Se cae el discurso del máximo esfuerzo compartido sacrificio. Hoy, la Limusina entró a La Moneda, es el fin de la liturgia de la austeridad, donde los hechos desmienten a los dichos.
La política es, ante todo, un ejercicio de símbolos. En una democracia sana, el Palacio de La Moneda no es solo el centro del Poder Ejecutivo; es la casa de todos los chilenos, un recinto cuya solemnidad emana del respeto por lo público y de la separación tajante entre la vida privada del mandatario y su rol como primer servidor de la nación.

Sin embargo, las recientes imágenes del Presidente José Antonio Kast celebrando una cena privada con sus excompañeros de universidad dentro de los muros de Palacio, ha trizado esa liturgia. No es una cuestión de «socialización», es una cuestión de consecuencia.
Durante años, el sector que hoy gobierna levantó las banderas de la sobriedad y el ahorro fiscal. Se rasgaron vestiduras —con justa razón— ante los excesos de diplomáticos en el extranjero o el uso de recursos públicos para fines recreativos de administraciones pasadas. Se instaló en el imaginario colectivo que el Estado era una estructura «grasa» que debía ser podada, y que el servidor público debía ser el primero en apretarse el cinturón.
La mujer del César
Ver un banquete privado en el comedor de Palacio, con mantelería fina y servicio de gala para un evento que debió ocurrir en la intimidad de un domicilio particular, es un golpe a la confianza del ciudadano. Especialmente a ese chileno de clase media y sectores vulnerables a quien hoy se le pide paciencia ante el alza de combustibles, enfriamiento de sueldos mínimos y una inflación que no da tregua.

«La mujer del César no solo debe ser honrada, sino que parecerlo». No importa si la cena fue pagada por ellos; el hecho de que parezca un uso privado de la casa de todos los chilenos es lo que rompe la confianza pública.
El poder no se ejerce «a las escondidas» ni esperando a que la Ley de Transparencia fuerce una respuesta. La autoridad moral se demuestra con hechos proactivos. Por lo mismo, desde este espacio, exhortamos a la Presidencia de la República a que no espere el oficio fiscalizador.
Demandamos la exhibición pública de las pruebas de probidad:
1.- La rendición de cuentas inmediata: Quién pagó el servicio, cuánto costó y bajo qué ítem presupuestario se gestionó el personal de apoyo.
2.- El criterio de uso de suelo: Cuál es el protocolo que permite que «la casa de Chile» se convierta en el salón de eventos de un grupo de amigos.

No es primera vez, Sr. Presidente. Se está transformando en hábito. En marzo pasado, fue el banquete para más de 1.000 invitados con bar abierto. Este organizado por la productora de «Sofía Jottar Banquetes y Eventos Limitada».
Hoy, la imagen de la invitación con logo oficial de Chile, no habla de un evento privado. Los símbolos, también se respetan, Sr. Presidente. No solo se exhiben en la solapa para dar apariencias.
Si la «limusina» del privilegio —esa que tanto se criticó y con razón— ya estacionó en el patio de los naranjos, el gobierno ha perdido su activo más valioso. La credibilidad. El Mandatario debe recordar que no es el dueño de casa, sino su inquilino temporal. Confundir la billetera pública con la privada, o el salón de Estado con el quincho personal, es el primer paso hacia la decadencia institucional que prometieron combatir.
Es hora de que los hechos alcancen a los dichos. Chile está mirando.





