El problema con republicanos es que cuando toca avanzar, se ponen a predicar, y cuando corresponde hacer un alto para reflexionar los pasos que seguir, ya partieron a trenzarse a golpes con los primeros que encontraron a mano.
Si después de un error reconocieran la falta, la derecha se podría reencauzar fácilmente. En cambio, consideran que el costalazo recibido, cuando la mayoría de los socios aconsejaba hacer algo distinto, es una dolorosa prueba enviada por Dios para demostrarles que son los únicos que no estaban equivocados.
Lo que aprenden del porrazo es que no hay ninguna lección que aprender. Chesterton decía que la diferencia entre un loco y un cuerdo era que este último siempre tenía la duda de estar enloqueciendo, mientras que el loco nunca duda de ser el cuerdo. En política, lo más peligroso es la ausencia de dudas.
Se puede pensar que hay personas para todos los gustos y si algunos se agrupan en el convencimiento de estar en lo cierto todas las veces, puede que sea extremadamente peculiar, pero que basta con saberlo y estar precavidos.
Sin embargo, el problema se presenta para aquellos, como la centroderecha, que tienen la obligación de establecer acuerdos para ir conformando una mayoría que respalde o se entienda con la centroderecha.
Convengamos que el gran problema con estos socios, entusiastas de sí mismos, es que es un equipo al que le puede ir bien hasta las semifinales, pero que en el último partido les va pésimo. Seguirlos es compartir su suerte o su desgracia.
Lo que debe interrogarse en la centroderecha no es por qué los republicanos son como son, sino porque los están siguiendo misma. ¿Por qué Chile Vamos tuvo que acompañar al partido de Kast hasta la conclusión lógica de un error en vez de pararle los pies mucho antes?
La explicación oficial es mala a más no poder. Se supone que se hace “para mantener la unidad de la oposición”. Pero ¿en qué resulta saludable tirarse juntos por el precipicio en vez de poner el freno a tiempo?
La respuesta la encontramos en la proximidad. En la oposición son conscientes que sus electores se han polarizado, y que esperan que se les interprete en su irritación. En la derecha no observamos líderes guiando a sus bases, hay dirigentes mirando de reojo a sus bases, temiendo el abandono.
Estos electores tienen la alternativa a mano. El paso de un lado a otro es fácil, no los separa un muro, más bien se trata de una línea dibujada con tiza en el piso. En Chile Vamos sabe lo que es sensato, pero creen que no es popular.
Esta inseguridad, de mucho arraigo en la derecha moderada, no augura nada bueno. Por temporadas más o menos largas y en coyunturas específicas cede la iniciativa en manos de un sector radicalizado. Al perder la iniciativa consiguen lo mismo que quieren evitar usando otra vía. En la derecha no siguen una estrategia, escogen un epitafio, partiendo por los gremialistas.
En la derecha ven como más seguro alcanzar la Presidencia que lograr que sus partidos mantengan sus posiciones, esto es particularmente cierto en el caso de la UDI. En este caso, el cielo se encuentra muy cercano al infierno. Puede que la centroderecha tenga sueños, pero también tiene pesadillas.






