La reciente ofensiva del presidente Kast contra la investigación académica no es un error de cálculo ni una simple frase desafortunada. Es un acto de vandalismo cultural institucionalizado. Buscar revisar el financiamiento a la investigación porque, según cree, «a veces 500 millones para una investigación que termina en un libro precioso en una biblioteca ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno», es simplemente, inaceptable.
Al pretender medir el valor del pensamiento humano bajo la estrecha vara de la rentabilidad inmediata, el Gobierno no solo demuestra una ignorancia supina sobre cómo progresa la civilización, sino que traiciona el futuro de Chile en el altar del balance contable.
Es una ironía trágica que un Ejecutivo que desconfía de la academia por su supuesta ‘ineficiencia’ sea el mismo que impulsa planes económicos reprobados por el Consejo Fiscal Autónomo. El presidente confunde el envase con el contenido; no entiende que lo que él llama el libro precioso ‘empastado’ es, en realidad, el sustrato donde se deposita el pensamiento que evita, precisamente, que los países cometan errores económicos de principiante
El desprecio por la inteligencia
Cuestionar el financiamiento de estudios que «terminan en un libro» es una afrenta directa a la esencia misma de la universidad. El conocimiento no es un insumo de fábrica ni una mercancía perecedera.
Como advirtió Jorge Luis Borges: «El libro es la gran memoria de los siglos… si desaparece, desaparecería la historia y desaparecería el hombre». El Gobierno, en su afán por reducir todo a «empleos», parece ignorar que las naciones que hoy lideran el mundo son precisamente aquellas que comprendieron que la cultura y la ciencia básica son el motor, no el adorno, de la economía.
La barbarie de lo útil
Estamos ante el triunfo de lo que Nuccio Ordine denominó «la utilidad de lo inútil». El Ejecutivo desprecia el libro porque no puede ser monetizado en el próximo trimestre, olvidando que sin esas investigaciones «teóricas» no habría medicina moderna, ni energía limpia, ni comprensión social.
Como sentenció Víctor Hugo: «La instrucción es luz, la ignorancia es tiniebla». Al apagar el financiamiento de las ideas, este Gobierno ha decidido, voluntariamente, que Chile camine a oscuras, condenado a ser un país de operarios y no de creadores.
Un llamado a la resistencia académica
No se puede administrar un país como si fuera una sucursal de ventas. El Estado tiene la obligación moral de proteger lo que el mercado desprecia: la verdad, la belleza y la ciencia pura. Un gobernante que ve en una biblioteca un cementerio de dinero perdido es un gobernante que le teme a una ciudadanía que piensa por sí misma.
Si la medida del éxito de un país es solo cuántos puestos de trabajo genera una investigación en seis meses, entonces estamos renunciando a la civilización para abrazar la maquila. No es posible permitir que el analfabetismo funcional se disfrace de eficiencia económica.
El conocimiento se defiende, los libros se respetan y la inteligencia de un país no se negocia. El costo de estos «500 millones» es nada comparado con el precio infinito de una sociedad que ha dejado de leer para poder sobrevivir.
El presidente pregunta cuántos empleos genera un libro; la historia le responderá que los empleos pasan, pero las ideas que esos libros resguardan son las que evitan que las naciones colapsen. El costo de esos 500 millones es nada comparado con el precio de una sociedad que deja de pensar para solo producir. Porque un libro en una biblioteca no siempre genera un empleo hoy, pero evita que un país entero pierda el rumbo mañana.







