A las 8:00 de la mañana ya estábamos en el Parque O’Higgins. Todavía faltaban varias horas para que comenzara la Parada Militar, pero a esa altura la espera ya había comenzado a convertirse en parte de la experiencia.
La fila superaba fácilmente las dos cuadras y, mientras avanzaban los minutos, seguían llegando personas. Familias completas, niños con pequeñas banderas chilenas, adultos mayores, jóvenes y grupos de amigos se mezclaban en una espera que parecía no terminar nunca.
Pero no todos habían llegado por la misma razón.
MADRES, PAREJAS, FAMILIAS Y QUIENES SOLO QUERÍAN VIVIR EL AMBIENTE
Estaban las madres que esperaban ver marchar a sus hijos, las parejas que querían encontrar entre las formaciones a alguien conocido y las familias que acompañaban a uno de los suyos en una jornada que, para ellos, significaba mucho más que simplemente asistir a un desfile.
También estaban quienes habían ido por el ambiente. Para algunos, el 19 de septiembre es una excusa para pasar el día en el Parque O’Higgins, compartir comida, conversar y hacer una especie de picnic mientras esperan que ocurra algo frente a ellos.
No necesariamente necesitan ver cada formación ni conocer el nombre de cada unidad. Les basta con estar ahí, vivir el ambiente y compartir la jornada.
Y, por supuesto, también estábamos quienes simplemente queríamos ver la Parada y descubrir cómo era vivirla desde dentro.
UNA FILA QUE NO PARECÍA TERMINAR
La espera, eso sí, no fue precisamente cálida.
Hacía frío, de ese que se mete por las mangas de la chaqueta y obliga a cruzar los brazos mientras uno intenta convencerse de que todavía falta poco. Aun así, nadie parecía demasiado dispuesto a abandonar el lugar.
Incluso hubo quienes decidieron buscar un atajo y se colaron para entrar, provocando las inevitables miradas de quienes llevaban bastante más tiempo esperando.
En una fila de varias cuadras, claramente, nadie era demasiado indiferente a que alguien apareciera de pronto varios metros más adelante.
EL PARQUE TAMBIÉN ERA PARTE DE LA PARADA
Una vez dentro, la escena cambió. Ya no se trataba solamente de esperar para ingresar, sino de encontrar un lugar desde donde pasar las siguientes horas.
Había personas sentadas en el suelo, otras apoyadas cerca de las vallas papales y algunas que simplemente aprovechaban cualquier espacio para descansar las piernas.
De los bolsos comenzaron a aparecer botellas de agua, jugos, termos y los infaltables pancitos que alguien había guardado desde temprano.
Mientras unos conversaban, otros se sacaban fotografías y los niños corrían la mirada de un lado a otro intentando descubrir qué estaba pasando.
En realidad, la Parada todavía no comenzaba, pero el Parque ya estaba lleno de pequeñas historias.
Porque esperar una Parada Militar también es eso: comer un pancito al lado de una valla, tomar agüita, conversar con quienes llegaron contigo y mirar cómo poco a poco el lugar se llena de gente.
Y ENTONCES LLEGÓ LA LLUVIA
Y entonces llegó la lluvia.
Casi al inicio de la Parada comenzaron a caer las primeras gotas. Al principio parecía una molestia menor, de esas que uno espera que duren unos minutos y desaparezcan. Pero la lluvia terminó alcanzándonos de lleno.
Las chaquetas comenzaron a mojarse, el pelo también y los celulares pasaron rápidamente a convertirse en una preocupación.
Algunos intentaban cubrirse como podían mientras seguían mirando hacia la elipse. Otros simplemente aceptaron que ya estaban mojados y decidieron quedarse.
Después de tantas horas esperando, nadie quería perderse el momento por el que había llegado hasta ahí.
EL CACHO DE CHICHA QUE ABRIÓ LA JORNADA
Cuando finalmente llegó el momento, el ambiente cambió por completo.
El Presidente José Antonio Kast apareció para encabezar la ceremonia y, antes de que comenzara el desfile propiamente tal, llegó uno de los momentos tradicionales de la jornada: el cacho de chicha entregado por el Club de Huasos Gil Letelier.
Después vino el esquinazo de cueca.
Los pañuelos comenzaron a moverse y durante unos minutos el Parque O’Higgins adquirió ese ambiente tan propio de las Fiestas Patrias.
