Parece que el gobierno está funcionando mejor concentrándose en conseguir logros que, aunque acotados en su alcance, resultan bien evaluados. Esto causa problemas en la oposición porque iniciamos el periodo electoral, cuando arrecian las polémicas y, para algunos, los buenos entendimientos son malas noticias.
Como la derecha no puede desechar los acuerdos, muy útiles si esperan llegar al poder, lo que le queda es amplificar las diferencias en el oficialismo.
Claro que este procedimiento tiene tres condiciones: las diferencias deben ser reales, tienen que referirse a discrepancias que importan y los involucrados deben estar dispuestos a aceptar esta invitación a polarizarse.
Hay casos burdos donde el intento de acrecentar diferencias fracasa por pura falta de ingenio, como cuando se busca establecer una cuña entre Boric y sus ministros o subsecretarios. Hasta en un parvulario se detectaría la maniobra.
Decir, por ejemplo, que si el Presidente Boric hace un llamado a mejorar la relación con los empresarios es contradictorio con que el ministro Montes afirme que los bancos pueden apoyar más la inversión en vivienda o el subsecretario Monsalve diga que las decisiones tomadas en Puerto Coronel generaron conflictos con los trabajadores. Es una argumentación tan artificial que da pena.
Los empresarios nunca se privan de criticar al gobierno si toma una medida que, a su parecer, afecta el crecimiento. Nadie espera, tampoco, que lo hagan. Lo que no pueden hacer es atacar al gobierno como tal y antes de que se mueva.
El gobierno ha de actuar en reciprocidad. En el ejercicio de sus funciones, los miembros del gabinete deben evaluar las condiciones que favorecen o perjudican sus tareas y si hay empresas que ponen obstáculos, corresponde que lo digan. Lo que no pueden hacer es establecer un clima antiempresarial.
La buena relación no puede ser entendida como subordinación. Detectar y contener las malas prácticas de ambos lados es parte de un trato satisfactorio cuando, al mismo tiempo, se establecen acuerdos y se tiene una agenda de interés común que se está implementando.
Por un mínimo de profesionalismo, se debe evitar una campaña que repruebe el ramo “Introducción a la siembra de cizaña” en cualquier buena universidad.
Si todas las campañas fueran como estas, no habría problema. El caso es que sí existen diferencias que importan y hay que saber como se tratarán internamente para que la derecha no tenga opción de horadar en fisuras reales.
El desafío político del oficialismo puede expresarse en breve: aceptar que la mejor opción disponible es una conducción socialdemócrata coherente, al permitir los mejores resultados alcanzables, y dejar para la definición presidencial el establecer hasta donde puede avanzar un país ya estabilizado.
Todos los conflictos que hacen daño al gobierno son aquellos que trasladan la definición programática de largo aliento, propias del inicio de un cuatrienio, a la hoja de ruta que permite tener un buen cierre de esta administración.
La Moneda sabe lo que tiene que hacer para concluir su mandato definiendo la agenda, ahora tiene que encontrar el liderazgo que lo encauce y la disciplina colectiva que lo permita. Si así lo hace, la siembra de cizaña no prosperará.







