Nacional y economía

Lecciones no aprendidas Por Abraham Santibáñez

Abraham Santibáñez, Premio Nacional de Periodismo 2015

Periodista titulado en la Universidad de Chile. Elegido presidente del Colegio de Periodistas, el 25 de Julio de 2008. Es miembro del Consejo acreditador de la Sociedad Interamericana de Prensa (CLAEP) con sede en Buenos Aires. Miembro de número de la Academia Chilena de la Lengua.

Las dos guerras mundiales del siglo pasado, junto a valiosos ejemplos de heroísmo, nos legaron desafortunados episodios de brutales abusos, algunos recogidos en la literatura y en el cine.

La muerte en Antuco, en 2005, de un suboficial y 44 conscriptos que cumplían su servicio militar era, hasta este año, la peor tragedia del Ejército chileno en tiempos de paz.

En último término se estableció entonces que la responsabilidad recaía en el mayor Patricio Alejandro Augusto Cereceda Truan y el teniente coronel Luis Enrique Pineda Peña.

Fueron ellos los responsables de decidir la realización de una marcha entre el refugio Los Barros y el refugio La Cortina, bajo durísimas condiciones climáticas.

Años más tarde, en el programa “La Marcha Mortal”, transmitido por TVN, el ex conscripto Rodrigo Morales recordó que habían sido “más de doce horas caminando con nieve hasta la cintura en algunas partes y con un frío insoportable.

Llegó el momento (en el cual) un sinfín de soldados ya no podían caminar más; no daban más y los cabos en un minuto empezaron a arrancarse, se arrancaron. Yo fui el primero en llegar a La Cortina y después de mí, a los diez minutos, llegaron nueve cabos, sin ningún soldado y cada cabo está a cargo de siete soldados. Solo el suboficial cocinero permaneció junto a ellos, pereciendo en la tormenta”.

Se creyó entonces que tan horrorosa experiencia pondría fin a una tradición de abusos, históricamente justificada como la manera más adecuada para templar en ánimo de los soldados.

Así ha sido a largo de siglos. Las dos guerras mundiales del siglo pasado, junto a valiosos ejemplos de heroísmo, nos legaron desafortunados episodios de brutales abusos, algunos recogidos en la literatura y en el cine.

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La calificación de “cobardes”, acompañada de expresiones soeces con connotaciones racistas y de menosprecio social han perdurado hasta nuestros días conforme al estremecedor testimonio de los sobrevivientes del reciente episodio de Putre.

Así lo dijo Carlos Álvarez, presidente de la agrupación de sobrevivientes de Antuco, en entrevista con El Mercurio: «Por lo que he leído y escuchado, también es un tema de egos (…) porque los que son superiores se creen como dioses y se tiene que hacer lo que ellos dicen.

Nosotros, cuando marchamos (en Antuco), perfectamente en algún momento podríamos habernos devuelto.

Pero decidieron seguir.

Aquí se ha dicho -las versiones hasta este momento- que los soldados andaban con polera, a las 7 de la mañana, en el desierto. Pensé que habían aprendido de lo que pasó con nosotros, que no pasó a la ligera que no tuviéramos la ropa adecuada para la nieve».

Es decir: nada ha cambiado.

El comentario podría llegar hasta aquí. Sin embargo, este domingo, en el Día de la Madre, creo que corresponde resaltar el papel de Romy Vargas, la madre del conscripto fallecido, Franco Vargas.

Fue su apasionada insistencia la que hizo posible que el caso no se despachara y archivara de una plumada. Fue su insistencia, a la que se sumaron otras madres, lo que cambió profundamente la situación, que había incluido versiones falsas, finalmente desestimadas por el comandante en Jefe del Ejército quien determinó el retiro forzoso de un general y otros oficiales.

Queda mucho que aprender.

Abraham Santibáñez
Premio Nacional de Periodismo 2015

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