Esto lo leí hace algunos años cuando vivía en Brasil en un diario de reconocida veta popular y que según recuerdo era algo así como lo cuento ahora.
Volvía el ciudadano a su casa como todas las tardes anteviendo un cafecito caliente y tostadas con mantequilla encima de la mesa luego de una extensa jornada de trabajo.
Se trataba de un año de varias décadas atrás cuando la computación e internet vestían aún pantalones cortos por lo que se imaginaba, luego, leyendo su diario semi dormido en el sofá de su living.
Al llegar a su residencia tomó sus llaves para abrir la puerta y curiosamente estas no funcionaron. Es más. Debajo de la ventana, a un costado de la puerta, vio un bulto que le pareció parecido y al aproximarse reparó que era su maleta. Pesaba, la sintió repleta de algo e insistió con la llave.
Nuevamente nada. Tocó entonces el timbre y su esposa apareció por la ventana quien con su rostro totalmente desencajado por la rabia le gritó: “Toma tus cosas y mándate cambiar. A esta casa no entras nunca más”.
“Pero, amor, ¿qué te pasa, de qué me acusas ahora?”
“No seas cínico, sinvergüenza. Gastando el dinero de tus hijos en prostitutas, ¿te parece poco?”
Ante la gravedad de la acusación el ciudadano exigió una explicación y lo único que vio fue un recibo de su tarjeta de crédito en la mano de su esposa quien al mismo tiempo le gritaba: “¿Cómo explicas este gasto, ah? Aquí dice clarito CASA DEL AMOR”
Quiso la suerte que el ciudadano en cuestión era ordenadito y muy meticuloso con sus cuentas de modo que sacó su billetera y ahí estaba la factura: CASA DEL AMORTIGUADOR y que por causa de la computación por aquellos años, al emitir un recibo, los dígitos utilizados no eran suficientes para escribir el nombre completo de, en este caso, una tienda con un nombre tan extenso como lo era amortiguador






