Nada más oportuno luego de un viaje en avión que recordar y reivindicar el papel del huevo duro en viajes de más de tres horas.
Recordemos. Antiguamente o, más o menos hace 50 años, el viaje en tren al sur requería para el grupo familiar un par de elementos irrenunciables: Huevos duros y presas de pollo. Si, porque si se piensa que desde Santiago hasta Concepción (pensando en un trayecto no tan largo) y mucho antes de bajar a tomar el clásico “café con malicia” de Chillán, lo normal era buscar en el canasto del cocaví los infaltables huevos duros y los imprescindibles pedazos de pollo.
Esto, que es parte de la cultura nacional, estoy pensando podría hacerse también en un viaje en avión dada la tacañería o gula comercial de los propietarios de esas empresas luego de constatar que “todo” debe ser pagado. ¿Difícil? Ni tanto. Quizás lo más difícil corra por cuenta del funcionario de la policía internacional cuando sus ojos se posen en la pantalla de rayos X que muestran la figura de un truto de pollo o la ovalidad exquisita de un huevo al que aún no se le saca la cáscara.
¿El olor a huevo o de pollo podría ser, entre tanto, algo complicado de soportar sobre todo por narices exquisitas, poco acostumbradas a compartir espacios tan estrechos con el roterío que se niega a pagar 12 miserables luquitas por un sanguche de jamón con queso o bien 4 de las mismas lucas por una botellita de agua mineral. “¡Qué se habrán creído!”, diría más de un empingorotado rostro sentado en los primeros asientos comprados, a pesar que, como me ocurrió hace una par de semanas, dos pasajeros fueron enviados al fondo del avión a pesar de haber pagado por otro lugar.
¿Sigo? Gracias.
Y gracias porque no todo tiene que ver con el huevo o el pollo. Menos por el asiento que se debe pagar porque en caso contrario queda sujeto a la “Ley de mercado”. Menos tiene que ver con la cordialidad de las azafatas similar a la copia fiel de propaganda de crema dental cuando colocamos nuestro pie el borde de la escalera y nos adentramos a la aeronave.
Y, recuerden, estamos refiriéndonos a un vuelo internacional con destino a Sao Paulo lo que naturalmente nos lleva a pensar que la jefa de cabina se dirigirá a los pasajeros “agradeciendo por preferirnos”, en español y portugués. Nada de eso. Lo hace en español (idioma que domina a la perfección) e inglés pues los pasajeros brasileños hablan todos el idioma de Shakespeare… o debieran hablarlo. ¿Portugués? ¿Para qué?
¿Implicancia de este escribidor frente al idioma inglés? En absoluto. Pero tuve que hacer un curso rápido parea entender a la famosa jefa de cabina que ofrecía snacks y cookies. Pero lo que no tuve problemas para traducir fue el pago si por casualidad se me hubiera ocurrido pedir algo de comer pues el atraso del vuelo fue apenas de 7 horas. “No aceptamos efectivo”, decían, por el temor tal vez de pagar con un billete falsificado.
Y fue precisamente ahí que me entró una especie de angustia mezclada con nostalgia al recordar el terno brilloso de los vendedores de “marta bil y pirse” que con destreza de artistas de circo avanzaban en los trenes con sus canastos sin siquiera golpear a los pasajeros que, sin duda alguna, mostraban una cordialidad real, tan diferente de aquella a la que obligan a los funcionarios de los aviones.






