La posible muerte de Alí Larijani en un ataque atribuido a Israel abriría una nueva fase de incertidumbre en Irán. Más que la caída de otro alto dirigente, su eventual desaparición afectaría directamente al núcleo político que ha sostenido la continuidad del régimen en medio de la guerra con Estados Unidos e Israel y tras la muerte del líder supremo, Alí Jamenei.
Mientras Israel asegura haber abatido este 17 de marzo al veterano dirigente conservador y Teherán mantiene silencio, crecen las dudas sobre el destino de una de las figuras más decisivas del sistema iraní. De confirmarse, se trataría de un golpe de alto impacto para una estructura gobernante ya tensionada por la ofensiva militar y por la pérdida de parte de su cúpula.
UN OPERADOR CLAVE DEL PODER IRANÍ
Larijani, de 67 años, no era un actor secundario. Integrante de una de las familias más influyentes de la República Islámica, construyó durante décadas una trayectoria en el corazón del poder. Fue ministro de Cultura en los años noventa, presidente del Parlamento entre 2008 y 2020 y más tarde jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, posiciones desde las que consolidó su papel como operador clave del establishment político y religioso.
Lea también Irán: Israel asegura que abatió a Alí Larijani, jefe del Consejo de Seguridad
Aunque nunca apareció como heredero natural de Jamenei, por no pertenecer al alto clero chiita, sí fue visto como uno de los hombres de mayor confianza del líder supremo. Su fortaleza estaba en otro plano: traducir la doctrina del régimen en decisiones concretas y administrar el poder real en momentos de alta presión.
EL ARTICULADOR TRAS LA CRISIS
Tras la muerte de Jamenei en los ataques que detonaron la guerra actual, Larijani ganó protagonismo como articulador de la continuidad institucional. Distintas fuentes lo situaban dentro del grupo que debía asegurar la supervivencia del régimen ante un eventual vacío en la cima del poder. Con el conflicto en marcha, su figura pasó a concentrar atribuciones políticas, estratégicas y administrativas, hasta eclipsar al presidente formal, Masoud Pezeshkian.
Su influencia también se extendía al frente económico. Larijani fue una pieza central en la estrategia de Teherán para resistir las sanciones occidentales, incluyendo el acuerdo de 25 años con China firmado en 2021, considerado por las autoridades iraníes como una vía de oxígeno financiero.
REDES INTERNACIONALES Y CONTROL INTERNO
A la vez, mantuvo interlocución con Rusia y con mediadores regionales como Qatar y Omán, además de participar en contactos indirectos con Washington antes del estallido del conflicto. Su rol combinaba diplomacia, seguridad y gestión económica en un mismo eje de poder.
En paralelo, su historial estuvo vinculado a la línea dura del régimen. Bajo su órbita se reforzaron mecanismos de control interno y represión frente a protestas, con apoyo de estructuras como la milicia Basij, clave para la vigilancia social y la contención de la disidencia.
UN VACÍO EN EL MOMENTO MÁS CRÍTICO
La relevancia de Larijani explica por qué su eventual muerte tendría efectos que van más allá del plano simbólico. No solo representaría la pérdida de un dirigente experimentado, sino también la salida de uno de los pocos cuadros capaces de coordinar, al mismo tiempo, la seguridad, la política interna y la supervivencia económica de la República Islámica.
El contexto vuelve aún más sensible ese escenario. Israel sostiene que en la misma ofensiva también murió Gholam Reza Soleimani, jefe de la Basij, en una señal de que la campaña busca erosionar tanto la cadena de mando militar como los pilares del control interno iraní.
Aun así, Teherán ha mostrado capacidad de respuesta: la Guardia Revolucionaria mantiene operaciones y la tensión en el Estrecho de Ormuz sigue impactando los mercados energéticos. La apuesta del gobierno de Benjamin Netanyahu apunta a debilitar al liderazgo iraní hasta abrir una fractura interna, aunque ese desenlace todavía no se materializa.
Si se confirma la muerte de Larijani, Irán no solo perdería a un hombre fuerte del régimen. Perdería a uno de sus principales administradores políticos en el momento más crítico para la estabilidad del sistema desde hace décadas.






