Caso Quiroz: Cuando la tozudez convierte el diagnóstico en dogma, sin entender que la economía también se gobierna con credibilidad y certeza.
Durante meses el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, ha insistido en un mensaje que no admite demasiados matices: la economía está mejorando, la recuperación está en marcha y quienes ven otra realidad simplemente no comprenden el cuadro completo. El problema es que, en política, la economía no se mide únicamente con planillas Excel. También se mide en la fila del supermercado, en la búsqueda de empleo, en el pequeño comercio que vende menos y en la conversación cotidiana de millones de chilenos.
La última encuesta Black & White vuelve a mostrar un deterioro en la evaluación económica del Gobierno. No es un fenómeno aislado. Otras mediciones recientes revelan un aumento del pesimismo, una percepción ampliamente negativa sobre el empleo y una ciudadanía que mayoritariamente considera que la economía está estancada o retrocediendo.
Aquí aparece una diferencia fundamental entre creer tener razón técnica y construir confianza pública.
No se gobierna con plantilla Excel
Los gobiernos suelen creer que basta con explicar mejor las cifras para que la ciudadanía cambie de opinión. Sin embargo, cuando las personas sienten que su realidad cotidiana contradice el discurso oficial, no concluyen que ellas están equivocadas. Concluyen que quien gobierna dejó de escucharlas.
En política suele decirse que el relato no puede reemplazar a los hechos. En economía ocurre algo distinto: el relato también produce hechos. Si una familia teme perder su empleo, posterga la compra de una vivienda o de un automóvil. Si un pequeño empresario cree que venderá menos, evita contratar un trabajador. La confianza, el optimismo o el miedo terminan influyendo en decisiones concretas que impactan el crecimiento. La percepción no reemplaza a la economía; forma parte de ella.
Por eso resulta tan delicado cuando el discurso oficial y la percepción ciudadana dejan de encontrarse. Si el Gobierno insiste en un diagnóstico que la mayoría no comparte, el problema deja de ser comunicacional. Comienza a erosionarse la confianza, y sin confianza la economía pierde uno de sus motores más importantes.
El capital se ama a si mismo no al país
Existe, además, un aspecto que la política suele subestimar: no toda comunicación produce el efecto que quien la emite espera. Un mensaje puede ser eficaz para explicar una decisión o para responsabilizar a un adversario, pero terminar comunicando algo completamente distinto a quienes observan desde fuera.
Cuando un gobierno sostiene que recibió un país prácticamente quebrado para justificar las dificultades del presente, probablemente busca explicar por qué sus promesas avanzan más lento de lo previsto. Sin embargo, el inversionista escucha otra cosa: que el país donde se le invita a invertir era, o sigue siendo, un lugar de alto riesgo.
El capital no invierte por simpatía ni por afinidad política. Invierte donde percibe estabilidad y reglas confiables. Del mismo modo, cuando se instala que las cifras económicas heredadas carecían de credibilidad y esa tesis termina debilitándose, el mensaje que permanece no es solo una crítica al pasado. También se resiente la confianza en quien formula hoy el diagnóstico. En economía, la comunicación política no siempre comunica lo que el emisor pretende transmitir.
Proyectar si, hipotecar no
El propio Gobierno construyó buena parte de su programa sobre la promesa de recuperar el crecimiento y atraer inversión. Toda política pública supone una proyección, una apuesta sobre el futuro. Se proyectan escenarios, se calculan efectos y se diseñan incentivos esperando determinados resultados. La diferencia es que la mayoría de esas apuestas pueden corregirse si la realidad demuestra que el diagnóstico inicial fue equivocado.
Aquí aparece una diferencia relevante. El Ejecutivo no solo está impulsando una política económica.
También busca entregar a los inversionistas reglas estables mediante un régimen de invariabilidad. Esa certeza puede ser un incentivo poderoso para invertir, pero tiene un costo evidente: reduce el margen de maniobra del propio Estado si las condiciones cambian o si los resultados esperados no se producen.
Mientras más rígido es el compromiso asumido, más importante resulta haber acertado en el diagnóstico que lo justifica.
Convicción si, empecinamiento no
Persistir en un diagnóstico optimista cuando la mayoría percibe un escenario adverso puede transformarse en un problema político mayor que la propia desaceleración. No porque las cifras oficiales carezcan de importancia, sino porque las expectativas también forman parte de la economía.
Existe una diferencia importante entre transmitir tranquilidad y negar las dificultades. La primera fortalece el liderazgo; la segunda termina debilitándolo. Cambiar una política cuando cambian las circunstancias no constituye una derrota. Es, precisamente, una de las obligaciones de quien gobierna. Alarma que ya no solo es la oposición la que critica, los principales entes económicos del país y del extranjero, han dejado en claro que la proyección adolece de graves deficiencias. También los analistas e incluso exministros de Sebastián Piñera.
Lo preocupante no es equivocarse en una proyección, sino enamorarse de ella hasta el punto de ignorar los hechos que aconsejan corregir el rumbo. Cuando un gobierno deja de escuchar la realidad para defender su propio diagnóstico, la convicción comienza a confundirse con el empecinamiento. Y esa diferencia no es menor. La convicción dialoga con los hechos. La obstinación intenta doblegarlos.
El inversionista tiene expectativa de ganar, las personas tienen esperanza de surgir
En política, la credibilidad es un recurso escaso. Se construye lentamente y puede perderse con sorprendente rapidez. Los ministros pasan, pero las consecuencias de las decisiones permanecen. Y cuando una apuesta económica incorpora compromisos de largo plazo, quienes la respaldan deberán responder no solo por sus promesas, sino también por los costos que impida corregir a tiempo.
Por eso el problema trasciende las expectativas económicas. Las expectativas pertenecen al lenguaje de los mercados; la esperanza pertenece a las personas. Un país puede soportar durante un tiempo cifras adversas si conserva la convicción de que el esfuerzo tendrá recompensa. Lo que resulta mucho más difícil es reconstruir esa esperanza cuando el discurso oficial y la experiencia cotidiana comienzan a recorrer caminos distintos. Allí ya no se deteriora solo un indicador económico. Se resiente el ánimo colectivo de una sociedad que empieza a dudar de que el futuro será mejor que el presente.
Quizás el desafío del ministro Quiroz ya no sea convencer a los economistas. El verdadero desafío consiste en convencer a quienes llegan a fin de mes haciendo cuentas. Porque la economía puede mejorar en las proyecciones, pero mientras esa mejoría no sea percibida por quienes viven de su trabajo, seguirá siendo una expectativa y no una realidad.
La economía se mide en números; los países se sostienen en la esperanza de que esos números algún día mejorarán







