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Kast: La caída

Mario López M.

Imagen referencial creada con herramientas digitales
Kast creyó que el 58% era suyo. Pero una parte decisiva de esos votos no expresaba adhesión, sino una nueva oportunidad. Hoy, ese mismo electorado comienza a pasarle la cuenta.

José Antonio Kast está en caída vertiginosa y rápida. A seis meses de llegar a La Moneda, las encuestas muestran una pérdida sostenida de respaldo que ya no puede atribuirse a un tropiezo ocasional o al desgaste normal de cualquier Gobierno.

Razones sobran. El bencinazo golpeó directamente el bolsillo; las expulsiones de migrantes quedaron lejos de las magnitudes prometidas; la economía no respondió a las expectativas; la apuesta del Gobierno se basó casi exclusivamente en un acto de fe: la teoría de que bastaba con que Kast llegara al poder para que la inversión retornara en masa hacia un «oasis o paraíso financiero sui géneris». Al chocar con factores macroeconómicos y con el «bencinazo», la realidad evaporó la mística del éxito inmediato.

Los problemas de seguridad siguen allí, no había ningún programa de los prometidos. Varias de las soluciones anunciadas chocaron con la realidad. Expulsar a trescientos mil extranjeros en seis meses pasó de ser una oferta a una hipérbole. A ello se agregaron errores políticos, conflictos con Argentina y propuestas que encontraron resistencia incluso dentro del propio oficialismo, como la reforma de Arrau.

Todo eso explica por qué Kast cae. Pero no explica suficientemente por qué cae tan rápido. Para entenderlo hay que retroceder hasta antes de que llegara a La Moneda. Incluso hasta antes de que obtuviera aquel contundente 58,17% en segunda vuelta.

Kast ya venía retrocediendo

En la primera vuelta presidencial de 2021, Kast obtuvo el 27,91% de los votos. Cuatro años después consiguió el 23,93%. Dicho de manera sencilla: el Kast que finalmente ganó la Presidencia obtuvo menos apoyo propio que aquel que había perdido cuatro años antes.

Además, ya no estaba solo en su espacio. Johannes Kaiser había irrumpido por su derecha y sectores evangélicos comenzaron a levantar expresiones políticas propias. El electorado que Kast había logrado concentrar se había fragmentado.

¿Cómo se explica entonces que un candidato que retrocedió entre dos primeras vueltas saltara pocas semanas después desde el 23,93% hasta el 58,17%? Porque ese 58% nunca fue solamente de Kast.

Cuando quedarse en casa era una opción

Durante los años del voto voluntario hubo millones de chilenos que simplemente dejaron de votar. Algunos estaban desencantados, otros desconfiaban de los partidos y muchos probablemente resumían su relación con la política en una frase conocida: “Todos los políticos son iguales y mañana igual tengo que ir a trabajar”.

Los números permiten dimensionarlo. En la segunda vuelta presidencial de 2017, el padrón alcanzaba a 14.347.288 electores, pero solo 7.032.878 concurrieron a votar: el 49,02%. Sebastián Piñera ganó ampliamente con 3.796.918 sufragios, equivalentes al 54,57% de los votos válidos.
Pero esos casi 3,8 millones de votos representaban apenas el 26,46% del padrón electoral. Piñera era legítimamente Presidente con el 54,57%, mientras más de la mitad de quienes podían votar había decidido no hacerlo.

Allí estaba una parte del Chile que las elecciones no permitían medir políticamente. Sabíamos cuántos eran, pero no qué habrían votado. El voto obligatorio no creó a esos electores. Los obligó a entrar a la urna. Y entonces comenzamos a conocerlos.

El indiferente tuvo que volver a la urna

La vuelta del voto obligatorio cambió esa relación. No convirtió mágicamente a los desencantados en ciudadanos de derecha, centro o izquierda. Tampoco hizo desaparecer el hastío con la política. Simplemente obligó a millones de personas que antes podían quedarse en casa a presentarse ante una papeleta, por temor a una multa.

Y la indiferencia comenzó a transformarse en otra cosa. El ciudadano que antes decía “son todos iguales” descubrió que ahora debía escoger entre ellos. Si estaba molesto con quien gobernaba, podía castigarlo. Si sentía que la delincuencia empeoraba, que el sueldo no alcanzaba, que la inmigración estaba fuera de control o que nadie escuchaba sus problemas, tenía una herramienta concreta para expresarlo.

Su voto.

Ese elector no constituye necesariamente una nueva fuerza ideológica. En Chile siguen existiendo derecha, centro e izquierda. Pero junto a ellos se hizo visible un cuarto actor electoral: el ciudadano enojado. Y ese ciudadano también decide elecciones.