CUANDO COMENZÓ EL DESFILE
Después de eso, la ceremonia comenzó a tomar su ritmo.
Las bandas, los tambores, los estandartes y las formaciones empezaron a avanzar frente a las autoridades mientras desde las graderías y los distintos sectores del parque el público seguía cada movimiento.
Había personas que observaban en silencio, otras que grababan prácticamente todo y algunas que comentaban entre ellas cada vez que aparecía una nueva agrupación.
Pero todavía quedaban varios momentos capaces de cambiar nuevamente la atención de todos.
EL CIELO SE ROBÓ TODAS LAS MIRADAS
Uno de ellos llegó desde arriba. Los aviones.
Estar ahí permite entender algo que desde la televisión cuesta transmitir: muchas veces no los ves primero. Los escuchas.
El sonido de los motores comenzó a crecer sobre el Parque O’Higgins y, casi al mismo tiempo, las conversaciones fueron desapareciendo. Las personas empezaron a levantar la cabeza y los celulares aparecieron desde todos los rincones.
Entonces aparecieron.
Durante unos segundos, prácticamente todo el mundo estaba mirando hacia el cielo.
LOS PERROS QUE SE ROBARON LAS MIRADAS
Pero si hubo un momento capaz de provocar una reacción completamente distinta en el público, fue cuando aparecieron los perros de Carabineros.
Ahí cambiaba hasta el tono de las personas.
Los niños comenzaban a buscarlos entre las formaciones, los celulares volvían a levantarse y aparecían risas y comentarios desde distintos lugares de las graderías.
“¡Mira los perritos!”, se escuchaba más de una vez.
Y era difícil no sonreír.
Después de horas viendo uniformes, formaciones, bandas y estandartes avanzar con una precisión casi perfecta, aparecían ellos junto a sus guías, concentrados en lo que tenían que hacer y completamente ajenos a que, durante esos minutos, se habían convertido en las verdaderas estrellas para buena parte del público.
“LOS VIEJOS ESTANDARTES”: CUANDO LA GRADERÍA TAMBIÉN CANTA
Más adelante, las bandas comenzaron a tocar una melodía que muchos reconocieron inmediatamente.
“Los Viejos Estandartes”.
Primero se escucharon los instrumentos. Después aparecieron algunas voces entre el público y, poco a poco, fueron sumándose muchas más.
No era un coro perfecto. Algunas personas cantaban toda la canción, otras conocían solamente algunas partes y también estaban quienes simplemente preferían escuchar.
Pero precisamente ahí estaba lo particular de la escena: no hacía falta que todos cantaran de la misma manera para que el público terminara acompañando la música.
LA PARADA QUE TAMBIÉN OCURRÍA ENTRE EL PÚBLICO
Mientras el desfile avanzaba frente a las autoridades, en las graderías ocurría otra parte de la jornada.
Las familias hacían pausas para comer, algunos buscaban un lugar donde sentarse y otros seguían todo de pie para no perderse ninguna formación.
Los bolsos volvían a abrirse y aparecían botellas de agua, termos, jugos y comida que había sido preparada varias horas antes.
LOS NIÑOS VIVIERON SU PROPIA PARADA
Los niños eran quizás quienes vivían todo con mayor curiosidad.
Preguntaban cuándo volverían a pasar los aviones, señalaban los uniformes que más les llamaban la atención y esperaban con especial entusiasmo cada vez que aparecía una nueva agrupación.
Cada sonido parecía ser una nueva razón para mirar hacia algún lado.
ENTRE FOTOS, VIDEOS Y RECUERDOS
Los adultos, en cambio, parecían dividir su atención entre lo que ocurría frente a ellos y sus teléfonos.
Cada momento podía terminar convertido en una fotografía o en un video: los aviones cruzando el cielo, los caballos avanzando frente al público, los estandartes, las bandas y, por supuesto, los perros.
Era imposible guardarlo todo en un solo registro.
Y mientras la Parada avanzaba, cada persona iba construyendo su propia versión de lo que estaba viendo.
UNA MISMA JORNADA, DISTINTAS RAZONES PARA ESTAR AHÍ
Algunos llevaban años asistiendo y conocían de memoria buena parte de la ceremonia. Otros estaban ahí por primera vez. Algunos habían llegado acompañando a un familiar que marchaba; otros simplemente querían pasar el 19 de septiembre en el Parque O’Higgins.
