No se puede menospreciar el efecto que ha tenido la inesperada muerte de Sebastián Piñera, quien recibe hoy un homenaje póstumo.
El exmandatario no era una figura empática y ya había expresado su rechazo a la idea de repostular a la presidencia; sin embargo, no era un liderazgo afectivo, sino efectivo, y estaba muy presente en las definiciones estratégicas y cotidianas de su sector.
No importando su aparente retiro de la política activa, era un punto de referencia obligado aun para quienes no lo querían como una figura rectora en la derecha.
Ahora, todos descubren en la oposición que el mandatario llenaba un vacío que, de improviso, se hace evidente. Hay un déficit de conducción en el conglomerado con mayor chance de ganar la próxima elección presidencial.
Lo que se estaba por definir en la derecha es nada menos que la estrategia que se debe adoptar, lo que podía separarse en parte de la definición presidencial cuando se contaba con Piñera, que estaba muy presente en su aparente lejanía, pero no ahora que su ausencia se ha vuelto una realidad definitiva.
A la derecha la está rondando la falta de creatividad. De no modificar su conducta, lo que terminará ofreciendo se limita a una buena administración, algo que no garantiza un mejor futuro al país, como muestra nuestra historia reciente.
No es lo mismo reemplazar un peldaño que reemplazar un pilar porque, en el primer caso, los que están más próximos pueden cerrar filas y, en el segundo, hay que reemplazar la base de sustentación del conjunto.
Se cierra abruptamente una etapa. La presencia de Piñera ordenaba parte importante del juego de influencias en la oposición, pero la fuente de autoridad provenía de él y asignaba importancia a quienes estaban más próximos. Pensar que eso se puede mantener quitando la figura central es una ilusión.
Piñera no dejó un espacio vacante que se pueda cubrir por resoluciones de élite. Lo que viene es un reordenamiento, no un simple reacomodo. Muchos no lo entienden, primero, por la conmoción inicial y, ahora, porque todos dicen que seguirán su ejemplo, pero pocos dan pasos efectivos en esa dirección.
Representar un legado es un intento de preservar una parte de lo que ya pasó, en cambio, ejercer el liderazgo político es estar en condiciones de aproximar un futuro deseable. Ambos aspectos no tienen por qué estar relacionados.
Es raro escuchar en la derecha reiteradamente que “lo que importa es el colectivo”, como dice, por ejemplo, Javier Macaya, tratándose de un área del espectro político que ha destacado desde siempre el valor de lo individual.
La necesidad no siempre crea el órgano. Si la oposición hubiera seguido su propia receta por motivación interna y por la capacidad de sus dirigentes, Piñera no hubiera seguido siendo la figura central que fue hasta su inesperada muerte.
En la derecha todos saben lo que hay que hacer: afiatar la coalición que se tiene, ampliarla hacia el centro y mantener la fidelidad del electorado para no volver a perderlo frente a republicanos. Pero conocerlo no es lo mismo que saber hacerlo, de otro modo nunca hubieran sido sobrepasados por los radicales de su sector.
El estilo de Piñera, diseñado para ser ejercido por él en exclusiva, impide que tenga continuador. En Chile Vamos tendrán que innovar.






