¿Quién manda en Chile? La pregunta no es baladí. A más de un mes de gobierno, la respuesta es tan evidente como desoladora: nadie. O, lo que es peor, manda la inercia de una administración que se quedó atrapada en su propio espejismo.
El Presidente Kast, en lugar de gestionar, parece haber confundido La Moneda con un salón de eventos. Entre fiestas con bar abierto pagadas por todos los chilenos para sus compañeros de universidad e inauguraciones de zanjas que se vuelven blanco de robos en tiempo real, el relato de la «austeridad» se desmorona. Es la política como performance, mientras el país espera liderazgo.
Por otro lado, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, opera como un contrapeso de tecnocracia fría. Su lógica de «tijera fiscal» no busca eficiencia, sino fractura. Cuando Quiroz habla de «descontinuar» programas sociales, el eufemismo esconde una realidad brutal: interrumpir, parar, detener. Traducido al lenguaje de la gente: quitarle el sustento a los más vulnerables en alimentación, salud y educación.
Que hasta figuras de su propio sector, como Evelyn Matthei, le hayan gritado un «con eso no se juega» ante el recorte de la alimentación escolar, confirma que este gobierno ha perdido incluso el respaldo de los suyos.
La gran paradoja es la «emergencia».
Este gobierno llegó al poder prometiendo un giro radical basado en una crisis nacional. Pero la narrativa se convirtió en su propia trampa. Al autodefinirse en un estado de excepción permanente, cualquier error —como los escándalos de probidad que el Ejecutivo insiste en minimizar como «minucias»— adquiere una gravedad insostenible.
Ya nadie cree en el país en quiebra que nos vendieron; la verdadera quiebra es la inoperancia de un gobierno que no sabe distinguir entre ser oposición en un set de televisión y administrar la República.
La falta de una coalición sólida ha terminado por desnudar la gestión. Ante la ausencia de un relato convocante, el Ejecutivo se ha entregado a la transacción táctica. Actores como el PDG ya no operan como legisladores, sino como cobradores de un chantaje permanente, dejando al gobierno en una irrelevancia política donde ceder al populismo es su única tabla de salvación.
El escenario es disruptivo.
La combinación de un Ejecutivo inerte, una oposición fragmentada y una ciudadanía que observa con desafección cómo el poder se pierde en explicaciones administrativas por errores evitables, es el caldo de cultivo perfecto para la inestabilidad.
Ayer, algunos creyeron en el cambio. Hoy, a muchos ya no les importa si este gobierno se desploma. La pregunta original sigue vigente, pero ahora con urgencia: ¿Quién detendrá esta inercia antes de que la inestabilidad deje de ser una amenaza y se convierta en el estado natural de nuestra política?







