Europa vuelve a pronunciar la palabra guerra. Servicios de inteligencia advierten sobre posibles ataques rusos contra países que apoyan a Ucrania, mientras Europa refuerza sus defensas e infraestructura crítica.
Nadie puede afirmar que una guerra entre Rusia y la OTAN sea inminente, pero la escalada estrecha peligrosamente el margen entre provocación, conflicto y error. Chile está lejos de los misiles, no de sus consecuencias económicas.
Guerra. La palabra que Europa intentó desterrar después de dos conflictos mundiales vuelve a escucharse con una frecuencia inquietante. No porque existan antecedentes suficientes para afirmar que Rusia y la OTAN estén a días de enfrentarse directamente, sino porque gobiernos, servicios de inteligencia y autoridades militares comenzaron a prepararse para escenarios que hasta hace poco parecían reservados a los ejercicios de simulación.
La advertencia más grave llegó desde Polonia. El primer ministro Donald Tusk informó al Parlamento que evaluaciones de inteligencia de distintos aliados consideran “altamente consistente” la posibilidad de ataques híbridos rusos mediante drones o proyectiles contra países que apoyan a Ucrania, incluido el suyo.
Según Tusk, Moscú podría presentar esas incursiones como accidentes, poniendo a prueba algo bastante más importante que las defensas antiaéreas: la disposición de los miembros de la OTAN para reaccionar colectivamente. El objetivo sería sembrar dudas sobre la aplicación práctica del artículo 5, que establece que un ataque armado contra uno de sus integrantes será considerado un ataque contra todos.
Demasiados incidentes
Las advertencias no aparecen en medio de la nada. Ataques e incidentes atribuidos a Rusia se han multiplicado durante las últimas semanas en las inmediaciones o dentro de países de la Alianza Atlántica, mientras Moscú intensifica sus operaciones contra infraestructura logística ucraniana próxima a las fronteras europeas.
El cuadro incluye drones, sabotajes y episodios en el Báltico, además de ataques contra la red ferroviaria ucraniana utilizada para mantener sus conexiones con Europa. Polonia acaba de incorporarse, además, a una coalición con Ucrania y otros países destinada a desarrollar capacidades contra misiles balísticos.
Francia también comenzó a actuar. Emmanuel Macron reunió a los principales partidos políticos y ordenó elaborar un plan para reforzar la protección de infraestructura crítica frente a drones y ciberataques, luego de sostener que las acciones híbridas rusas contra Europa y Francia se están intensificando.
Europa, por tanto, no está hablando solamente de una amenaza hipotética. Está modificando dispositivos de seguridad frente a hechos que considera suficientemente serios para prepararse.
El peligro de equivocarse
Nada de lo anterior significa que Rusia haya decidido iniciar una guerra convencional contra la OTAN. La propia Alianza no ha anunciado que considere inminente un ataque militar ruso contra alguno de sus miembros. La distinción importa. Una cosa es advertir una escalada peligrosa y otra muy diferente anunciar una guerra que nadie puede asegurar que ocurrirá.
El problema está precisamente en la zona que existe entre ambas. Una incursión presentada como accidental, un ataque contra infraestructura crítica o una acción híbrida que provoque víctimas obliga a decidir dónde termina la provocación y comienza una agresión armada. Y cuanto mayor sea la frecuencia de esos episodios, menor será el espacio disponible para evitar que un error de cálculo produzca una respuesta y esa respuesta provoque otra.
En una Europa armada, movilizada y sometida a una guerra que lleva años desarrollándose en Ucrania, equivocarse puede resultar considerablemente más peligroso que antes.
Una guerra que Chile sentiría
Desde Santiago, Varsovia queda a más de 12 mil kilómetros y Ucrania todavía más lejos de nuestra vida cotidiana. Pero la geografía dejó hace mucho tiempo de proteger a las economías de las guerras.
Chile ya tuvo una demostración durante este mismo año. El conflicto de Medio Oriente elevó fuertemente el precio internacional del petróleo y el Banco Central constató que ese shock energético empujó la inflación nacional desde los primeros meses de 2026. El FMI también identificó el encarecimiento de la energía asociado al conflicto como una de las causas del repunte inflacionario chileno.
Una escalada europea podría volver a tensionar mercados energéticos, transporte, seguros y cadenas de suministro. Rusia continúa siendo un actor relevante en los mercados mundiales de energía y materias primas, mientras Europa constituye uno de los grandes centros financieros y comerciales del planeta.
También están los alimentos y fertilizantes. Una perturbación importante del comercio del mar Negro puede transmitirse hacia precios agrícolas internacionales, mientras un aumento del costo energético encarece producción y transporte mucho más allá del continente donde ocurre el conflicto.
Para Chile, una nueva presión sobre petróleo y combustibles terminaría entrando por estaciones de servicio, transporte, costos empresariales y, eventualmente, inflación. El Banco Central ya ha debido medir durante 2026 cuánto del shock petrolero internacional se estaba trasladando al IPC.
Ni alarmismo ni indiferencia
También pueden existir efectos contrapuestos. Una crisis internacional puede fortalecer al dólar y deteriorar las perspectivas de crecimiento mundial, afectando mercados relevantes para Chile. El cobre, por ejemplo, no necesariamente reaccionaría al alza: dependería también de las expectativas sobre actividad global y particularmente de lo que ocurriera con China.
Por eso sería tan equivocado pronosticar desde ahora una catástrofe económica chilena como ignorar aquello que está ocurriendo en Europa. La noticia hoy no es que comenzó una guerra entre Rusia y la OTAN. No comenzó.
La noticia es que autoridades europeas están tomando decisiones frente a la posibilidad de que acciones rusas alcancen de manera creciente a miembros de la Alianza, mientras aumenta el riesgo de que alguna de ellas atraviese una frontera política y militar difícil de desandar.
Durante décadas, Europa construyó buena parte de su seguridad sobre la idea de que una guerra directa entre grandes potencias resultaba demasiado destructiva para ser racional. Hoy nadie puede asegurar que esa racionalidad haya desaparecido. Pero guerra volvió al vocabulario. Y Chile está suficientemente lejos para no escuchar las explosiones. No lo está para evitar sus consecuencias.







