La muerte de Camilo Escalona deja un vacío difícil de llenar en la política chilena y, particularmente, en el Partido Socialista. Pero su figura no puede ser reducida a una determinada tendencia interna, a una época del Partido o a las legítimas diferencias que sostuvo a lo largo de su extensa trayectoria política.
Camilo Escalona pertenece a una dimensión mayor: pertenece a la historia del socialismo chileno.
Su vida política comenzó muy temprano. Quizás nunca pensó que ese comienzo marcaría su vida y la de miles de chilenos. Quizás, en 1985, nunca imaginó que marcaría para siempre a la familia de un profesor de Historia, Carlos Moreno Acosta; a su compañera de vida, la tía Ligia, como él le decía; y a sus dos hijos: Oscar, fiel compañero en los tiempos de dictadura, cuando ponían sus vidas en juego por recuperar nuestra democracia, y quien escribe.
Vivió y se emocionó con el sueño del gobierno de Salvador Allende, vivió el exilio, regresó clandestinamente a Chile y participó en la reconstrucción del socialismo en los años más duros de la dictadura. Posteriormente, ese joven con sueños de democracia, libertad e igualdad sería diputado, senador, presidente del Partido Socialista en distintos períodos y presidente del Senado.
Esa trayectoria explica por qué Escalona no puede ser patrimonio de un sector determinado del PS.
Fue protagonista de controversias, debates y confrontaciones internas. Como todo dirigente político de larga trayectoria, tuvo adversarios y compañeros con los que compartió caminos, así como otros de los que terminó distanciándose. Pero sería injusto que, después de su muerte, su legado quedara atrapado en esas disputas.
Las tendencias pasan. Las generaciones cambian. Las correlaciones internas se modifican. Lo que permanece es aquello que una persona fue capaz de aportar a la construcción colectiva. Y Camilo aportó mucho.
Escalona perteneció a una generación marcada por la Unidad Popular, la dictadura, la clandestinidad, la lucha por recuperar la democracia y la unidad del socialismo. Él no fue un espectador de esa historia. Fue uno de sus protagonistas.
Por eso, hablar de Camilo es también hablar de las contradicciones, los aprendizajes y las transformaciones del Partido Socialista de Chile.
El socialismo que sobrevivió a la dictadura no fue exactamente el mismo que existía antes de 1973. Debió revisar sus certezas, reconstruir su organización y comprender que la lucha democrática requería construir mayorías políticas y sociales capaces de sostener un proyecto transformador. Y, obviamente, él fue parte de ese proceso.
Su mirada política estuvo marcada por una profunda preocupación por la correlación de fuerzas, por la necesidad de construir acuerdos y por la importancia de que el socialismo tuviera capacidad de incidencia efectiva en el gobierno y en las instituciones. Su pensamiento y su actuación pueden ser discutidos —y, para aprender de él, deben serlo—, pero no pueden ser ignorados.
Una de las tentaciones de los partidos políticos es mirar su historia desde las disputas del presente. No reconocer nuestra propia historia, desde la fundación del Partido Socialista, sería no respetar la historia y la memoria de nuestro compañero.
Reducirlo al “escalonismo” sería empequeñecerlo. Transformarlo en símbolo de una tendencia contra otra sería desconocer la dimensión de su trayectoria.
Camilo tuvo diferencias profundas con muchos compañeros y también fue objeto de fuertes críticas. Pero las diferencias internas son parte de la vida de los partidos políticos. Lo verdaderamente importante es que esas diferencias no borren la contribución histórica de quienes dedicaron su vida a una causa colectiva.
El Partido Socialista debe ser capaz de reconocer a sus dirigentes desde una perspectiva histórica y no desde la lógica de las actuales correlaciones internas.
Eso es particularmente importante hoy. Ese es el llamado que nos hace Camilo Escalona a todas y todos.
El socialismo chileno enfrenta nuevos desafíos, nuevas generaciones y un escenario político profundamente distinto al que conoció Escalona. La izquierda atraviesa un proceso de reconfiguración y enfrenta una derecha fortalecida y una sociedad mucho más fragmentada. En ese contexto, la discusión sobre el legado de Escalona no debería convertirse en una disputa por quién tiene derecho a reivindicarlo, sino en una oportunidad para preguntarnos qué podemos aprender de su trayectoria.
Sin lugar a dudas, hay otra dimensión que tampoco debemos olvidar. Él es parte de la rica historia del socialismo, pero su trayectoria también forma parte de la historia democrática de Chile.
Fue parlamentario durante largos períodos y llegó a presidir el Senado. Desde esa responsabilidad institucional representó una tradición política que entendía que el socialismo debía participar activamente en la construcción de acuerdos democráticos y en la conducción del Estado. Esa misma voluntad es hoy reconocida incluso por quienes fueron sus adversarios políticos y por quienes, como el propio Presidente Boric en sus tiempos de diputado, cuestionaron duramente la figura de Camilo.
Por eso, su legado trasciende incluso al propio Partido Socialista.
Escalona forma parte de una generación política que entendió que recuperar la democracia no era solamente derrotar a una dictadura, sino también construir las condiciones para que la democracia pudiera sobrevivir, desarrollarse y responder a las necesidades de la ciudadanía. Y esa tarea continúa.
La mejor manera de homenajear a Camilo Escalona no es convertirlo en bandera de una facción. Es discutir políticamente, defender la democracia, fortalecer al Partido Socialista y construir unidad sin negar las diferencias. Es comprender que ningún sector interno puede apropiarse de la historia común.
Camilo Escalona dedicó prácticamente toda su vida a la política. Desde muy joven y hasta sus últimos años mantuvo una relación intensa con el debate político y con el destino del socialismo chileno.
Por eso, su muerte no debería cerrar una discusión. Debería abrirla. Debemos ser capaces de preguntarnos, debatir y analizar: ¿qué socialismo necesitamos para Chile? ¿Cómo construimos nuevamente mayorías sociales? ¿Cómo recuperamos la capacidad de representar a los trabajadores, a las clases medias y a quienes esperan un Estado más justo y eficaz?
¿Cómo hacemos compatible la identidad socialista con una amplia vocación democrática?
Esas preguntas son más importantes que cualquier disputa interna.
Camilo Escalona trasciende las tendencias porque su historia pertenece a todos los socialistas. Y lo que resulta aún más significativo para quienes alguna vez buscaron derrotarlo es que trasciende incluso al socialismo, porque su vida fue parte de una historia mayor: la historia de una generación que luchó, sufrió el exilio, reconstruyó la democracia y asumió la responsabilidad de gobernar.
El mejor homenaje que puede hacerle el Partido Socialista es no quedarse mirando hacia atrás.
Es tomar su historia, sus aciertos, sus errores y sus contradicciones, y convertirlos en aprendizaje para el futuro.
Porque Camilo Escalona ya pertenece a la historia.
Y la historia no es patrimonio de una tendencia.
Es patrimonio de todos. ¡Es patrimonio de las chilenas y los chilenos!
Camilo, ¡hasta la victoria, siempre!







