Hay quien promete lo que no está a su alcance cumplir. Establecer que se termina un proceso constitucional requiere de un consenso amplio que nadie ha conseguido y es eso lo que está en el centro de este asunto.
Este dilema ha dividido al país por la tradicional separación de izquierda y derecha, segmentando al centro hacia ambos lados. Estamos ante un texto que no consigue que alguien atraviese la línea en vista de un acuerdo transversal, que es lo propio de una construcción perdurable.
Hemos querido una Constitución nueva de principio a fin, surgida en democracia del trabajo colaborativo de todos. Lo que hemos conseguido es una redacción representativa de un bando y por eso nos encontramos ante un fracaso.
Lo que hemos desechado es un documento surgido en dictadura y al que se le han hecho múltiples modificaciones. La derecha gusta decir que nos encontramos ante una disyuntiva en la que, paradojalmente, siempre gana. Si triunfa el “A favor” se impone un producto que reconoce como propio y si se impone el “En contra” nos quedamos con la “Constitución de Jaime Guzmán”.
Es extraño que la oposición se dé por ganadora doble cuando por décadas ha estado casi siempre del lado de los resistentes a los cambios y reformas introducidas y de las que siempre se lamentó.
Si queremos construir un país donde todos tengan cabida, no podemos evaluar nuestra historia como un cuento infantil de buenos y malos absolutos, de derrotas y victorias puras. Después de tantas vueltas, constatamos que los borrones y cuentas nuevas no se nos dan bien.
Si se rechaza el texto constitucional, lo que viene es el predominio de la vida cotidiana y la continuación de las reformas allí donde se identifiquen consensos suficientes. Nada parecido a la gran derrota de un bando.
Por intentar cambiarlo todo para mejor estamos corriendo el riesgo de modificarlo para peor en aquello que se refiere a la distribución del poder. Una Constitución que es también un programa en que las opciones de derecha se convierten en la norma aceptada, hacen que desde el centro a la izquierda se les haga cuesta arriba la implementación de sus propuestas.
Una Constitución contemporánea tendrá una redacción actualizada y eso constituye un avance. El problema, por supuesto, no está allí, sino en los desequilibrios. Es la ciudadanía la que tiene que decidir cuáles son los programas y políticas públicas que se implementan por un tiempo acotado. No es la Constitución la que define un bando ganador y que sus rivales jueguen siempre en cancha ajena. Nadie puede jugar de visita en su propio país.
La necesidad de declarar un ganador eterno muestra una profunda desconfianza respecto de lo que un pueblo pueda resolver en el futuro por mayoría. Se actúa con aprehensión. De allí los cerrojos y los candados.
La convivencia pacífica no se puede basar en la desconfianza. Se establece el dictamen de un padre protector que sabe lo que es bueno para sus hijos, pero los mayores de edad no pueden serlo si aceptan ser tratados como niños permanentes. Eso sí que es Jaime Guzmán y es lo que no puede ser aceptado.




