Política

Revive el fantasma de la “Derechita cobarde”

Mario López M.

Romero AC
Foto: Diputado Agustín Romero. @agustinromerole
Una no tan antigua disputa volvió a instalarse con fuerza en la derecha chilena. La ofensiva impulsada por el diputado republicano para promover una acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau terminó reabriendo un conflicto que parecía parcialmente contenido desde la llegada de José Antonio Kast a La Moneda.

La acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau revive el fantasma de la “Derechita cobarde” que reabrió una vieja fractura entre la extrema derecha de republicanos y libertarios contra Chile Vamos. El conflicto amenaza tensionar al oficialismo justo cuando necesita respaldo para su megarreforma.

El detonante fue el emplazamiento realizado por el diputado republicano Agustín Romero a Chile Vamos para que respaldara la acusación. El parlamentario advirtió que quienes no se sumen deberán responder ante sus electores, una frase que fue interpretada como una presión directa hacia los partidos aliados del oficialismo.

Si bien las palabras no fueron las mismas, la prepotencia de la amenaza velada, «tendrán que responder al electorado», se entendió como un revivir de esa extorsión de la campaña de Kast contra Matthei.

La respuesta fue inmediata. Dirigentes de la UDI y RN rechazaron el tono utilizado por republicanos y acusaron intentos de imponer decisiones mediante presiones políticas. La controversia terminó resucitando una expresión que marcó años de enfrentamientos dentro del sector: la llamada “derechita cobarde”.

Una herida que nunca cerró

La frase no nació esta semana. Durante años fue utilizada por sectores republicanos para diferenciarse de Chile Vamos y construir una identidad propia frente a un electorado que consideraba excesivamente moderada a la centroderecha tradicional.

La idea instalaba una división simple pero políticamente efectiva. Por un lado existiría una derecha considerada firme, sin complejos y dispuesta a confrontar a la izquierda. Por otro, una derecha acusada de ceder en temas considerados fundamentales por los sectores más duros del espectro político.

La tensión alcanzó especial intensidad durante las campañas presidenciales anteriores. Evelyn Matthei y dirigentes de Chile Vamos acusaron reiteradamente a republicanos de impulsar ataques internos mientras el sector enfrentaba disputas electorales decisivas.

Romero reactivó la vieja batalla

La acusación constitucional contra Nicolás Grau terminó transformándose en mucho más que una discusión jurídica o política. También se convirtió en una prueba de lealtades dentro del oficialismo.

Chile Vamos sostuvo que podían existir antecedentes para cuestionar políticamente al exministro, pero consideró inoportuna una acusación constitucional en medio de negociaciones legislativas complejas. Diversos dirigentes advirtieron que la ofensiva podría deteriorar el clima político necesario para tramitar la megarreforma impulsada por el Gobierno.

Republicanos y libertarios, en cambio, interpretaron esa postura como una señal de debilidad política. El emplazamiento de Romero terminó evocando precisamente aquella antigua lógica según la cual parte de la derecha carece de convicción suficiente para enfrentar a sus adversarios políticos.

La respuesta de Chile Vamos

La reacción más dura surgió desde la UDI. El partido acusó actitudes “prepotentes” y recordó que los tiempos de los eslóganes sobre la “derechita cobarde” debían quedar atrás. El gremialismo sostuvo que gobernar exige responsabilidad política y construcción de acuerdos, no presiones públicas entre aliados.

Desde RN también rechazaron el emplazamiento. Dirigentes de la colectividad defendieron la necesidad de negociar y alcanzar consensos cuando las circunstancias políticas lo exigen, especialmente en un escenario donde el oficialismo no cuenta con mayoría parlamentaria propia.

Las respuestas dejaron en evidencia una diferencia estratégica profunda. Mientras republicanos sigue privilegiando un discurso de confrontación política e identidad doctrinaria, Chile Vamos intenta proyectar una imagen más orientada a la gobernabilidad y a la construcción de mayorías legislativas.

La megarreforma

El conflicto estalla además en el peor momento para La Moneda. El Gobierno enfrenta una compleja negociación para sacar adelante la llamada Ley de Reconstrucción Nacional o megarreforma, iniciativa que ya enfrenta resistencia de alcaldes, cuestionamientos técnicos y diferencias dentro de la propia derecha.

Por esa razón, varios dirigentes observan con preocupación una disputa que amenaza con profundizar fracturas internas justo cuando el Ejecutivo necesita cohesión parlamentaria. La acusación contra Grau comenzó como una ofensiva contra un exministro, pero terminó reabriendo una discusión mucho más sensible sobre liderazgo político y conducción del sector.

La situación también revela una paradoja para el oficialismo. José Antonio Kast llegó al poder apoyado precisamente por una alianza entre sectores que durante años compitieron por representar a la derecha. Sin embargo, las diferencias estratégicas que marcaron ese período nunca desaparecieron completamente.

Más que una frase

Lo ocurrido esta semana demuestra que la expresión “derechita cobarde” sigue siendo mucho más que un recuerdo de campaña. La frase resume una disputa de fondo sobre cómo ejercer el poder, cómo negociar y qué significa defender convicciones políticas cuando se gobierna.

La controversia también deja una señal inquietante para el Ejecutivo. Si las diferencias entre republicanos y Chile Vamos vuelven a instalarse en términos identitarios y no solo tácticos, el problema ya no será una acusación constitucional específica, sino la dificultad para mantener unido al bloque que sostiene al gobierno.

Y en un Congreso donde cada voto cuenta para aprobar la megarreforma, las viejas heridas de campaña podrían terminar pesando mucho más que cualquier consigna.

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