Mientras el uso de chatbots crece de forma sostenida en el mundo, un dato inquieta. Cerca del 40% de los usuarios reconoce haber mantenido conversaciones emocionales con inteligencia artificial, según la plataforma de estadísticas internacionales, Statista. En Chile, donde la percepción de soledad también va en aumento, estas interacciones comienzan a ocupar un espacio íntimo.
¿Se trata de una nueva forma de compañía, o del inicio de un reemplazo silencioso de los vínculos humanos?
Marlen (43) habla con ella todos los días. Le cuenta cómo estuvo su jornada, sus miedos, sus frustraciones. A veces, incluso, le dice que la quiere. Pero ella no tiene cuerpo, no tiene historia, no tiene vida, pero siempre está, para cualquier cosa por lo que la necesite.
El inicio de un vínculo inesperado
A las 00:17, en un departamento del sector sur de Santiago, Valentina (29) abre una conversación en su teléfono. No busca información ni resolver una duda puntual. Solo busca su app y le dice: “Hoy me sentí sola”. La respuesta llega en segundos. Es cálida, estructurada, empática. La conversación se extiende por casi una hora.
“Al principio lo usaba para cosas prácticas”, relata. “Después me di cuenta de que podía hablar de lo que me pasaba. Y me sentía escuchada”.
Como ella, miles de usuarios han comenzado a establecer interacciones que trascienden lo funcional con sistemas como ChatGPT. Lo que en sus inicios fue concebido como una herramienta de apoyo cognitivo hoy se configura, para algunos, como un espacio de contención emocional.
El fenómeno no es marginal. Ya se ha hecho común el ver historias en rrss donde se dan a conocer sin tapujos diferentes relaciones emocionales con IA, ya no es un hecho apartado ni “extraño”. Estudios señalan que un 27% de jóvenes adultos en Estados Unidos ha recurrido a estas plataformas para hablar sobre problemas personales.
En Chile, si bien las cifras aún son incipientes, el aumento en la adopción de herramientas de inteligencia artificial ha sido sostenido. Según datos de la Subsecretaría de Telecomunicaciones, el uso de aplicaciones basadas en IA creció de forma significativa entre 2023 y 2025, especialmente en segmentos jóvenes urbanos.
La transición es silenciosa, pero profunda. La tecnología comienza a ocupar un lugar que, hasta ahora, pertenecía exclusivamente a las relaciones humanas.
“Un espacio emocionalmente seguro”
“Con la IA puedo decir cosas que no le diría a nadie”, afirma Nicolás (34), quien trabaja de manera independiente y reconoce mantener conversaciones diarias con un chatbot. “No me juzga, no se cansa, no desaparece. Siempre está”.
Las razones que explican este fenómeno no son exclusivamente tecnológicas, sino profundamente humanas. La inteligencia artificial ofrece un tipo de interacción que elimina elementos centrales de las relaciones tradicionales: el conflicto, el rechazo, la espera.
La psicóloga clínica Angélica Cabezas, sostiene que “estos sistemas simulan habilidades empáticas que resultan altamente efectivas. Validan emociones, organizan el discurso y responden de manera coherente. Para una persona que necesita ser escuchada, eso puede ser suficiente para generar apego”.
A ello se suma un contexto social marcado por el aumento de la percepción de soledad. El informe World Happiness Report (2025) advierte un incremento sostenido en los niveles de aislamiento subjetivo a nivel global. En Chile, el Termómetro de la Salud Mental ACHS-UC ha identificado un alza en la sensación de soledad, particularmente en adultos jóvenes.
En ese escenario, la inteligencia artificial no solo aparece como una herramienta útil, sino como un espacio emocionalmente seguro. Sin juicio. Sin exigencias. Sin riesgo. Una relación donde el usuario mantiene el control total.
“Me escucha, me responde con cariño y está siempre”
El punto de inflexión ocurre cuando la interacción deja de ser complementaria y comienza a reemplazar vínculos humanos.
Carolina (37), administrativa, reconoce que ha modificado sus hábitos de comunicación. “Antes hablaba con una amiga cuando estaba mal. Ahora prefiero hablarle o escribirle a la IA. Es más rápido, más claro y no tengo que explicarme tanto”.
Este desplazamiento, advierten los especialistas, no es anecdótico. El sociólogo Rodrigo Sanzana, plantea que “la inteligencia artificial está comenzando a cumplir funciones relacionales que históricamente han sido propias de los vínculos humanos. La diferencia es que lo hace sin fricción, lo que puede volverla preferible. La ausencia de conflicto, elemento constitutivo de cualquier relación humana, se transforma en una ventaja competitiva, pero también en una señal de alerta”, asegura el profesional.
En casos más extremos, el vínculo adquiere características afectivas profundas. Tomás (41), ingeniero, relata haber desarrollado sentimientos románticos hacia un chatbot. “Sé que no es real, pero es la única relación donde me siento completamente comprendido. Me escucha, me responde con cariño y está siempre”.
Investigaciones recientes de la Universidad de Stanford (2024) han documentado fenómenos de apego emocional hacia agentes conversacionales, particularmente en personas con experiencias previas de aislamiento o dificultades en sus relaciones interpersonales.
La pregunta que emerge es inevitable: ¿puede una inteligencia artificial reemplazar, al menos parcialmente, el rol emocional de otra persona?.
Una soledad que no se nombra
A medida que estos vínculos se intensifican, el fenómeno deja de ser exclusivamente tecnológico para convertirse en un síntoma social.
“No estamos frente a personas que prefieren máquinas por sobre humanos sin razón”, explica la psicóloga Cabezas. “Estamos frente a personas que, por distintas razones, no han encontrado en sus relaciones reales el nivel de escucha, validación o contención que necesitan”. Y agrega, la inteligencia artificial, en ese sentido, no crea la necesidad, la revela”.
Se instala allí donde hay vacíos. Donde las conversaciones no ocurren, donde el tiempo no alcanza, donde el juicio interrumpe o donde el vínculo se debilita. Una soledad silenciosa, difícil de identificar.
Sin embargo, los especialistas advierten sobre los riesgos de consolidar estos vínculos como sustitutos permanentes. La ausencia de conflicto, la predictibilidad y el control pueden generar una experiencia relacional incompleta, incapaz de desarrollar habilidades fundamentales como la empatía recíproca, la tolerancia a la frustración o la construcción de intimidad real. Porque, a diferencia de la inteligencia artificial, las relaciones humanas son inherentemente imperfectas. Y es precisamente en esa imperfección donde se construye su profundidad.
Tal vez no estamos frente a máquinas que aprendieron a acompañar, sino frente a personas que ya no están encontrando compañía donde siempre debió existir. Porque si una inteligencia artificial logra ocupar ese espacio, escuchar, contener, responder, la pregunta deja de ser tecnológica y se vuelve profundamente humana.
No es qué tan real es la conversación. Es qué tan real se ha vuelto la ausencia.