La huella constitucional

La trayectoria de ese elector quedó especialmente expuesta durante el proceso constitucional. Primero respaldó masivamente la idea de cambiar la Constitución y entregó un protagonismo inesperado a independientes, entre ellos la Lista del Pueblo. Cuando una parte de ese mundo interpretó aquel mandato como carta blanca para imprimir al proceso un sello ideológico, la propuesta terminó rechazada por un 61,86%.

Pero esos ciudadanos no desaparecieron ni necesariamente renunciaron a la idea del cambio. Meses después, una parte importante entregó la siguiente oportunidad al sector contrario y Republicanos arrasó en la elección del Consejo Constitucional, obteniendo 23 de sus 50 integrantes. Nuevamente una victoria electoral fue interpretada como un mandato mucho más amplio y el segundo proyecto terminó corriendo una suerte semejante: el 55,76% votó En contra.

En pocos años, millones de electores habían pasado de la esperanza al rechazo y de allí a entregar una oportunidad al sector contrario para volver a rechazar su propuesta. Resultaría difícil explicar semejante recorrido suponiendo que Chile cambió sucesivamente de ideología. Hay una explicación más sencilla: una parte decisiva del electorado no estaba entregando pertenencia. Estaba entregando oportunidades.

Kast ya conocía esa historia cuando llegó a La Moneda con el 58,17%. Quizás su error fue creer, nuevamente, que una oportunidad era una carta blanca.

Kast: voto prestado no regalado

En diciembre de 2025, Kast enfrentó a Jeannette Jara. Allí recibió naturalmente los votos de la derecha, pero también parte de ciudadanos que no querían la continuidad del Gobierno anterior, rechazaban una candidatura comunista o simplemente esperaban que alguien resolviera problemas que consideraban urgentes. Y que fueron adornadas por campañas con ofertones irresistibles.

La papeleta sumó todos esos votos bajo un mismo nombre. Pero votar por Kast no convertía automáticamente a nadie en kastista.

Una cosa es escoger entre dos candidatos y otra muy distinta adherir al proyecto político del vencedor. El 58,17% permitió saber quién debía gobernar Chile. No permitió concluir que el 58,17% del país compartiera la ideología de José Antonio Kast.

Allí pudo estar uno de los primeros errores de lectura del nuevo Gobierno. Confundió votos recibidos con votos propios. Un préstamo con un regalo.

De castigador a castigado

Kast había ofrecido respuestas especialmente atractivas para aquel elector enojado. Seguridad, control migratorio, crecimiento económico, reducción del Estado y soluciones rápidas. No prometió solamente resultados. Prometió velocidad.

Por eso el tiempo juega de manera distinta para su Gobierno. Seis meses son muy pocos para resolver problemas estructurales acumulados durante años, pero pueden ser demasiados para quien votó precisamente porque le dijeron que las soluciones podían llegar rápido.

Entonces vuelven el bencinazo, las expulsiones que no alcanzan lo anunciado, la economía, la seguridad, Argentina, las hipérboles y los errores políticos. Son causas reales de la caída. Pero ahora podemos entender por qué producen un daño tan rápido.

Golpean sobre una base electoral donde había millones de personas cuya relación con Kast era circunstancial. El militante puede justificar, esperar o conceder tiempo. Quien prestó el voto exige resultados. Y quien votó para castigar puede volver a hacerlo.

Apropiación indebida de votos

El fenómeno tampoco puede reducirse a una pelea entre derecha e izquierda. Chile conserva una derecha, una izquierda y un centro que sigue existiendo aunque sus partidos hayan sido duramente golpeados. Pero el voto obligatorio hizo electoralmente visible a otro sector enorme, menos preocupado de las etiquetas y mucho más dispuesto a cobrar la cuenta a quien gobierna.
Antes podía quedarse en casa. Ahora vota.

Ese elector ayudó a rechazar proyectos, derrotar gobiernos y construir mayorías que parecieron enormes la noche de una elección. Después volvió a moverse cuando esas expectativas no fueron satisfechas.
Kast fue beneficiario de esa fuerza en 2025. Hoy comienza a sentirla en contra.

Sus errores explican por qué pierde apoyo. Su retroceso previo ayuda a comprender que su fortaleza nunca fue tan grande como parecía. Y el voto obligatorio explica cómo millones de ciudadanos que no necesariamente pertenecían a su mundo político terminaron formando parte del 58,17% que lo llevó a La Moneda.

Quizás Kast creyó que ese porcentaje le pertenecía o que expresaba una mayoría ideológicamente cercana a su proyecto. No era ni es así. Una parte importante de esos ciudadanos simplemente le había entregado una oportunidad.

Hoy, por las mismas razones cotidianas que ayer los llevaron a castigar a otros, comienzan a darle la espalda.

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