Nacional y economía

Muere niño en incendio en campamento de Antofagasta

Mario López M.

Imagen referencial creada con herramientas digitales.
Mientras las llamas eran combatidas por bomberos que luchaban contra la falta de agua y la geografía hostil, la realidad de fondo es innegable: no estamos frente a un hecho fortuito, sino ante una catástrofe anunciada por el abandono.

Muere niño en incendio en campamento de Antofagasta donde la precariedad fue cómplice de la tragedia. Una muerte que pudo y debió evitarse.

Una nueva tragedia sacude al norte del país. La madrugada de este sábado, un incendio consumió el campamento «Mujeres Unidas» en Antofagasta, dejando un saldo desgarrador: un niño fallecido y 49 personas damnificadas, Entre ellas 19 niños que lo perdieron absolutamente todo. Mientras las llamas eran combatidas por bomberos que luchaban contra la falta de agua y la geografía hostil, la realidad de fondo es innegable: no estamos frente a un hecho fortuito, sino ante una catástrofe anunciada por el abandono.

Precariedad

Para quienes habitan en los campamentos, el peligro es una constante cotidiana. La combinación es mortal: materiales ligeros que se consumen en segundos, conexiones eléctricas artesanales y una planificación urbana inexistente.

En el campamento siniestrado, la ausencia de grifos y la imposibilidad de que los carros bomba accedieran con rapidez a los focos de fuego no son solo fallas técnicas; son el testimonio de cómo la pobreza extrema le quita a las familias incluso la posibilidad de sobrevivir a una emergencia.

Una tragedia que se repite

El caso de Antofagasta es un espejo de la crisis habitacional que golpea a Chile. La falta de viviendas sociales de calidad y el costo impagable de los arriendos han empujado a miles a asentamientos donde la «seguridad» es un concepto inexistente.

Lo más doloroso es que, ante cada incendio, las autoridades prometen planes de emergencia, pero la solución definitiva —la vivienda digna y el ordenamiento territorial— sigue postergada en el debate político.

¿Hasta cuándo?

La muerte del menor en este incendio debe obligarnos a cuestionar el estándar de humanidad con el que estamos midiendo la crisis de campamentos. Cada día que pasa sin una intervención real para dotar de servicios básicos, acceso vial y seguridad estructural a estos asentamientos, es un día que pone en riesgo la vida de miles de niños.

El Estado no puede seguir siendo un observador pasivo de estas tragedias. La indignación es necesaria, pero insuficiente. Lo que requieren las familias de Antofagasta —y de tantos otros campamentos a lo largo del país— es una política habitacional que deje de tratar la vulnerabilidad como una cifra y empiece a tratarla como una emergencia nacional. Mientras no se rompa el círculo de la pobreza estructural, la siguiente tragedia no es una posibilidad, es una certeza.

El siniestro

El siniestro inició en horas de la tarde del viernes en el sector de Santa Rosa de Huara con Juvenal Morla. Allí se ubica el campamento “Mujeres Unidas”. La tragedia dejó nueve viviendas completamente destruidas por el fuego, de acuerdo con lo informado por el comandante de Bomberos Alfonso Olivera.

Otras cuatro casas resultaron con daños por las llamas o por la acción del agua. 49 personas resultaron damnificadas, entre ellas 19 menores de edad.  Y lo que no puede dejar de representarse como sociedad, un niño muerto, cuya pérdida pudo y debió evitarse.

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