El 6 de enero de 2026 asumió como Presidenta de la Corte Suprema la ministra Gloria Ana Chevesich, un acontecimiento que fue destacado de manera transversal por los medios de comunicación como un verdadero hito en la historia institucional de Chile. No era para menos. Por primera vez, en más de doscientos años de vida republicana, una mujer accedía al más alto cargo del Poder Judicial. Era, de hecho, el último poder del Estado que faltaba ser presidido por una mujer. Michelle Bachelet fue Presidenta de la República en dos períodos. Isabel Allende, Yasna Provoste y Ximena Rincón han ocupado la presidencia de la Cámara Alta. Adriana Muñoz, Isabel Allende, Maya Fernández y Karol Cariola han encabezado la Cámara de Diputados y Diputadas. La lista puede continuar: la primera Tesorera General de la República, Pamela Cuzmar; la primera Presidenta del Banco Central, Rossana Costa; la primera Contralora de la República, Dorothy Pérez; la primera rectora de la Universidad de Chile, Rosa Devés. Enumerarlas no busca únicamente reconocer sus trayectorias individuales, sino también subrayar un hecho evidente e inquietante: todas estas presidencias y liderazgos se produjeron recién en el siglo XXI.
En su discurso de asunción, la ministra Chevesich pronunció palabras que rápidamente fueron reproducidas y comentadas por la prensa. “Estoy aquí, frente a ustedes, frente a las niñas, las adolescentes y las mujeres de nuestro país, para afirmar con convicción que, pese a las barreras de género, no existen límites insuperables, y que, con trabajo, estudio y perseverancia, las mujeres podemos asumir las más altas responsabilidades en cualquier ámbito que nos propongamos”, señaló. La frase es poderosa y emotiva. Sin embargo, adquiere una profundidad aún mayor cuando se la contrasta con las resistencias explícitas que, durante décadas, enfrentaron las mujeres que aspiraron a formar parte del mundo jurídico. En 1874, durante la discusión de la Ley Orgánica de Tribunales, el diputado Clemente Fabres mostró su disconformidad con el proyecto de ley, puesto que su redacción tenía “defectos gravísimos” como el de dejar entreabierta la puerta para que entraran mujeres a la carrera judicial. Justificaba su queja en que era un asunto de fácil resolución, pues el debate al respecto no era necesario: “¿Habrá necesidad de largas discusiones respecto del artículo en virtud del cual podrían ser miembros de la Corte Suprema las mujeres […] ¿Habrá necesidad de que nos devanáramos los sesos por eso?”
Aquellas preguntas que el diputado juzgaba innecesarias debieron ser respondidas, de manera muy concreta, en 1893. Ese año, Matilde Throup, quien se había convertido el año anterior en la primera mujer chilena titulada de abogada, intentó iniciar una carrera en el Poder Judicial postulando al cargo de secretaria judicial en Ancud. La Corte de Apelaciones de Concepción, que debía revisar la postulación, determinó que Throup no podía acceder al cargo debido a “la incompatibilidad moral proveniente de la diferencia de sexo” . Ella apeló a la Corte Suprema, órgano que falló a su favor, señalando que las razones esgrimidas por la Corte de Apelaciones no podían “servir de fundamento para negar un derecho reconocido explícitamente por la Constitución” , esto es, la admisión de todos los habitantes de la República “a todos los empleos y funciones públicas, sin otras condiciones que las que imponen las leyes.”
Dado que no había ninguna ley que explícitamente prohibiera que las mujeres se desempeñaran como abogadas, Throup podía postular al cargo. Sin embargo, no fue elegida. Hubo que esperar hasta 1925 para que Claudina Acuña fuera nombrada secretaria del juzgado de Santa Cruz. Throup había fallecido tres años antes, a los 46 años. Cuando falleció, la prensa señaló que Throup fue “la amiga cariñosa y la consejera fraternal” de las mujeres que después de ella ingresaron a estudiar leyes. ¿Habrá conocido a Claudina? ¿Habrán conversado sobre su intento de entrar al poder judicial? ¿Habrá inspirado a Claudina?
Matilde Throup merece ser reconocida y recordada por pensar sin límites, tal como la ministra Chevesich le dice a las niñas, adolescentes y mujeres de Chile en 2026. Pensar que, con trabajo, estudio y perseverancia, las mujeres podemos llegar a cargos de alta responsabilidad. Pero la pregunta sigue abierta: ¿podemos realmente todas? Muchas veces no se trata sólo de trabajo, estudio y perseverancia, sino también de la carga adicional de las labores domésticas y de cuidado. En el caso de Throup, esto incluyó el cuidado de su madre hasta su muerte, una responsabilidad que convivió con su desarrollo profesional. Pese a no lograr trabajar en el poder judicial, fue una destacada abogada de causas civiles.
En 1877, el mismo día que Miguel Luis Amunátegui firmaba el decreto que permitió a las mujeres entrar a la universidad, el periódico conservador El Estandarte Católico decía: “¿De qué puede servir a una mujer su versación en las leyes de partida o en el derecho romano? […] ¿Acaso porque sabe el Código Civil podrá hacer más felices a sus hijos y atender con más acierto a las necesidades y cuidados domésticos?”.
El periódico liberal El Deber respondió con una observación que hoy resulta particularmente vigente: “Una mujer que tuviese el título de abogado no podría, por imposibilidad física, […], hacer todo eso a un mismo tiempo, como no lo podría hacer un hombre” . 2026 y esta última frase cobra especial relevancia.
Las labores domésticas y de cuidado continúan siendo realizadas mayoritariamente por mujeres, lo que condiciona sus trayectorias profesionales y limita sus posibilidades de acceso a los espacios de poder. Tal vez por eso no debería sorprendernos que todas las mujeres mencionadas al inicio de este texto hayan alcanzado las más altas responsabilidades en sus respectivos ámbitos recién cuando Chile superaba los doscientos años de vida republicana.
Alcanzar la equidad en el espacio público no se trata sólo del esfuerzo y perseverancia de las mujeres. Se trata de un cambio más profundo, porque, como la periodista Mónica Rincón señaló, a propósito de las manifestaciones sociales del 2018 feminista en Chile, “la revolución feminista será doméstica o no será”.
Algunos sostendrán que los logros femeninos son más valiosos precisamente por el esfuerzo adicional que implican. Pero no es así. El sacrificio no es un ideal. Quienes se siguen sacrificando más son las mujeres. Y eso tiene costos físicos y emocionales significativos.
Considerar el sacrificio como algo positivo del camino al éxito es muy similar a la romantización de la pobreza. Y esto incluso cuando observamos la historia como un proceso de avances, a veces lentos, pero avances. ¿Qué pasaría si dejamos de avanzar o, peor, retrocedemos? Es el temor de muchas a partir del 11 de marzo. Adelante, siempre adelante , es el mínimo honor que le debemos a Matilde Throup.