No todos estaban ahí por lo mismo, pero durante varias horas compartieron el mismo espacio y reaccionaron prácticamente al mismo tiempo ante cada avión, cada banda, cada formación y cada momento que llamaba la atención.
EL CLIMA TAMBIÉN SE CONVIRTIÓ EN PARTE DEL RECUERDO
Incluso el clima terminó convirtiéndose en parte de la jornada.
La ropa todavía guardaba algo de la humedad de la lluvia y el frío volvía de vez en cuando. Sin embargo, a esas alturas parecía importar bastante menos.
Después de tantas horas, el cuerpo ya se había acostumbrado y la atención estaba puesta en lo que ocurría frente a nosotros.
CUANDO EL DESFILE SE CONVIERTE EN RECUERDO
Hay una diferencia entre conocer la Parada Militar y haber estado en ella.
Desde una pantalla, todo parece perfectamente ordenado. Las formaciones avanzan, las bandas tocan, los aviones cruzan el cielo y las cámaras cambian de plano.
Desde el Parque O’Higgins, en cambio, todo ocurre al mismo tiempo.
Puedes estar mirando una formación y escuchar un avión aproximándose por detrás. Puedes estar grabando una pasada y escuchar a un niño gritar porque acaba de ver a los perros. Puedes estar conversando con alguien y, segundos después, terminar cantando una canción junto a las personas que tienes alrededor.
No existe una sola imagen capaz de contener toda la experiencia.
TODO LO QUE LA TELEVISIÓN NO ALCANZA A MOSTRAR
Está el sonido de los motores, los tambores, los pasos de los efectivos sobre el terreno y los aplausos. Está la música del esquinazo, los pañuelos moviéndose frente al público y las conversaciones de quienes llevan horas esperando.
Está la lluvia golpeando las graderías y también ese pequeño momento en que alguien abre un bolso para sacar un pancito y compartirlo.
Y están los silencios.
Esos segundos en que miles de personas levantan la cabeza para mirar el cielo y nadie parece querer perderse lo que está ocurriendo arriba.
LO QUE QUEDA DESPUÉS DE LA PARADA
Quizás ahí está la particularidad de vivir una Parada Militar desde dentro: no se recuerda solamente por aquello que ocurrió frente a uno, sino por todo lo que pasó alrededor.
Se recuerda haber llegado temprano y haber visto una fila que parecía no terminar. Se recuerda el frío de la mañana, la lluvia que terminó mojando a buena parte del público y las personas que, pese a todo, decidieron quedarse.
Se recuerda a las madres esperando ver marchar a sus hijos, a las parejas buscando entre las formaciones a alguien conocido y a las familias que convirtieron la espera en un paseo de todo el día.
Se recuerda a los niños levantando la cabeza cuando escuchaban los aviones y gritando cuando aparecían los perros.
Se recuerda el cacho de chicha, la cueca, los estandartes y las bandas.
Y también se recuerda a una multitud cantando.
UNA PARADA QUE COMENZÓ MUCHO ANTES DEL PRIMER DESFILE
Cuando las últimas formaciones comenzaron a alejarse, quedó esa sensación extraña que aparece después de pasar tantas horas esperando algo. La jornada había comenzado mucho antes del primer desfile y, sin darnos cuenta, ya se había convertido en un recuerdo.
Quizás por eso la Parada Militar también se vive mucho antes de que comiencen a marchar los primeros efectivos.
Empieza en la fila, cuando todavía hace frío y el parque recién comienza a llenarse. Continúa en los bolsos donde alguien guardó agua y comida para compartir, en las conversaciones de quienes llegaron juntos y en las familias que esperan ver pasar a alguien querido.
Sigue cuando empieza la lluvia y nadie quiere irse, cuando el cielo comienza a rugir y todos levantan la cabeza, cuando los niños descubren a los perros y cuando una canción hace que las graderías completas terminen cantando.
Porque después de pasar tantas horas ahí, la Parada deja de ser solamente aquello que ocurre en la elipse.
También es la espera, la gente, el frío, la lluvia, los pancitos, las risas, los gritos de los niños, los celulares levantados al cielo y las historias de quienes llegaron por razones completamente distintas y terminaron compartiendo el mismo día.
Y quizás eso es lo que queda cuando todo termina: no solamente las imágenes del desfile, sino la sensación de haber estado ahí cuando todo ocurrió.












