Si la vida hubiese seguido el trayecto que alguna vez imaginó, hoy Eduardo Carrasco (85) estaría viviendo en una casa de Zapallar junto a Carmen Goñi, su compañera durante tres décadas. Ese plan, sin embargo, no se concretó.
El fundador, voz histórica y director musical de Quilapayún desde 1965 reside actualmente solo en un departamento ubicado en el barrio de Plaza de la República, en pleno centro de París. Su esposa ya no lo acompaña: murió hace cerca de tres años.
“Pero estoy muy bien y tranquilo. Muy conforme de haber hecho esta elección. Traje todas mis cosas desde Chile por barco. Ya armé mi casa. Mis cuadros están colgados y mis libros están en los anaqueles. Está todo como tiene que estar”, afirma el músico, convencido de una de las determinaciones más profundas de su vida.
Carrasco llegó a la capital francesa el 2 de mayo del año pasado, decidido a pasar allí la última etapa de su existencia. Buscaba escapar de la soledad que comenzó a sentir en Chile tras la muerte de su esposa, país al que asegura que no regresará.
FRANCIA
En Francia viven tres de sus cuatro hijos —de entre 23 y 60 años—, todos vinculados a distintas expresiones artísticas y culturales. A eso se suma un lazo previo y decisivo: fue allí donde pasó gran parte de su exilio, desde septiembre de 1973, cuando el golpe de Estado sorprendió a Quilapayún en Europa, hasta octubre de 1988, cuando el grupo volvió a Chile. “O sea, yo no llegué a una nación rara”, resume.
La decisión de instalarse definitivamente fuera del país no solo implicaba cerrar un capítulo íntimo. También significaba dejar de subir a los escenarios junto a Quilapayún, el conjunto que lo ha acompañado por seis décadas y que hoy mantiene una agenda activa, incluso con presentaciones programadas en festivales como Lollapalooza en el Parque O’Higgins.
El gesto fue simbólico: despedirse del poncho negro que identificó al grupo durante generaciones. “Sí, esto significa dejar de cantar y tocar con el grupo. Ellos seguirán su vida en Chile”, reconoce, precisando que su última actuación con la banda fue durante la primera mitad de 2025.
PROYECTO
La idea de mudarse, sin embargo, nació desde un proyecto completamente distinto. “Yo con mi mujer tenía el proyecto de irnos a vivir a Zapallar e instalarnos ahí hasta el fin de nuestras vidas. Pensábamos vivir nuestra vejez en Zapallar y nos lanzamos por ese camino: mi señora se compró una casa muy bonita allá, donde veíamos todo el día el mar, estábamos felices. Pero lo que pasó es lo típico cuando uno está más contento y feliz. De repente se da todo vuelta: ella un día amaneció con un cosquilleo en un brazo, fuimos al médico, hicimos los exámenes correspondientes y era un cáncer al cerebro. Ni más ni menos. Ahí nos cambiaron todos los planes por completo”, recuerda.
Tras el diagnóstico, la pareja debió volver a Santiago para enfrentar los tratamientos médicos de Goñi. “Y ahí fue muy triste ver como una persona que te acompaña gran parte de tu vida, empieza a morir. Finalmente falleció hace tres años, en 2023”.
Desde entonces, Carrasco resume ese período con una frase contundente: “Me quedé solo”. Aunque continuó con sus actividades en Quilapayún, reconoce que sus vínculos en Chile se volvieron limitados, mientras que su núcleo afectivo estaba en Francia, donde permanecieron sus hijos tras el exilio y donde viven varios de sus nietos. Así tomó la decisión de partir definitivamente.
“Yo no tengo nada contra Chile, aunque ahora se ha vuelto bastante antipático, pero mi gente estaba en Francia. Así que viví como dos años después de la muerte de mi mujer y opté por venirme a París. Tras su fallecimiento, vinieron momentos muy tristes, muy terribles. Me costó salir de eso. Cuando ya recuperé mi entusiasmo, me di cuenta que en realidad el lugar para mí es Francia, no es Chile”.
DECISIÓN
Consultado sobre si la decisión fue difícil, responde que no. Francia, dice, no es un país cualquiera para él. “Además, todo esto se da en una situación que es la vejez…”, reflexiona, aludiendo a su edad, a la cercanía de la muerte y también a razones prácticas, como el sistema de salud francés, que le permite vivir sin gastos médicos significativos.
“No, no, yo no vuelvo a Chile, aquí me voy a quedar tranquilito, sin hacer mucha bulla…”, señala más adelante, descartando cualquier nostalgia por el país que deja atrás.
En ese tránsito, Carrasco reflexiona también sobre el paso del tiempo, el legado de Quilapayún, la vigencia de canciones como El pueblo unido y el lugar que ocupa hoy el grupo: una referencia histórica más que un fenómeno contemporáneo. Aun así, aclara que su vínculo con la banda continúa, aunque ahora desde un rol creativo y de dirección, lejos del escenario.
Hacia el final, aborda sin temor la idea de la muerte, a la que mira con naturalidad e incluso con humor, evocando anécdotas y reflexiones compartidas con artistas como Roberto Matta. Para Carrasco, el cierre de la vida no es una tragedia inevitable, sino una parte esencial del ciclo humano, algo que —idealmente— debería llegar con calma.





