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Cuando amar es un acto de clase: Bridgerton cambia las reglas

Javiera Sanzana

Periodista

Bridgerton
Foto: Pinterest
Sophie es, sin rodeos, la Cenicienta de Bridgerton. Hija ilegítima de un noble fallecido, criada bajo la humillación constante de su madrastra, Lady Penwood, fue obligada a servir como criada en la casa que alguna vez debió ser su hogar.

Desde los primeros minutos de esta nueva temporada de Bridgerton, queda claro que algo se ha desplazado. El foco ya no está únicamente en los salones relucientes, los vestidos imposibles y las intrigas de la aristocracia, sino en quienes siempre estuvieron ahí sosteniendo ese mundo… el servicio doméstico.

La cuarta temporada abre desde la trastienda de la casa Bridgerton. Cocineros, doncellas y personal de servicio se mueven con precisión mientras preparan una fastuosa fiesta de máscaras. No es un simple recurso estético: por primera vez, la serie decide mirar los “pisos bajos” de la mansión con la misma atención narrativa que antes reservaba a la nobleza. El universo Bridgerton sigue intacto, pero el punto de vista ha cambiado.

A partir de ahí, reaparecen los personajes conocidos que continúan en escena: la matriarca Lady Violet; Penelope Featherington, ahora consolidada como Lady Whistledown junto a Colin; y Francesca, que volvieron de Escocia con Lord John Stirling, acompañada por la siempre inconforme Eloise. Todo parece familiar, pero el relato ya no se cuenta desde el mismo lugar.

EL LIBERTINO Y UNA MUJER SIN NOMBRE

El verdadero protagonista de la temporada era un secreto a voces: Benedict Bridgerton. El artista, el hermano errante, el libertino sin intención alguna de enamorarse. Ese rol comienza a resquebrajarse cuando entra en escena Sophie Baek (Yerin Ha), la figura que convierte este romance en algo más que una historia de deseo.

Sophie es, sin rodeos, la Cenicienta de Bridgerton. Hija ilegítima de un noble fallecido, criada bajo la humillación constante de su madrastra, Lady Penwood, fue obligada a servir como criada en la casa que alguna vez debió ser su hogar. Desterrada, sin apellido que la proteja, su historia dialoga con el imaginario del cuento de hadas, aunque aquí el zapato de cristal se convierte en un guante… y el final feliz no está asegurado.

Pero más allá de la fábula romántica, el gran aporte de esta temporada está en su mirada de clase. La showrunner Jess Brownell opta por mostrar la vida cotidiana del personal doméstico: el trabajo invisible, la precariedad, la competencia interna y la desprotección absoluta. El tono recuerda a Downton Abbey o Arriba y abajo, pero atravesado por la sensualidad y el dramatismo propios de Bridgerton.

EL ROMANCE, CAPÍTULO A CAPÍTULO

Capítulo 1: El vals

La historia comienza en una fiesta de máscaras, ese espacio donde —al menos por una noche— las jerarquías parecen diluirse. Es ahí donde Benedict, el libertino, conoce a una mujer que lo desconcierta por completo. Cree estar frente a una dama de la sociedad, sin saber que en realidad es una empleada doméstica.

La máscara funciona como una suspensión del orden social: Benedict se permite sentir, desear e incluso proyectar algo que, sin ese anonimato, sería impensable. El baile no solo oculta rostros, también oculta clases.

Capítulo 2: El tiempo suspendido

Obsesionado con la mujer misteriosa, Benedict busca respuestas incluso en Lady Whistledown. Pero su conflicto no es solo romántico: es reputacional. Su fama de libertino pesa, y él sabe que cualquier mujer vinculada a su nombre corre el riesgo de ser menospreciada por la sociedad.

La serie deja en evidencia una contradicción central: la libertad sexual masculina existe, pero suele construirse sobre el costo social que pagan las mujeres. Benedict duda, no tanto por cuestionar el sistema, sino por temor a las consecuencias… ajenas.

Capítulo 3: El campo junto al otro camino

El reencuentro ocurre lejos del brillo de los salones. Benedict conoce a Sophie, sin máscara ni misterio, en un contexto cotidiano que elimina cualquier ilusión de fantasía. La atracción está ahí —latente, evidente—, pero no viene acompañada de reconocimiento.

Benedict se siente atraído por ella, se acerca, la observa, pero no la asocia con la mujer que lo marcó en el baile. Sophie deja de ser un enigma y pasa a ocupar un lugar social claro: el de empleada. El deseo persiste, pero el prejuicio establece el límite y redefine la forma en que él se relaciona con ella.

Capítulo 4: La propuesta de un caballero

Aquí la temporada se vuelve abiertamente incómoda —y ahí radica su fuerza—. Benedict ya no puede negar lo que siente, pero tampoco está dispuesto a desafiar el orden social que lo favorece. La solución que encuentra es reveladora: le propone a Sophie que sea su amante.

Presentada como una oferta “honesta”, la propuesta expone con crudeza la desigualdad de poder. Para él, es una forma de conciliar deseo y comodidad. Para ella, implica aceptar un lugar oculto, sin nombre, sin futuro.

La serie Bridgerton lanza así una pregunta difícil de esquivar: ¿cuántas veces el amor masculino se detiene justo antes de incomodar al privilegio?.

REINVENTARSE SIN PERDER LA IDENTIDAD

Visualmente, Bridgerton sigue siendo Bridgerton: lujo, fiestas y escenografía impecable. Pero estos primeros capítulos parecen menos interesados en deslumbrar y más en incomodar. La guerra silenciosa entre doncellas, el maltrato sistemático y un episodio que aborda una situación cercana a la agresión sexual evidencian la vulnerabilidad extrema de las mujeres sin estatus.

No todo es nuevo ni todo sorprende, pero sí hay una intención clara de reordenar las prioridades del relato. La cuarta temporada no renuncia a la fantasía, pero la ensucia lo suficiente como para recordar que, bajo el brillo, siempre hubo desigualdad.

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