Venezuela transita hoy entre la rendición encubierta y la supervivencia pragmática. Atraviesa el cambio de paradigma más drástico de su historia reciente.
Hablar de una “rendición” venezolana sería, probablemente, una simplificación. Lo que comienza a delinearse —si se observan con atención los gestos, los silencios y las concesiones implícitas— se asemeja más a una transición forzada bajo presión extrema. Allí, donde el objetivo del poder remanente no es vencer ni resistir, sino sobrevivir políticamente.
En ese marco, la pregunta central no es si Venezuela se ha rendido, sino qué está dispuesta a ceder para evitar el colapso definitivo del chavismo como estructura de poder.
Del mando personalista al pragmatismo defensivo

La salida de escena de Nicolás Maduro —sea por captura, extracción o secuestro— marca un quiebre profundo. El chavismo fue, durante más de una década, un sistema altamente personalista, y su descabezamiento obliga a un reordenamiento urgente.
En este nuevo escenario, el protagonismo asumido por Delcy Rodríguez responde menos a una sucesión natural que a una estrategia de contención. Preservar el control institucional, reducir el riesgo de una intervención total y ganar tiempo frente a la presión estadounidense.
El giro discursivo es evidente. Donde antes predominaba la confrontación abierta, hoy aparece un lenguaje de cooperación condicionada, diálogo y pragmatismo. No se trata de una conversión ideológica, sino de una adaptación forzada a una correlación de fuerzas adversa.
Cooperar sin confesar derrota
La narrativa oficial intenta sostener una línea delicada: abrir canales con Washington sin reconocer subordinación. Se habla de respeto mutuo y de agendas compartidas, mientras se insiste en que Venezuela no está “gobernada desde el exterior”.
Esta ambigüedad no es incoherencia. Es supervivencia política. Reconocer una derrota explícita equivaldría a deslegitimar por completo al régimen ante sus propias bases; negarse a cooperar, en cambio, podría precipitar su desmantelamiento.
Estados Unidos, poder duro y petróleo
Desde la óptica de Estados Unidos —particularmente bajo una administración de Donald Trump— el enfoque hacia Venezuela ha sido históricamente transaccional. Presión máxima a cambio de activos estratégicos.
Venezuela concentra las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, con más de 300.000 millones de barriles, pero produce hoy apenas una fracción de lo que producía hace dos décadas. Ese petróleo no es solo un recurso económico: es una herramienta de negociación geopolítica.
Ceder control, flujo o prioridad de suministro energético no es una concesión menor. Es, en los hechos, aceptar una forma de tutela a cambio de continuidad política y protección personal para las élites sobrevivientes.
El control interno como contracara de la negociación
Los movimientos hacia afuera suelen tener un espejo hacia adentro. La imposición de estados de excepción, conmoción exterior o medidas represivas encaja con un patrón conocido: cuando un régimen negocia bajo presión, endurece el control interno para evitar fracturas.
No se trata de fortaleza, sino de fragilidad. El riesgo principal no es la oposición tradicional, sino la implosión interna de un sistema acostumbrado a la disciplina vertical y al mando sin fisuras.
El silencio de Diosdado Cabello
Uno de los indicadores más elocuentes del momento político es el silencio de Diosdado Cabello. Durante años, Cabello encarnó la retórica de la confrontación total, la amenaza permanente y la movilización militante.
Hoy, su repliegue público no puede leerse como irrelevancia. En sistemas autoritarios, el silencio de los radicales suele ser el precio de la negociación. Es la señal de que la prioridad ya no es resistir, sino no ser el siguiente en la lista. Y Trump se lo ha dicho claro.
Venezuela y los precedentes incómodos
La historia reciente ofrece paralelos incómodos. En Panamá (1989), tras la captura de Noriega, no hubo negociación: el régimen colapsó. En Iraq (2003), la caída de Saddam Hussein derivó en la destrucción completa del aparato estatal. En Libia (2011), la ausencia de una élite capaz de negociar su supervivencia produjo vacío de poder y fragmentación.
El chavismo parece haber aprendido esas lecciones. Su apuesta no es la épica final, sino una claudicación administrada, que preserve algo —aunque sea poco— del poder acumulado y la seguridad amenazada.
Del mito de la resistencia al realismo extremo
Durante años, el discurso oficial venezolano se sostuvo sobre la idea de la resistencia heroica frente al imperialismo. Ese relato fue funcional mientras existió margen para sostenerlo. Hoy, ese margen parece agotado.
Lo que emerge no es una rendición formal, sino una fase de realismo político extremo, donde la supervivencia se paga con silencio, concesiones estratégicas y abandono de antiguas líneas rojas.
¿Rendición o supervivencia?
Tal vez la pregunta correcta no sea si Venezuela se rindió, sino si logró evitar una derrota total. En ese sentido, lo que observamos no es una transición democrática inmediata, sino una reconfiguración defensiva del poder.
En Venezuela no hubo bandera blanca. Hubo silencio. Y a veces, el silencio es la forma más honesta de rendición.







