En Chile, envejecer no duele por las arrugas, duele por lo que representa. El miedo no está en el cuerpo que cambia, sino en la idea de volverse prescindible, fuera de lugar, irrelevante. Frente al espejo, muchas personas no ven sólo el paso del tiempo, sino el temor de dejar de importar.
No existe una edad exacta en que alguien se vuelve viejo. No ocurre al cumplir 60 ni cuando aparecen las primeras canas. Empieza antes, cuando el futuro se encoge en la imaginación, cuando ciertas puertas dejan de abrirse, cuando la sensación de vigencia comienza a erosionarse. En una sociedad que glorifica la juventud como sinónimo de productividad, belleza y velocidad, cumplir años no es solo un proceso biológico, es una experiencia emocional atravesada por pérdida de estatus, inseguridad y creciente exclusión simbólica.
Chile envejece rápido. Según el Censo 2024, el 14% de la población tiene 65 años o más, y las proyecciones del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) indican que hacia 2050 uno de cada cuatro chilenos estará en ese rango etario. La esperanza de vida supera hoy los 81 años. Pero ese logro convive con una paradoja inquietante. Se vive más, pero aumenta el temor a ser viejos.
Cuando la edad empieza a pesar antes que el cuerpo
La vejez en Chile no se experimenta solo como un cambio físico, sino como una pérdida simbólica. Según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez realizada por UC y Caja Los Andes en 2023, más del 60% de las personas mayores siente que la sociedad los valora poco o nada. Esa percepción también se asocia con pérdida de relevancia social y el devastador temor a volverse invisible con los años.
Para la psicóloga clínica de la Universidad Santo Tomás, Paula Herrera esto revela un malestar profundo. “No estamos hablando únicamente de miedo a enfermar o morir. Estamos hablando de miedo a dejar de ser vistos. En consulta aparecen personas de 40 o 50 años que ya sienten el envejecimiento como una amenaza social, no biológica”.
María, 52 años, ingeniera comercial, reconoce ese quiebre silencioso. “En mi trabajo nadie me ha dicho nada explícito, pero siento que ya no me miran igual. Antes lideraba proyectos, ahora me piden tareas más administrativas. No es que esté cansada. Es que siento que ya no me consideran”.
La discriminación etaria también aparece en el mercado laboral. Las personas mayores de 45 años aseguran enfrentar mayores dificultades para acceder a empleo o ascensos, especialmente mujeres, quienes perciben la presión de lidiar con una doble presión: mantenerse jóvenes en apariencia y al mismo tiempo cumplir roles de cuidado y disponibilidad emocional.
“No se trata solo de exclusión laboral”, explica Herrera. “Se trata de un mensaje cultural persistente. Tu valor está asociado a tu rendimiento, a tu apariencia, a tu novedad. Cuando eso disminuye, también parece disminuir tu lugar en el mundo”.
La industria de luchar contra el tiempo
En ese contexto, el auge de tratamientos estéticos y productos antienvejecimiento no responde solo a vanidad, sino a una necesidad emocional más profunda. La Sociedad Chilena de Cirugía Plástica reportó un aumento sostenido en procedimientos mínimamente invasivos, especialmente en mujeres entre 40 y 60 años.
“La gente no busca verse joven, busca no ser descartada”, explica la dermatóloga Claudia Ríos. “En consulta escucho frases como ‘no quiero parecer cansada’, ‘no quiero que piensen que ya no sirvo’, ‘no quiero dejar de gustar’. El procedimiento es superficial, pero la motivación es profundamente emocional. El envejecimiento, para muchas, no es solo un proceso natural, es una carrera contra la obsolescencia social”.
La longevidad en el territorio emocional
El miedo a envejecer no se expresa solo en el espejo, sino también en la forma en que las personas imaginan su futuro. Según la Encuesta Bicentenario UC de 2022, cerca del 60% de los chilenos cree que su calidad de vida empeorará con la edad, especialmente en ámbitos como autonomía, vínculos sociales y bienestar emocional. La expectativa dominante no es de plenitud, sino de pérdida.
“La anticipación negativa es tan dañina como la experiencia misma”, explica la psicóloga Paula Herrera. “Cuando una persona cree que su mejor momento ya pasó, empieza a vivir el presente desde la nostalgia, no desde la proyección. Eso impacta en su salud mental, en sus relaciones y en su forma de habitar el tiempo”.
Carmen, jubilada e 68 años, hace un análisis en el que asegura representar a miles de mujeres, como ella, que han vivido el castigo de “estar viviendo el olvido”. “Yo no le tenía miedo a envejecer hasta que empecé a sentir que ya no me preguntaban cosas. Antes mi opinión importaba en la familia, en el trabajo, en la comunidad. Hoy me quieren, pero me escuchan menos. Es como si mi tiempo ya hubiera pasado”.
Para el geriatra Andrés Molina, esto tiene efectos directos en la salud. “La sensación de inutilidad y aislamiento es tan dañina como la hipertensión o el sedentarismo. Aumenta el riesgo de depresión, deterioro cognitivo y mortalidad. Pero seguimos tratando la vejez como un problema biológico, no como una experiencia social”.
Reescribir el futuro
En medio de un intercambio de testimonios, algunos amargos, otros luminosos, hay una mujer que escucha silente. No toma la palabra, pero asiente con la cabeza cada vez que alguien habla. Observa con atención, como si cada relato le rozara algo antiguo. Cuando el encuentro termina, se acerca. No saluda. No dice su nombre. Solo lanza una frase que corta el aire: “Sin darme cuenta, enjuicié a mi madre con mis actos. Hoy la vida me está cobrando todo… y estoy quedando sola.”
Recién después se presenta. Se llama Liliana. Tiene 68 años.
“Toda mi vida viví con mi mamá. Era una mujer cálida, atenta, muy protectora. La admiraba profundamente. Crió prácticamente sola a mis dos hermanos mayores y a mí. Por temas médicos dejó de trabajar a los 60, y ahí todo cambió. El tiempo libre no la hizo descansar, sólo la entristeció. Decía que no la considerábamos en actividades familiares, que se autodenominaba ‘un cacho’”.
Liliana hace una pausa. “Yo nunca le di importancia. Les decía a mis hijos que no la pescaran, que eran mañas de vieja. Pensaba que exageraba, que era aburrimiento. Hoy sé que tuvo que haber sufrido mucho. Se tenía que haber sentido profundamente sola, incluso viviendo bajo el mismo techo de otras cuatro personas”.
El silencio vuelve. Luego continúa. “Ahora soy yo la que se siente sola, olvidada, juzgada por la edad, por las marcas del tiempo, por no calzar con los intereses de los jóvenes ni de los adultos de hoy. Estoy bordeando los 70 y recién ahora entiendo lo que mi viejita sentía: ese vacío diario, esa sensación de no importar. Nunca me senté a pensar lo que estaba viviendo, lo que estaba sintiendo. Y hoy, todo lo que ignoré, lo estoy viviendo en carne propia. Y tampoco me siento escuchada”.
Los años no pasan, pesan
“Ignoré su tristeza. Hoy la mía también es ignorada. Y duele darse cuenta de que el castigo no viene de otros, sino del tiempo… y de la memoria”.
“Uno cree que la vejez llega de golpe. Pero llega lento. Y lo peor no es el cuerpo: es darse cuenta de que empiezas a sobrar”, sentencia la mujer entre lágrimas.
Quizás el verdadero desafío no sea como verse más jóvenes, sino cómo aprender a no desaparecer cuando se deja de serlo. Porque en un país que envejece, el problema no es sumar años, es que esos años sigan pesando.







