Opinión

Hablando claro

Tebni Pino Saavedra

Periodista. Magister en Comunicaciones, con amplia experiencia en medios nacionales e internacionales

Noguera
En perfecto idioma de vejez, el autor camina por la nostalgia idiomática del chileno de antaño utilizando un lenguaje que, para las nuevas generaciones, debe saber a jerigonza.

Debo confesar que hace un par de semanas se me frunció hacer un menjunje y lo primero que busqué fue la clásica harina. Solo que no contaba con que en el supermercado e incluso en una pequeña verdulería me preguntaron ¿Qué tipo quiere… de maíz o maicena (almidón de maíz), de arroz o de avena, esa cada vez más usada para celíacos?.

Y temiendo hacer un engrudo porque ya me había endilgado medio pato de tintolio que no es lo mismo que un guarisnaqui, preferí recordar mi infancia y a mi madre que cuando cocinaba charquicán de cochayuyo, nos permitía jugar a mi hermano y amigos de la misma calle en una acequia que, para atravesar la calle, lo hacía por dos sifones, uno a cada lado del camino.

Entonces, las endilgábamos para la plaza para jugar al comprahuevos o la escondida de pañuelos (corre corre la guaraca, el que mira para atrás se le pega en la pelá) porque el trompo me lo habían quebrado de un chopazo con una tagua y el emboque no lo encontraba por ningún lado.

Recuerdo también que para empeorar, mi ojito de gato de cristal lo había perdido en una troya, de modo que no me había quedado más que buscar unas bolitas de piedra, pichiruchi, sin valor ni siquiera emotivo porque me las dio de vuelto el señor Hidalgo, dueño de la botica del pueblo al que ya se le habían acabado las chauchas.

Pero no fue todo; esa vez además de quedarme sin plata para un calugón Pelayo que compraría en el almacén, ni siquiera pude llevarle a mi madre el Aliviol, el Mejoral, y ni siquiera un miserable Dominal para el dolor de cabeza.

Suerte que mi madre siempre me tuvo por comedido y jamás me quitó el ulpo con leche a la hora de onces que preparaba para el resto de mis hermanos, todos entumidos y más de uno con piñén en las patas porque el frío no los dejaba sacar agua de la noria y limpiárselas en el lavatorio de loza, regalo de matrimonio de mis padres.

Feliz, entonces, me iba a mi pieza, más apretado que estropajo de calzoncillo viejo para buscar las pilchas limpias que ese fin de semana usaría en un brillo donde esperaba pasarlo picho caluga porque los boleros de moda de aquellos días, tenían como cantantes favoritos a los hermanos Gatica, Antonio Prieto y un muchachito argentino que por aquellos días comenzaba recién una exitosa carrera llamado Yaco Monti

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