Conocí a Manuel Cabieses poco después de llegar a Cuba, en agosto de 1976, él era un dirigente del MIR, un hombre 20 años mayor, muy respetado por los miristas y los chilenos que vivían en edificio D-2 del barrio de Alamar, en La Habana.
En compañía de Luis Retamal Jara, el Reta viejo, con quien habíamos abandonado la Penitenciaría de Santiago unos días antes, llegamos al departamento que Cabieses ocupaba con su familia, su señora Flora y sus hijos, Paca, Mini y Javier.
En esos días transitaba por ahí otro destacado dirigente mirista, el carismático Víctor Toro, y juntos charlaban con serias intenciones de arreglar el mundo. Pero no eran hombres graves, entre conversa y conversa surgían los chistes y las risas. No había amargura, a pesar de todas las razones: el golpe, los asesinados, las torturas, los exilios. Había convicción de que revertiríamos la situación, era cuestión de tiempo y de organizarse.
No sé si era Paca o Mini quien me decía que cuando los veía conversar pensaba en la Canción del elegido, de Silvio, en esos versos que dicen: “La última vez lo vi irse entre el humo y metralla/ Contento y desnudo/ Iba matando canallas con su cañón de futuro/ Iba matando canallas con su cañón de futuro…”
Otro hombre destacado que circulaba en ese ardiente verano caribeño era un periodista, bajito de estatura, pero grande en su profesión: Mario “Chico” Díaz, subdirector de la revista Punto Final (PF), dirigida por Manuel.
A pocas semanas de mi arribo a La Habana, los jefes del MIR me citaron a reunión para asignarme una tarea importante, eso dijeron y yo me lo creí. Como era universitario (estudié Economía hasta el 11.09.1973), me encargaron redactar un informe diario de noticias sobre Chile. Como no sabía nada de periodismo me explicaron que era algo muy simple y que tendría un cursillo “mínimo técnico” con dos periodistas: Manuel y Mario.
Manuel era un hombre alto y fornido, pero al mismo tiempo amistoso, abría su casa con confianza. El hecho de estar en Cuba nos hacía sentir seguros y podíamos compartir con los mayores y los jóvenes sin problemas. Por eso pude hacer amistad con su familia y muchas veces bajaba, desde el 4° piso, donde elaboraba mis informes, a tomar un café y a conversar, al tercer piso. Pocas veces vi a Manuel en esas visitas, pero alguna vez que me vio muy entusiasmado conversando con una de sus hijas me preguntó sobre mi pareja, la que se había quedado varada en Colombia. Vamos a apurar ese viaje, me dijo, nada más.
Cuando volví a Chile, visité en 1993, a Mario en las oficinas que PF tenía en pleno centro de Santiago (calle San Diego, si mal no recuerdo). Conversamos y le conté que, aunque no tenía familia ni redes, me instalaría en La Serena para buscar trabajo y vivir allí. Me ofreció escribir para la revista. Y así lo hice un par de veces. Para mi sorpresa, a diferencia de otros medios similares, me pagó ambas notas.
Antes de desembarcar en la Región de Coquimbo fui a la casa de los Cabieses, creo que quedaba en La Reina o Peñalolén, no me acuerdo. Era su cumpleaños y pasé a una botillería a comprar un vino porque Manuel era vinero. Yo no lo era, había vivido 17 años entre La Habana y Río de Janeiro, me hice adulto tomando cervezas y ron o aguardiente de caña. Compré un par de botellas, las entregué llegando a la casa y en un momento Manuel se sentó junto a sus regalos. Casi todos habíamos llevado lo mismo.
El cumpleañero rodeado de sus amigos y familiares estaba contento, al menos se respiraban nuevos aires en Chile, Pinochet había sido derrotado en el plebiscito, se había elegido por voto universal a un presidente y, poco a poco, se recuperaban algunos derechos. Manuel tomaba entonces una botella, la levantaba para que todos la vieran, leía algo de la etiqueta y se manifestaba agradecido por la calidad del contenido.
Hasta que de pronto tomó una de mis botellas y simplemente dijo “Y quien trajo esta porquería”. Carcajada general. El vino era barato y malo, cosa rara en Chile, Yo no sabía dónde meterme, pero la verdad que no tenía idea de vinos, culpa del prolongado exilio tropical.
Luego brindamos con los buenos mostos, brindamos porque habíamos sobrevivido, porque no nos habían vencido a pesar de tantas derrotas. Y brindamos porque la vida estaba a flor de piel y había que seguir jugándosela, no había alternativa.
Honor y gloria Manuel, querido amigo.








