Nacional y economía

De Groenlandia a la Patagonia: el soñado Patio Trasero de Trump

Mario López M.

Trump Malvina
Foto publicada en X por @MiguelContigo
Groenlandia puede ser algo más que una obsesión territorial de Donald Trump. Mientras Estados Unidos busca reafirmar su predominio hemisférico frente a China y Rusia, Milei acelera una base naval en la puerta de la Antártica y Kast abrió su Gobierno con un acuerdo sobre minerales críticos con Washington. Entre el Ártico y la Patagonia comienza a dibujarse un mapa conocido: el viejo patio trasero.

De Groenlandia a la Patagonia: el soñado Patio Trasero de Trump. Donald Trump quería la isla norte. Habló de comprarla, aseguró que Estados Unidos la necesitaba por razones de seguridad nacional y llegó a negarse a descartar el uso de la fuerza para conseguirla. Dinamarca respondió que la isla no estaba en venta y los groenlandeses recordaron algo todavía más elemental: el territorio les pertenece.

Meses después, Trump no consiguió apropiarse de Groenlandia, pero puede terminar obteniendo buena parte de aquello que realmente buscaba detrás de la propiedad. Washington negocia reforzar su presencia militar y su papel en la seguridad de la isla, además de mantener posiciones estratégicas fuera del alcance de sus principales competidores.

Dinamarca y Groenlandia pusieron rápidamente límites a la interpretación estadounidense. No existe transferencia de soberanía, se mantiene la integridad territorial danesa y todavía faltan negociaciones y procedimientos políticos antes de cerrar un acuerdo. Pero el movimiento importa por algo bastante mayor que una enorme isla cubierta de hielo.

Groenlandia: la puerta norte

Su posición entre América del Norte, Europa y el Ártico convierte a Groenlandia en una pieza privilegiada para la defensa estadounidense. A ello se agregan minerales críticos y nuevas posibilidades de navegación que el deshielo está abriendo progresivamente en el extremo norte.

Estados Unidos mantiene presencia militar allí desde hace décadas. Lo nuevo no es descubrir su valor estratégico, sino la forma en que Trump lo incorporó a una concepción mucho mayor del hemisferio occidental. Porque Groenlandia no está sola en ese mapa.

Trump también ha hablado reiteradamente de Canadá como eventual estado 51. Amenazó con recuperar el Canal de Panamá denunciando la influencia china y ha situado al Caribe y Venezuela dentro de una política donde seguridad, petróleo, migración y presencia de potencias rivales comienzan a mezclarse.  Son situaciones diferentes y sería equivocado presentarlas como etapas de un único plan territorial. Lo que comparten es otra cosa: una doctrina.

Monroe vuelve a caminar

En 1823, el presidente James Monroe estableció el principio que terminaría llevando su nombre: las potencias europeas debían mantenerse fuera de nuevas intervenciones coloniales en América. “América para los americanos” terminó resumiendo una doctrina bastante más compleja y que, con el tiempo, también sirvió para sostener la hegemonía estadounidense sobre el continente.

Dos siglos después, Trump la desempolvó. Su administración ha reivindicado abiertamente la primacía de Estados Unidos en el hemisferio occidental. Pero Europa ya no constituye el principal problema estratégico. Ahora los nombres son China y Rusia. La traducción contemporánea de aquella vieja consigna podría ser bastante más directa: China y Rusia fuera del hemisferio.

Y entonces Groenlandia comienza a parecer menos una extravagancia de Trump y más la puerta norte de una estrategia.

China ya está adentro

El problema para Washington es que llegó tarde para impedir la entrada económica de China. Beijing se convirtió durante las últimas décadas en uno de los principales socios comerciales de América Latina. Compra materias primas, financia infraestructura, participa en energía, minería y tecnología y mantiene relaciones económicas que ningún gobierno latinoamericano puede eliminar simplemente porque Washington vuelva a mirar hacia el sur.

Chile constituye probablemente uno de los mejores ejemplos. China es nuestro principal socio comercial y comprador fundamental del cobre chileno. Empresas de ese país tienen además presencia en sectores estratégicos de la economía, mientras Chile concentra enormes reservas de litio y continúa siendo el principal productor mundial de cobre junto a otros actores relevantes.

Para Estados Unidos, esos minerales dejaron de ser solamente productos comerciales. Son insumos necesarios para defensa, tecnología, energía y cadenas industriales cuya dependencia de China Washington intenta reducir. Y es precisamente ahí donde aparecen José Antonio Kast y Javier Milei.

Milei y Kast miran hacia Washington

Argentina se adelantó. En febrero, el Gobierno de Milei firmó con Estados Unidos un acuerdo marco sobre minerales críticos destinado a profundizar inversiones, exploración, procesamiento y cadenas de suministro. Buenos Aires reconoció explícitamente que estos recursos poseen una dimensión que supera lo meramente comercial y alcanza consideraciones estratégicas.

Chile siguió pocas semanas después y lo hizo con una rapidez difícil de ignorar. José Antonio Kast asumió la Presidencia el 11 de marzo. Al día siguiente, durante su primera jornada completa en La Moneda, recibió al vicesecretario de Estado estadounidense Christopher Landau y ambos gobiernos suscribieron una declaración conjunta sobre minerales críticos y tierras raras.

