Gira europea de Kast bajo la lupa
Mientras el calendario avanza inexorablemente hacia el 11 de marzo, el presidente electo José Antonio Kast se encuentra en plena gira internacional por Bruselas, Roma y Budapest, acompañado por una comitiva que incluye a cinco futuros ministros clave. Sin embargo, lo que se presentó como una misión estratégica para consolidar alianzas con figuras como Viktor Orbán y Giorgia Meloni, ha comenzado a generar un intenso escrutinio sobre dos ejes: quién paga la factura y la coherencia del discurso de austeridad.
Lejos de pasar inadvertida, la gira ha activado cuestionamientos tanto desde la oposición como desde sectores independientes, no solo por su oportunidad política, sino por el “limbo” institucional en que se produce. Kast aún no asume como jefe de Estado, pero ya actúa como tal en escenarios internacionales, sin el marco formal ni las obligaciones de transparencia propias del cargo.
La caja negra del financiamiento
A diferencia de un viaje oficial, esta gira no puede ser financiada con recursos de la Presidencia, simplemente porque Kast aún no es funcionario público. Desde su equipo se ha insistido en que los costos se cubrirían con patrimonio personal, pero la magnitud del despliegue —en número de personas, destinos y logística— ha despertado legítimas dudas.
En el debate público se han planteado varias hipótesis:
Fondos del Partido Republicano, colectividad que recibe financiamiento público permanente a través del Servicio Electoral de Chile, lo que sometería el gasto a fiscalización.
Saldos de campaña, en una zona gris respecto del uso de aportes privados remanentes para tareas de “instalación”.
Fundaciones y think tanks internacionales, cuya participación abre interrogantes sobre compromisos políticos previos.
Pero incluso si el financiamiento proviniera íntegramente de privados, la pregunta de fondo no desaparece.
El financiamiento privado y sus costos invisibles
En política, el dinero privado rara vez es neutro. No siempre exige favores explícitos, pero sí genera expectativas, accesos privilegiados y canales de influencia. El problema no es solo quién paga, sino qué espera a cambio, hoy o mañana, de un presidente electo que aún no asume, pero que ya construye relaciones internacionales y agenda política.
La transparencia, en este contexto, no se agota en declarar que los recursos “no son públicos”. La ciudadanía tiene derecho a saber si detrás del financiamiento privado existen intereses económicos, ideológicos o estratégicos que puedan traducirse en compromisos tácitos para el próximo gobierno.
¿Quién paga y… para qué?
Este escrutinio no surge por capricho ni por animadversión política. Surge del paisaje institucional que hoy enfrenta Chile, donde la corrupción dejó de ser una anomalía para convertirse en una emergencia real.
Casos recientes de alto impacto público —desvíos de fondos, convenios irregulares, fundaciones utilizadas como intermediarios opacos y relaciones impropias entre dinero privado y decisiones públicas— han deteriorado severamente la confianza ciudadana. La lección es clara: cuando no se pregunta a tiempo quién paga, por qué paga y qué espera a cambio, el costo final es mucho mayor.
Por eso, exigir claridad hoy no es persecución, sino prevención democrática.
Un costo de élite
Cálculos preliminares sitúan el costo de la gira europea entre $130 y $170 millones de pesos. La presencia de los futuros ministros de Hacienda, Relaciones Exteriores, Seguridad, Economía y Energía eleva el gasto en pasajes de clase ejecutiva, seguridad y logística, representando casi un 20% del presupuesto destinado a la ceremonia oficial de cambio de mando.
Para un presidente electo que ha construido su relato político sobre la austeridad fiscal y la crítica al despilfarro, el contraste es difícil de ignorar.
Un dato: El peso real de Hungría en el comercio chileno
Más allá del simbolismo político, la gira obliga a una pregunta básica: ¿Qué tan relevante es Hungría para la economía chilena?
Según datos de Marca Chile y ProChile, las exportaciones totales de Chile en 2024 alcanzaron US$ 100.163 millones. De ese total:
China concentró el 37,9% de los envíos. Hungría recibió entre US$ 2,68 millones y US$ 19,26 millones, dependiendo de la fuente.
Incluso en el escenario más alto, Hungría representa menos del 0,02% de las exportaciones chilenas y no figura entre los 50 principales socios comerciales del país.
Prioridades en juego
La discusión cambia de escala cuando se amplía el foco. Si a la gira europea se suman los viajes previos del presidente electo a Perú, Argentina, Ecuador y países de Centroamérica, el costo acumulado supera los $300 millones de pesos.
Ya no se trata de un viaje puntual, sino de un patrón de gasto previo a asumir, que contrasta con el discurso de emergencia nacional, orden fiscal y foco en las urgencias locales.
Con $300 millones de pesos, el Estado podría financiar centros de respuesta rápida en zonas de alta conflictividad, reforzar equipamiento tecnológico para el control fronterizo o acelerar inversiones críticas en seguridad. En un país donde la corrupción y la inseguridad se han instalado como emergencias reales, cada peso no explicado deja de ser un detalle administrativo y se convierte en un riesgo político.
El efecto búmeran
La gira también reactivó una contradicción discursiva que no pasó inadvertida. En los últimos días, Kast cuestionó con dureza a los gobiernos que —a su juicio— privilegiaron la agenda internacional y los cargos en organismos multilaterales por sobre las urgencias del país, citando como ejemplo el rol de Chile en la ONU durante administraciones anteriores, incluida la proyección internacional de Michelle Bachelet.
El eje de la crítica fue claro: cuando el país enfrenta crisis profundas, la prioridad debe estar en el territorio y no en la vitrina internacional.
Hoy, esa misma lógica vuelve como un búmeran político. Figuras de la oposición y excandidatos presidenciales —entre ellos Franco Parisi— han devuelto la pregunta: ¿por qué el presidente electo y su futuro gabinete concentran esfuerzos en giras internacionales mientras Chile enfrenta una crisis de seguridad, corrupción y deterioro institucional que él mismo ha definido como emergencia nacional?
La crítica no apunta solo al viaje, sino a la coherencia del mensaje. Cuando el estándar exigido a los gobiernos anteriores es alto, inevitablemente se convierte en la vara para evaluar las decisiones propias.
El estándar de la coherencia
En tiempos de desconfianza institucional, el argumento del “dinero privado” ya no basta. La ciudadanía no exige solo legalidad, sino coherencia y transparencia total.
La estatura de un estadista no se mide por la relevancia de sus anfitriones en Budapest, sino por la claridad con que puede demostrar que sus compromisos, sus prioridades y sus recursos están —sin sombras— puestos únicamente al servicio de Chile.







