La muerte de Luisa Riveros, histórica dirigenta de La Bandera, fue confirmada este sábado por el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH). Su partida deja un vacío en las luchas populares, pero también consolida su nombre como símbolo de dignidad, resistencia y memoria en Chile.
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UNA VOZ NACIDA DESDE LA POBREZA
Riveros no solo denunció las violaciones a los derechos humanos en dictadura; también encarnó la voz de los barrios relegados a la pobreza estructural. En los años ochenta, cuando la represión y el hambre marcaban la vida en las poblaciones, su liderazgo surgió como testimonio de la fuerza comunitaria frente a la adversidad.
EL GESTO QUE TRASCENDIÓ FRONTERAS
Riveros irrumpió en la visita del Papa Juan Pablo II en 1987 como la culminación de años de organización vecinal y de acompañamiento a las víctimas del régimen. Al tomar la palabra frente al mundo, denunció la miseria, exigió justicia para los detenidos desaparecidos y reclamó el regreso de los exiliados, transformando una ceremonia religiosa en un momento histórico de dignidad civil.
UN LEGADO QUE INSPIRA A NUEVAS GENERACIONES
Autoridades, dirigentes sociales y líderes religiosos lamentaron su fallecimiento, recordando su fe y su valentía. Para la ministra de la Mujer, Antonia Orellana, Riveros representa “la fuerza de las mujeres que transforman la historia e inspiran un Chile más justo e igualitario”. El cardenal Fernando Chomalí, en tanto, destacó que su testimonio sigue siendo “un signo de esperanza y dignidad”.
El legado de Luisa Riveros no se reduce a un episodio emblemático: permanece vivo en la memoria de las poblaciones que luchan día a día por justicia, democracia y derechos humanos. Su vida demuestra que la resistencia no se escribe solo en los grandes escenarios, sino en cada gesto de organización popular frente a la adversidad.