El texto fue explícito: asegurar esas cadenas de suministro resulta fundamental para la “seguridad nacional” de Chile y Estados Unidos. Las partes acordaron iniciar consultas en un plazo de apenas 15 días para identificar proyectos, mecanismos de financiamiento y posibilidades de cooperación.

En abril llegó un memorándum más amplio, que incorporó exploración, extracción, procesamiento y otras etapas de la cadena. Eso no significa que Chile haya entregado sus minerales a Washington ni que haya excluido a China. Nuestro país mantiene acuerdos y relaciones mineras con distintas potencias y el instrumento con Estados Unidos no concede soberanía sobre los recursos. Pero muestra hacia dónde está mirando Washington y la disposición inicial del Gobierno de Kast para conversar.

Patagonia: la puerta sur

Más al sur aparece otra pieza. Milei acaba de decidir acelerar la construcción de la Base Naval Integrada de Ushuaia, en Tierra del Fuego, una obra que no nació durante su administración y que había sido impulsada por gobiernos anteriores. Lo relevante es el nuevo impulso político y presupuestario.

El proyecto pretende convertir Ushuaia en un centro naval y logístico de importancia para el Atlántico Sur, mejorar el control marítimo y fortalecer las operaciones argentinas hacia la Antártica. Argentina ha negado que se trate de una base estadounidense o conjunta. No existe antecedente público que permita afirmar que Washington financiará, administrará o tendrá control sobre las instalaciones.

Pero la geografía vuelve inevitable la mirada estratégica. En el extremo norte del hemisferio está Groenlandia: presencia militar, minerales, rutas marítimas y acceso al Ártico. En el extremo sur aparece Ushuaia: Atlántico Sur, recursos marítimos, grandes buques, rutas y acceso a la Antártica. Y entre ambas puertas existe un continente donde Estados Unidos pretende reducir la influencia de sus principales competidores.

Chile también tiene una puerta

La Patagonia no termina en Argentina. Chile posee más de cuatro mil kilómetros de costa sobre el Pacífico, controla los accesos naturales entre ambos océanos y tiene proyección hacia el continente antártico. A ello agrega puertos orientados hacia Asia y algunos de los recursos minerales más demandados por las industrias del futuro.

Hay además otro movimiento que une ambos lados de los Andes. Kast y Milei reactivaron durante 2026 la integración minera fronteriza para facilitar proyectos binacionales y nuevas inversiones. Argentina aporta enormes reservas todavía poco explotadas; Chile posee experiencia, infraestructura minera y acceso privilegiado al Pacífico.

La combinación es evidente: minerales argentinos pueden encontrar salida hacia Asia a través de puertos chilenos mientras ambos países estrechan simultáneamente sus vínculos estratégicos con Estados Unidos. Eso no convierte a la Patagonia en territorio estadounidense. La convierte en un espacio que difícilmente permanecerá ajeno a la competencia entre Estados Unidos y China.

El patio ya no está vacío

Ahí está probablemente la dificultad mayor para Trump. América Latina de 2026 no es la de Monroe ni aquella sobre la cual Washington ejerció durante buena parte del siglo XX una influencia casi incontrarrestable. China ya está aquí.

No mediante tropas ni territorios, sino con comercio, inversiones, electricidad, minería, infraestructura, tecnología y financiamiento. Por eso la nueva disputa hemisférica puede ser mucho menos espectacular que una anexión y bastante más profunda.

La pregunta será quién construye un puerto, qué capital controla una infraestructura considerada crítica, quién procesa el litio, dónde termina el cobre, qué tecnología utilizan las telecomunicaciones o qué país puede participar en proyectos próximos a posiciones estratégicas. No hace falta conquistar un territorio para disputar su orientación.

La soberanía entre gigantes

Para Chile y el resto de América Latina el desafío será mantener autonomía precisamente cuando las grandes potencias comienzan a considerar decisiones económicas que antes parecían comerciales como cuestiones de seguridad nacional.

Estados Unidos sigue siendo un socio político y económico fundamental. China se convirtió, entretanto, en un mercado imposible de reemplazar en el corto plazo para buena parte de las exportaciones  chilenas.  Elegir automáticamente entre ambos tendría costos. Pretender que esa elección jamás será exigida también puede resultar ingenuo.

Por eso Groenlandia importa tanto. Trump no consiguió comprarla. Pero puede terminar asegurando aquello que estratégicamente necesitaba: que ninguna potencia rival ocupe allí una posición que Estados Unidos considere incompatible con su seguridad. Si ese principio comienza a proyectarse hacia el resto del continente, la discusión dejará de ser sobre una isla lejana.

En el norte estará Groenlandia mirando hacia el Ártico. En el sur, Patagonia y Tierra del Fuego mirando hacia la Antártica. Entre ambas, recursos, puertos, rutas y gobiernos obligados a convivir con la competencia creciente entre Washington y Beijing. Desde los hielos de Groenlandia hasta los de la Patagonia existen miles de kilómetros, países soberanos y sociedades que hace mucho dejaron de considerarse el patio trasero de nadie.

El problema es que Donald Trump parece haber vuelto a mirar el mapa como si todavía lo fueran.

Comparte en:

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Email