El título «Gobierno: De la Megarreforma al Megadesorden» no es una exageración periodística, es la radiografía de un diseño que falló. Se podrá imponer por los votos, pero el problema será su implementación y costos.
El ambicioso Plan de Reconstrucción de José Antonio Kast enfrenta su hora más oscura. Lo que nació como una hoja de ruta para el desarrollo se ha transformado en un campo de batalla interno donde ministros empoderados, un Segundo Piso cuestionado y un Presidente ausente de las grandes decisiones dibujan el mapa de una crisis de gobernabilidad.
El diseño original parecía infalible: una Megarreforma técnica liderada por expertos para estabilizar la economía. Sin embargo, en mayo de 2026, la realidad política ha impuesto otra narrativa. El paso de la promesa técnica al Megadesorden administrativo no solo ha trabado la agenda legislativa en el Congreso, sino que ha fracturado el corazón de La Moneda.
El presidente de las cintas y el vacío de poder
El primer eje de esta crisis radica en el estilo de liderazgo de José Antonio Kast. En un sistema históricamente presidencialista, el mandatario ha optado por un modelo de delegación extrema.
Mientras Kast se despliega en terreno buscando copar el territorio con una cercanía que muchos califican de «simpatía forzada», el verdadero poder político se ha diluido en los pasillos de palacio.Al privilegiar la fotografía y el corte de cintas, el Presidente ha dejado de incidir en la resolución de conflictos críticos.
Esta ausencia del timón ha permitido que las facciones internas del gobierno colisionen sin un arbitraje superior, transformando al Ejecutivo en una suma de feudos en conflicto.
Jorge Quiroz: Hacienda y la rebelión de Vivienda
La delegación del poder original encontró su primer ejecutor en el Ministro de Hacienda, Jorge Quiroz. Bajo la premisa de una «emergencia autocreada», Quiroz ha aplicado un plan a rajatabla que beneficia a las grandes empresas con una rebaja del impuesto corporativo al 23%, mientras traspasa el costo de la crisis a la clase media y las pymes a través del precio de los combustibles y recortes en derechos sociales.
Este enfoque «sin corazón» detonó la primera gran grieta: la rebelión de Iván Poduje. El ministro de Vivienda no solo se ha opuesto a los decretos leoninos que recortan fondos para pavimentación y subsidios, sino que ha desafiado abiertamente la autoridad de Hacienda, declarando que su «único jefe es el Presidente».
Este choque ha dejado en evidencia que el rigor contable de Quiroz no conversa con las necesidades políticas de los ministerios sectoriales.
Del Segundo Piso al Ministerio del Interior
El tercer eje del Megadesorden se vive en la estrategia política. El empoderamiento inicial del «gerente de Kast» en el Segundo Piso, Alejandro Irarrázaval, terminó en un confuso episodio de pérdida de confianza al día siguiente de su ratificación.
Ante el fracaso de la gestión técnica para contener la filtración de oficios y el desconcierto ciudadano, el gobierno ha dado un giro errático intentando empoderar ahora al ministro del Interior, García Ruminot.
Sin embargo, el aterrizaje de Interior parece tardío. Alvarado y García Ruminot han quedado en una posición vulnerable tras los enfrentamientos de Quiroz con la presidenta del Senado, Paulina Núñez, y la afrenta a los parlamentarios «bisagra» de la DC y el PS en Concepción. La falta de una línea clara de mando ha convertido la tramitación de la Megarreforma en un «pirquineo» de votos estéril, mientras la coalición oficialista observa con estupor cómo el Gobierno pierde el piso político que él mismo construyó.
La advertencia desde la coalición
La tensión no solo cruza al gabinete. También atraviesa al oficialismo.
En los últimos días, dirigentes y parlamentarios de Renovación Nacional —uno de los pilares de la coalición de gobierno— han emplazado al Ejecutivo a ordenar su conducción política y a corregir la forma en que se está impulsando la Megarreforma.
No es un detalle menor: no se trata del partido del Presidente, el Partido Republicano, sino de sus socios.
Cuando los aliados comienzan a marcar distancia, el problema deja de ser técnico o comunicacional. Pasa a ser político.
La gran prueba no será el congreso, será después
La Megarreforma no enfrenta su principal prueba en el Congreso.
La enfrenta después.
Cuando los costos se hagan visibles, cuando la coalición deba ordenarse frente a sus propias tensiones y cuando el Presidente tenga que decidir si sigue administrando el despliegue en terreno o retoma el control del poder político en Santiago.
Ahí se definirá si este proceso fue una reforma ambiciosa… o el inicio del desorden que hoy ya se se hace evidente. Ya no solo estamos en un problema comunicacional, no son solo los enredos de vocerías, el problema se fue al corazón del poder.
Un gobierno en su propio laberinto
Cuando un gobierno decide castigar a su base electoral (clase media) para favorecer al gran capital, y lo hace en medio de una guerra civil entre sus ministros, el resultado es la parálisis.
Mientras el Presidente Kast opta por la política de terreno y el corte de cintas, el corazón de su administración se desangra en una guerra de guerrillas interna. Entre un ministro de Hacienda que aplica un ajuste implacable a la clase media y un gabinete que se rebela ante decretos leoninos, la ‘Megarreforma’ ha dejado de ser un plan de reconstrucción para convertirse en el detonante de una crisis de mando sin precedentes.
La «orilla» de esta historia es clara: si el Presidente no abandona su gira de sonrisas para retomar las riendas del poder real, la Megarreforma no será recordada como el legado de Kast, sino como el monumento al desorden de una administración que se ahogó en su propia ambición técnica.







