstancia en que se haga uso de un profesional para, en reserva, reunir a dos o más personas que comparten temas comunes para hablar repetidamente sobre generalidades sin consecuencias prácticas. Si no se le ocurre ninguna es porque no existe. Lo ofensivo es que intenten decirnos lo contrario con la mejor de las sonrisas.
Es imposible que los ministros involucrados hayan actuado con mala intención o buscando acuerdos inconfesables. Aquí hay más imprudencia que maldad, más torpeza que confabulación, más ingenuidad que mala fe.
No de todos se puede decir lo mismo. Cuando un número importante de ministros tocan la misma puerta no es por coincidencia o casualidad. El que les indicó el camino no es ni inocente, ni bien intencionado ni altruista.
Es un torpe con poder jugando a las operaciones encubiertas. Un irresponsable al que no le importó que un procedimiento irregular terminaría inevitablemente por ser descubierto y dejaría en la estacada a varias autoridades que no merecen quedar en la bochornosa situación en la que se encuentran.
Este gobierno tiene gente dañina en lugares donde pueden hacer daño y la costumbre es que queden en las sombras mientras otros dan la cara.





