MEPCO: es sin dudas el último escudo ante la crisis económica que implicaría su eliminación o restricción. Es el frágil dique que evita que el precio de la bencina inunde la mesa de los chilenos a precios que generarían un descontento de incierto pronóstico social.
En el Chile actual, donde el costo de la vida camina por una cornisa estrecha, existe un acrónimo que pocos dominan pero que todos sienten en el bolsillo: el MEPCO (Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles).
No es un regalo del Estado ni una cifra al azar; es el amortiguador que evita que los baches de la economía mundial rompan el eje de la economía doméstica. Sin embargo, en marzo de 2026, este «seguro» enfrenta su prueba más ácida frente a una crisis fiscal que amenaza con desmantelar la protección social.
¿Cómo funciona el freno?
El MEPCO opera ajustando el Impuesto Específico a los Combustibles. Cuando el petróleo sube en el mundo por conflictos internacionales —como la actual crisis en Medio Oriente—, el Estado reduce el impuesto para que el alza en la bomba sea gradual. Por ley, el sistema impide variaciones bruscas, estableciendo ajustes cada tres semanas con un tope que suele rondar los $30 por litro.
Pero hay una trampa en la percepción ciudadana: el MEPCO no es caridad, es un seguro de estabilización. Cuando los precios internacionales bajan, el mecanismo no traspasa la rebaja de inmediato; recupera los fondos utilizados durante las crisis. Es por esto que muchos sienten que la bencina «nunca baja», cuando en realidad estamos devolviendo el préstamo que nos permitió seguir circulando meses atrás.
Sin MEPCO, el ajuste dejaría de ser progresivo para convertirse en un golpe directo. Diversas estimaciones sitúan el alza de las bencinas entre $300 y $350 por litro, y del diésel en torno a los $400. No es un tecnicismo: es trasladar la incertidumbre global, sin filtro, al gasto cotidiano de millones de personas.
Cuando el dique casi se rompe
La prueba de fuego más cruda ocurrió en 2022, tras la invasión de Rusia a Ucrania. Mientras el petróleo ardía con proyecciones de alzas de hasta $150 por litro, el Congreso inyectó recursos récord, elevando el techo del fondo de US 3.000 millones.
Hoy, el escenario es similarmente crítico. Y, quizás más incierto. En Medio Oriente ya no se disputa terreno, beneficios económicos o supremacía geopolítica. Está en cuestión la existencia de naciones, la estabilidad económica mundial y la seguridad nuclear.
Expertos advierten que, sin la operación del MEPCO, las bencinas podrían saltar de golpe entre $300 y $350 pesos por litro. Actualmente, el fisco desembolsa cerca de US$ 50 millones semanales para contener los precios, una cifra que el Ministerio de Hacienda ya califica como «insostenible».
Desafiar al demonio sin una cruz
Aquí es donde la discusión asume ribetes ideológicos frente a las miradas pragmáticas. El Gobierno evalúa modificar o incluso eliminar el MEPCO para consumo general, manteniéndolo solo para el transporte público y la parafina (kerosene), la cual ya ha sufrido alzas dramáticas de $107 por litro en semanas recientes. Es la mirada ideológica: que el mercado se imponga.
Es cierto que con la inversión en paliar el alza de combustible, se podrían construir hospitales o casas. Es cierto que beneficia a quienes poseen autos particulares. Sin embargo, no solo a ellos. También a quienes transportan los bienes más preciados a nuestra mesa, o a usted mismo al trabajo. La inflación y el costo del transporte público, serían la alternativa.
Pero el pragmatismo dice otra cosa. Eliminar este dique hoy no sería un acto de responsabilidad financiera, sino una imprudencia social. Chile no resiste un alza desmedida de combustibles mientras se amaga con restringir la gratuidad estudiantil o se observa la erosión de pensiones como la PGU. El petróleo diésel es la sangre de nuestra carga; si sube sin control, sube el pan y la feria.
Incendiar la pradera
Sincerar los precios de golpe es encender una mecha en una estación de servicio emocionalmente cargada.
El MEPCO es el costo que el país paga por algo de paz social. En un mundo incendiado, quitar el amortiguador es condenarnos a un golpe seco contra la realidad, porque no hay superávit fiscal que aguante un estallido provocado por el hambre y la desconexión con la calle.
Paradojal medida a la que se suman pérdidas de beneficios sociales adquiridos y se beneficia con exenciones a grupos privilegiados vía rebaja de impuestos corporativos.







