La conformación del primer gabinete de José Antonio Kast revive el “avanzar sin tranzar” en La Moneda. Ello abrió un debate político sobre el estilo de conducción que marcará su administración y su capacidad para construir acuerdos. Dirigentes y analistas advierten que el predominio de un núcleo reducido de confianza podría debilitar los puentes con los partidos y el Congreso.
La discusión revive cuestionamientos sobre gobernabilidad, diálogo y representación.
El diseño del nuevo gobierno muestra una fuerte concentración de poder en figuras cercanas al presidente electo. Académicos, empresarios y asesores de confianza ocupan espacios clave, mientras que en contraste, los partidos aparecen relegados a un segundo plano.
Ese esquema instala dudas sobre la relación futura entre el Ejecutivo y el sistema político, ello. porque la experiencia reciente sugiere que la ausencia de mediación partidaria puede generar tensiones tempranas. El escenario recuerda procesos vividos en administraciones anteriores y no exitosos, exactamente.
El peso de la segunda vuelta
Uno de los principales cuestionamientos apunta al origen del respaldo electoral de Kast, quien en primera vuelta, obtuvo poco más del 20 % de los votos. Su triunfo en segunda ronda respondió, en gran parte, al miedo y al rechazo a la alternativa rival.
En ese marco, varios analistas comparan este momento con el inicio del gobierno del Frente Amplio, liderado en el gabinete entonces por Giorgio Jackson, cuando también se interpretó el triunfo como un mandato ideológico amplio.
Ese apoyo a Kast en segunda vuelta, no representa una adhesión plena a su programa. Más bien, funcionó como un “préstamo de votos” nacido más del descarte, el miedo y el cansancio que de una adhesión real al programa. Ese dato resulta clave para entender las expectativas actuales.
Sin embargo, la composición del gabinete sugiere una lectura distinta desde el entorno presidencial. El Ejecutivo actúa como si contara con un mandato ideológico amplio. Esa interpretación genera inquietud en sectores moderados.
Partidos en segundo plano
La nómina de autoridades deja a los partidos con escasa influencia en la toma de decisiones centrales. Todas las colectividades quedaron concentradas en espacios territoriales de tercera línea, sin mando, solo con órdenes de ejecutar. Las áreas estratégicas quedaron en manos de independientes cercanos al mandatario.
Este diseño reduce la capacidad de negociación política interna, pero también debilita los canales formales con el Congreso. La experiencia comparada muestra que ese vacío suele generar fricciones tempranas.
En este escenario, figuras como José García Ruminot aparecen como puentes aislados, donde su rol será traducir posiciones entre mundos políticos distantes. La tarea no parece sencilla, será el único que en el gabinete, «sintonizará» el canal del Congreso.
El riesgo del “iluminismo político”
El modelo adoptado por Kast refleja una lógica tecnocrática centralizada, donde la gestión prioriza rapidez y control. El diálogo político aparece subordinado a una supuesta y aún no demostrada eficiencia. «Espérense al 11 de marzo, ahí verán», dijo la futura ministra de la Mujer sobre evaluar al gobierno.
Este enfoque ya mostró límites en gobiernos anteriores, la administración Boric enfrentó problemas similares al inicio de su mandato. La falta de articulación debilitó su capacidad de implementación, pues la teoría de los círculos ni siquiera funcionó en la coalición de gobierno que al poco rato debió llamar al Socialismo Democrático a apagar incendios.
La experiencia advierte que gobernar sin transacciones políticas suele conducir al desgaste, pues la política no funciona como una empresa privada. Requiere acuerdos, concesiones y construcción de mayorías.
Continuidades con errores recientes
No es difícil comparar el momento actual con el inicio del Frente Amplio en 2022. En ambos casos, se observa una lectura maximalista del triunfo electoral. También aparece la idea de “hacerlo todo de nuevo”.
Chile, sin embargo, ha mostrado resistencia a proyectos refundacionales, de ello dan cuenta los plebiscitos constitucionales que reflejaron ese límite social. La ciudadanía privilegia estabilidad sobre rupturas abruptas. Es más, basta recordar que el segundo proceso fallido, fue dirigido por el propio Kast. No es bueno tropezar con la misma piedra.
El actual gobierno enfrenta ese mismo dilema, pues persiste en una lógica cerrada que puede profundizar la polarización. Abrirse al diálogo implica costos internos, pero no hacerlo eleva los costos.
Un camino con costos
La apuesta por un liderazgo centralizado refleja convicción, pero también fragilidad ya que el respaldo electoral no garantiza gobernabilidad. Menos aún en un sistema altamente fragmentado.
La historia reciente muestra que los gobiernos sin capacidad de transacción enfrentan crisis tempranas y Chile conoce bien esos procesos. La polarización no suele producir estabilidad, tampoco la emergencia puede ser eterna.
El nuevo gobierno inicia su mandato con un cuestionado capital político y su desafío será transformarlo en acuerdos duraderos que le otorguen estabilidad. De ese equilibrio dependerá buena parte de su futuro y. por cierto, el futuro de un Chile que ya no soporta iluminismos o superioridades morales.







