El senador Daniel Núñez (PC), el presidente de su partido, Lautaro Carmona, y dirigentes de otras colectividades, como Diego Vela (RD) y Leonardo Soto (PS), han instado al Gobierno a convocar a una “presión social” de la ciudadanía para sacar adelante las reformas. Esta sería la única manera disponible que se tiene para conseguir avances significativos en el país.
Manuel Monsalve, subsecretario del Interior, contestó prudentemente que el papel del gobierno era alcanzar acuerdos políticos y gobernar, no hacer este tipo de llamados. Sin embargo, las réplicas se habían disparado y fue imposible detenerlas, pese a una reacción bastante temprana.
Esta es una forma, tan buena como cualquier otra, para abandonar la posibilidad de presidir la testera de la Cámara de Diputados, lo que es lamentable. Si quedaba alguna posibilidad de alcanzar este puesto, ahora no queda ninguna.
La derecha basa su rechazo en la supuesta imposibilidad de un partido para alcanzar acuerdos y esto lo facilita. La razón es simple, como el gobierno no necesita presionarse a sí mismo para conseguir reformas, el destinatario de la movilización es el Congreso y si la conducción de la Cámara estuviera en manos del PC, tampoco tendría sentido presionarse desde fuera estando a cargo.
El camino escogido es uno que se prepara cuando la presidencia de ambas cámaras puede estar en otras manos. Por mucho que se le mire, no estamos ante una demostración de fuerza, sino frente a una salida a la frustración.
Estrictamente hablando, no hay nada ilegítimo en llamar a la movilización social, como no hay nada malo en hacer presente en público y colectivamente las ideas que se respaldan, mostrar que son muchos los que piensan igual. Se puede debatir el asunto durante días y la vigencia de este derecho no va a cambiar.
Pero una cosa es lo que se dice, otra lo que se escucha y una tercera empeorada la forma en que los adversarios hacen uso de unas palabras que tan fácilmente se les entregan. Se les regala en bandeja lo que tanto esperaron escuchar.
La idea de que quienes llaman a la presión social no advierten los efectos que sus palabras tendrían, carece de asidero. Lo saben perfectamente. Sucede que lo que les importa más es el efecto que tendrá el llamado, no entre los adversarios y ni siquiera en el gobierno, sino más bien sobre su base de apoyo.
Lo que hay es un análisis de las opciones reales disponibles. No se tiene mayoría en el Parlamento y, por lo tanto, no habrá presidencia de la Cámara. El gobierno no cuenta con apoyo para hacer aprobar sus reformas y, por lo mismo, no se van a aprobar. Lo que queda como objetivo viable es la conducción de las fuerzas propias y es a eso a lo que se está convocando.
Lo que tenemos no es ya al gobierno hablándole al país, no es al oficialismo constituyendo mayorías parlamentarias, lo que presenciamos es la izquierda hablándole a la izquierda para darle conducción. Ese es ahora el premio mayor y lo que no se quiere perder. Temen a la pasividad más que al conflicto.
Se discutirá hasta el infinito si fue una realidad constatada aquello que provocó el giro o si fue el giro lo que terminó por producir una realidad todavía no consolidada, pero, para efectos prácticos, va a dar lo mismo. El paso está dado.





