Política

La crisis de representación que nadie quiere enfrentar

Mario López M.

Imagen creada con herramientas digitales
El regreso de Michelle Bachelet reabre una discusión que excede a la izquierda. La crisis de representación, la pérdida de vínculos sociales y la fragmentación del centro político plantean una pregunta que ningún liderazgo puede responder por sí solo: ¿a quién representan hoy los partidos?

La crisis de representación que nadie quiere enfrentar y que golpea no solo a la izquierda en Chile.

La reaparición de Michelle Bachelet en el escenario político chileno ha despertado entusiasmo en sectores de la oposición y reabierto el debate sobre su futuro. Sin embargo, detrás de la discusión sobre una eventual tercera candidatura presidencial existe un problema bastante más profundo: la creciente distancia entre los partidos políticos y la sociedad que pretenden representar.

Daniel Matamala, en su columna Espejismo, advierte que la nostalgia por los años de Bachelet podría convertirse en una manera de eludir la autocrítica y postergar la renovación de la izquierda. Su planteamiento tiene fundamento, pero también admite una pregunta anterior. ¿El problema está en la falta de nuevos liderazgos o en la incapacidad de las organizaciones políticas para comprender los cambios de la sociedad chilena?

Porque encontrar un candidato no equivale a recuperar la confianza ciudadana. Mucho menos cuando las dificultades de representación afectan también al centro y a la derecha.

Los votos prestados no son adhesión ideológica

Una de las conclusiones más discutibles del análisis electoral consiste en interpretar las derrotas del progresismo como demostración de que Chile se convirtió en un país mayoritariamente de derecha. Los resultados electorales no permiten una afirmación tan categórica. Las votaciones de los últimos años muestran desplazamientos importantes entre opciones políticas diferentes, especialmente cuando los ciudadanos deben escoger entre dos alternativas que no necesariamente representan sus convicciones.

La elección presidencial de 2025 constituye un ejemplo. José Antonio Kast obtuvo menos de una cuarta parte de los votos válidamente emitidos en primera vuelta, pero superó el 58% en segunda. Esa diferencia no acredita que todos quienes terminaron votando por él compartieran el ideario republicano.

El voto de castigo, el rechazo a la alternativa disponible y la búsqueda de respuestas frente a problemas concretos también forman parte de las decisiones electorales. Confundir esos votos con adhesiones ideológicas permanentes conduce a diagnósticos equivocados. Y el error puede cometerlo tanto quien gana una elección como quien la pierde.

La izquierda que perdió la calle

Hay una crítica que merece particular atención: los partidos de izquierda habrían perdido parte de su conexión con los espacios sociales que históricamente les dieron sentido. La afirmación exige matices, porque no todas las organizaciones tienen idéntica presencia territorial. Sin embargo, plantea un problema reconocible: la distancia entre la discusión política institucional y las preocupaciones cotidianas de las personas.

Durante décadas, sindicatos, organizaciones vecinales, asociaciones estudiantiles y movimientos sociales constituyeron espacios fundamentales de representación política. Hoy corresponde preguntarse cuánto de esa relación permanece y cuánto ha sido reemplazado por la competencia electoral, las negociaciones parlamentarias y las disputas entre dirigentes.

No se trata solamente de visitar poblaciones durante las campañas. Se trata de comprender qué ocurre con las familias que enfrentan inseguridad, endeudamiento, dificultades para acceder a una vivienda o incertidumbre laboral.

Tampoco basta con denunciar que la derecha consiguió asociar a la izquierda con el desorden y la inseguridad. Es necesario examinar por qué ese discurso encontró recepción y qué respuestas ofrecieron los propios partidos frente a problemas que afectan directamente la vida cotidiana. La representación social no se recupera mediante declaraciones. Requiere presencia, capacidad de escucha y resultados.

El centro político también existe

Otro problema del debate consiste en tratar al progresismo como un conjunto homogéneo, olvidando las diferencias históricas entre la izquierda, la socialdemocracia y el humanismo cristiano. La antigua Concertación no fue simplemente una suma electoral de partidos. Articuló tradiciones políticas distintas alrededor de acuerdos sobre democracia, crecimiento económico, protección social y estabilidad institucional.

