Judith Marín, ministra de la Mujer y Equidad de Género, tiende puente político en defensa de las mujeres cuestionando dichos machistas de parlamentario de extrema derecha.
La ministra Marín, abrió un espacio de coincidencia política poco frecuente al rechazar los comentarios del diputado Javier Olivares (PDG) contra Michelle Bachelet y Evelyn Matthei. Su intervención trascendió la defensa de ambas figuras y puso sobre la mesa una cuestión que atraviesa las diferencias ideológicas: el derecho de las mujeres a participar en política sin enfrentar descalificaciones por su condición de género.
El episodio comenzó cuando Olivares cuestionó la eventual participación presidencial de Bachelet y sugirió que debía alejarse del debate político para disfrutar de sus nietos. También aludió a Matthei y a las labores domésticas, provocando críticas desde distintos sectores. Marín respondió inicialmente pidiendo una disculpa al parlamentario. Posteriormente, mediante una carta publicada en El Mercurio, profundizó su posición y defendió la continuidad del ministerio que encabeza.
Una coincidencia que cruza fronteras políticas
La ministra sostuvo que las diferencias ideológicas no justifican las descalificaciones personales. También cuestionó que se utilicen las labores familiares o domésticas para determinar el lugar que una mujer debe ocupar en la sociedad.
«Cocinar y cuidar a la familia son tareas valiosas y no tienen que ser menospreciadas», afirmó, antes de advertir que utilizarlas como respuesta a una opinión política equivale a pretender asignar a las mujeres un papel determinado por su género.
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Su planteamiento coincidió con la posición expresada por Evelyn Matthei, quien también defendió a Bachelet pese a las diferencias políticas que las separan. La exalcaldesa de Providencia sostuvo que las mujeres deben ser evaluadas por sus capacidades, ideas y gestión, no por las labores domésticas.
La coincidencia adquiere relevancia porque no supone acercamiento programático ni abandono de convicciones. Se trata de reconocer un principio compartido que puede sostenerse incluso entre adversarias políticas.
La defensa de una institución cuestionada
Marín también utilizó la controversia para responder a quienes cuestionan la existencia del Ministerio de la Mujer. El diputado Olivares había rechazado disculparse y advertido sobre la posibilidad de cerrar esa cartera, a la que atribuyó gastos excesivos y falta de resultados. La secretaria de Estado defendió su permanencia con cifras sobre la participación femenina en los espacios de decisión.
Según los antecedentes expuestos por la ministra, las mujeres representan aproximadamente el 51% del padrón electoral, pero ocupan el 33,5% de los escaños de la Cámara de Diputadas y Diputados y el 32% del Senado. En el ámbito municipal, encabezan cerca del 17% de las alcaldías.
«Cada vez que se descalifica a una mujer en política, esas barreras se hacen más altas», advirtió. Para Marín, los comentarios del parlamentario constituyen precisamente una demostración de por qué debe mantenerse el ministerio.
Un gesto que no elimina las diferencias
La intervención de la ministra no borra las controversias que han acompañado su gestión ni las diferencias entre el Gobierno y los sectores políticos representados por Bachelet y Matthei. La conducción del Ministerio de la Mujer ha enfrentado cuestionamientos por sus conflictos internos y decisiones administrativas. También permanece abierto el debate sobre sus prioridades, programas y recursos.
Sin embargo, esas controversias no impiden reconocer la dimensión institucional de su pronunciamiento. En una democracia, los acuerdos no siempre requieren coincidencias ideológicas. También pueden surgir del reconocimiento de derechos y principios que deben mantenerse al margen de las disputas partidarias.
La defensa del respeto a las mujeres en política constituye uno de esos espacios posibles.
Más allá de la solidaridad entre mujeres
La controversia deja una cuestión que excede a sus protagonistas. Las diferencias políticas pueden justificar críticas severas a las trayectorias, propuestas y decisiones de cualquier autoridad, pero no convierten su género en un argumento legítimo para excluirla del debate público.
Bachelet y Matthei pueden ser cuestionadas por sus actuaciones políticas, como cualquier dirigente. Lo que resulta distinto es pretender que abandonen ese espacio para cumplir funciones que se les atribuyen por ser mujeres. En ese sentido, el pronunciamiento de Marín puede interpretarse no solamente como un gesto de solidaridad femenina, sino también como una coincidencia política en torno a las condiciones mínimas del debate democrático.
La importancia del episodio no radica en que las tres mujeres piensen igual, sino precisamente en que no lo hacen. Sus diferencias permanecen, pero ello no les impide coincidir en que ninguna mujer debe ser descalificada o excluida de la política por su condición de género.







