Opinión

Neurodivergencia: Cuando la crisis no se ve

María Fernanda Pavéz Báez, periodista

En Chile, se estima que entre un 13% y un 20% de la población es neurodivergente. Sin embargo, esta realidad sigue siendo poco comprendida, subdiagnosticada y, sobre todo, invisibilizada en la vida cotidiana y en los espacios públicos.

Neurodivergencia: Cuando la crisis no se ve

Existe un profundo desconocimiento sobre la neurodivergencia. Aún se la confunde con enfermedad mental grave, con inestabilidad emocional o con incapacidad, cuando en realidad se trata de una forma distinta de procesar el mundo: los estímulos, las emociones y las relaciones.

En Chile, se estima que entre un 13% y un 20% de la población es neurodivergente. Sin embargo, esta realidad sigue siendo poco comprendida, subdiagnosticada y, sobre todo, invisibilizada en la vida cotidiana y en los espacios públicos.

La neurodivergencia no es visible. No tiene rasgos físicos que la delaten. Por eso, muchas personas neurodivergentes pasan inadvertidas incluso cuando atraviesan episodios de alto malestar, que no siempre pueden anticiparse ni evitarse y que requieren contención y auxilio oportuno.

La mayoría de las personas no sabe reconocer ni dimensionar la gravedad de estos episodios. Esa ignorancia, sumada al poco tino, no es inocua: puede ser peligrosa.

Yo soy una persona neurodivergente. Y, como muchas otras, vivo con el temor de enfrentar un episodio de desregulación severa en un espacio público no preparado para estas realidades. Ese temor se volvió real pocos días antes de las fiestas de fin de año.

Una compra cotidiana en un supermercado terminó en la experiencia que siempre rogué no vivir. El exceso de estímulos y una alteración emocional transitoria me llevaron a perder el control. Me faltaba el aire, el corazón se aceleró y mi capacidad de razonar se detuvo abruptamente. Solo sentía angustia y el miedo de no poder controlar mis acciones. Nunca antes había vivido algo así.

Cuando logré decir que estaba mal y necesitaba ayuda, la primera respuesta fue indiferente: “vaya y pida agua en servicio al cliente”. No pensaba en agua. Tampoco tenía el discernimiento necesario para desplazarme. Más angustiada y desorientada, me senté en una escalera intentando respirar.

Ahí ocurrió algo decisivo. Un hombre se acercó con calma y me dijo: “¿Cómo puedo ayudarte?”. No fue invasivo ni alarmista. Solo estuvo. Su actitud me hizo sentir que no estaba sola y que esto no iba a terminar mal. Poco a poco, comencé a recuperar el control de mi respiración y de mi cuerpo.

Minutos después, intentando salir del lugar entre la multitud, una guardia me preguntó si estaba bien. Esta vez pude responder: “soy una persona neurodivergente y estoy viviendo una crisis”. A partir de ese momento, su reacción fue clave. Inició un diálogo tranquilo, desvió mi atención, incluso intentó hacerme reír. Con naturalidad y empatía logró activar nuevamente mi raciocinio y, sólo en ese momento, pude ver que necesitaba buscar atención médica. Minutos antes, sólo me dominaba el descontrol.

Quienes me auxiliaron fueron Mauricio Moreno, jefe de seguridad, y Jarumi, guardia del supermercado Santa Isabel de calle Huérfanos, en Santiago Centro, cuyo apellido lamentablemente no logré conseguir. Desconozco si recibieron capacitación para enfrentar situaciones como esta. A mi parecer, fue empatía, atención al otro e interés genuino por ayudar lo que marcó la diferencia entre el peligro y el resguardo.

Yo tuve suerte. Pero la suerte no puede ser el protocolo. No siempre hay un Mauricio o una Jarumi cerca, y no todas las personas neurodivergentes sobreviven a la indiferencia del entorno.

En rigor, la legislación en Chile se ha enfocado principalmente en el Trastorno del Espectro Autista y no ha establecido criterios obligatorios de capacitación para adultos con otras condiciones neurodivergentes en general. Eso significa que, aunque existen iniciativas y programas puntuales, no hay una normativa general que abarque todas las condiciones neurodivergentes en los entornos de atención al público.

Esta columna es, además de un agradecimiento, un llamado urgente a los espacios que atienden público: saber cómo actuar puede marcar la diferencia entre acompañar o abandonar, entre resguardar o exponer.

Cuando una crisis no se reconoce, no se valida y no se contiene, el riesgo no es una idea ni una exageración. Es real. Y es evitable.

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