Aquella experiencia tuvo contradicciones y límites, pero también demuestra que la cooperación entre el centro y la izquierda no exige necesariamente la desaparición de sus identidades. Hoy esa articulación enfrenta dificultades evidentes. El debilitamiento de los partidos tradicionales, la fragmentación de las organizaciones políticas y las diferencias programáticas dificultan la construcción de acuerdos duraderos.

Pero sería un error concluir que la pérdida de influencia electoral de determinados partidos significa la desaparición de los ciudadanos que alguna vez representaron. Los electores no desaparecen cuando se debilitan sus organizaciones. Pueden abstenerse, cambiar su voto o buscar otras alternativas. La pregunta es quién interpreta actualmente sus demandas.

El desgaste de Kast no reconstruye a la oposición

La desaprobación del presidente José Antonio Kast alcanzó el 64% en la encuesta Cadem difundida el 11 de octubre, mientras su aprobación se mantuvo en 32%. El resultado revela dificultades importantes para el Gobierno, pero no demuestra que la oposición haya recuperado la confianza perdida.

La misma encuesta identifica a Bachelet como principal liderazgo de izquierda y centroizquierda, con 29% de las menciones, seguida por Gabriel Boric, con 19%, y Tomás Vodanovic, con 13%. Entre quienes se identifican con ese sector, un 47% considera que Bachelet sería mejor candidata presidencial que Boric, mencionado por un 44%. Son cifras que muestran reconocimiento hacia la expresidenta, pero también diversidad de preferencias. Ninguna de ellas permite concluir que exista una alternativa política consolidada.

Las dificultades económicas, los problemas de seguridad y las controversias del Gobierno pueden generar críticas ciudadanas sin traducirse necesariamente en respaldo a sus adversarios. La oposición enfrenta, por tanto, una responsabilidad distinta de la gubernamental, pero igualmente exigente: demostrar que dispone de respuestas para los problemas del país y no solamente de argumentos para cuestionar a quienes gobiernan.

Bachelet no es el problema ni la solución completa

Michelle Bachelet conserva una trayectoria política que explica su protagonismo. Fue elegida dos veces presidenta de Chile y mantiene reconocimiento dentro y fuera del país. Su participación en el debate público puede contribuir a articular posiciones, aportar experiencia y facilitar acuerdos entre sectores que hoy mantienen diferencias importantes.

Pero ninguna trayectoria individual sustituye el trabajo de reconstrucción política. Tampoco sería razonable responsabilizar a la expresidenta por la incapacidad de otros dirigentes para desarrollar nuevos liderazgos. La cuestión no es si Bachelet debe participar o retirarse. Es si los partidos pueden elaborar un proyecto compartido que no dependa exclusivamente de su figura.

El mismo razonamiento vale para Gabriel Boric, Tomás Vodanovic, Huenchumilla u Orrego y cualquier otro nombre que aparezca en las encuestas. Una organización política que necesita encontrar primero un candidato para después preguntarse qué país quiere construir tiene invertidas sus prioridades.

La crisis está en la representación

La discusión sobre el futuro de la oposición no puede limitarse a la izquierda ni a la próxima elección presidencial. También debe incorporar al centro político y reconocer que la crisis de representación atraviesa buena parte del sistema de partidos.

Los ciudadanos demandan seguridad, empleo, servicios públicos que funcionen y posibilidades reales de mejorar sus condiciones de vida. Las distintas corrientes políticas ofrecen respuestas diferentes, pero todas enfrentan la necesidad de demostrar que comprenden esas preocupaciones.

La oposición no tiene la responsabilidad de administrar el Gobierno, pero sí la de fiscalizarlo, elaborar propuestas y representar a quienes no encuentran respuesta en sus decisiones. Para cumplir esa tarea necesita algo más que unidad circunstancial frente a Kast. Requiere acuerdos sobre el país que propone, vínculos sociales efectivos y capacidad para reconocer sus propios errores.

El regreso de Bachelet puede reanimar a sus partidarios y contribuir al debate. Lo que no puede hacer es reemplazar ese trabajo colectivo. Quizás el verdadero espejismo no sea Michelle Bachelet, sino la creencia de que la crisis de representación se resuelve encontrando un nuevo candidato presidencial. Porque los partidos pueden recuperar el poder sin haber recuperado a los ciudadanos. Y esa es, precisamente, una de las lecciones que la política chilena todavía parece resistirse a aprender.

Comparte en:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email