Opinión

La memoria: el coraje de saber, la voluntad de recordar. Por Odette Magnet

Santiago, Chile.

Odette Magnet

Destacada Periodista y escritora, ex agregada de prensa de las embajadas de Chile en Washington, D.C. y Londres y ex agregada de prensa y cultura en el Consulado General de Chile en La Paz, Bolivia.

“Yo quería ser santa, y si no, girl scout. Pero no decía palabra. Tumba, niña, tumba. ¿Te comieron la lengua los ratones?, preguntaban. Yo sonreía y más de una vez estuve a punto de decirles que no, que yo usaba la lengua para hablar sólo tres días a la semana, lunes, miércoles y viernes, y fin de semana por medio. No hacía falta usarla todos los días. La gente hablaba demasiado; era puro ruido. Rara vez les decía algo a mis hermanos o a mis padres. Para qué, si ellos no tenían tiempo. Se lo pasaban ocupados en asuntos importantes y yo ya sabía lo que estaban pensando, pero ponía cara de sorpresa para que no me retaran. Me daba a entender con una docena de palabras.

Ellos se reían. La Maite tiene mirada de vieja chica, comentaban. Por las mañanas solía conversar con las estrellas de mar y por las tardes con las jaibas. Los fines de semana, con mis propias manos hacía varios hoyos en la arena —siempre he detestado las palas— y me iba escondiendo de a poco. Enterraba partes mías. Así no me olvidarían y yo recordaría siempre quién era. Hundía un mechón de pelo, dos uñas recién cortadas, tres pestañas o alguna costra que se me hubiera caído de la rodilla. Durante muchos veranos hice pequeños funerales privados. Entonces no lo sabía, claro, pero era una manera de firmar el acta, de decir presente, de decirle a esa playa y a ese mar míos que me recordaran en cada hoyo y en cada ola, porque yo me iría muchas veces, pero siempre, tarde o temprano, volvería. Cumplí.”

No lo digo yo sino Maite Aguirre, la protagonista de mi novela “Arena Negra”. Pese a que algunas amigas y amigos insisten en afirmar que Maite y yo somos una sola persona y que tuve un intenso romance con el ex canciller mexicano Jorge Castañeda, la realidad es otra. No he cruzado nunca una palabra con el ex canciller, pese a que le mandé mi novela y no acusó recibo, y Maite es casi hija exclusiva de mi imaginación o, para ponerlo más brutalmente, en mi novela, hay mucho más mentira que verdad.

En una conferencia sobre el célebre escritor chileno José Donoso, en octubre de 1994 en Santiago, su tocayo José Saramago dijo que “estamos hechos de palabras. Hasta el silencio necesita la palabra que lo diga. Nacemos e inmediatamente comenzamos a escuchar los sonidos y a aprender cómo articula la palabra entre ellos. Rompemos el silencio del cerebro con las primeras palabras que pronunciamos. Después la recreamos usándolas, luego, en el papel, queda la sombra de ellas, nada más que la sombra, y sólo mucho más tarde descubriremos que las palabras son en sí mismas, música. Comprenderemos más tarde aún, que un libro es como una partitura, y finalmente que el habla es como una melodía ansiosa e inagotable.”

Como hija de la palabra, como periodista en dictadura, como reportera y redactora de derechos humanos de la legendaria revista HOY, conté todas las pesadillas imaginables, con el máximo de detalles que permitía la férrea censura. Nunca hubo una semana en que faltara alguna. Creamos una melodía tenebrosa. Macabra. Como telón de fondo, la memoria prohibida, el falso enfrentamiento, la fuga que no fue. Durante años denunciamos las sucesivas y permanentes violaciones a los derechos humanos en Chile:  los detenidos desaparecidos; los campesinos enterrados vivos en los hornos de Lonquén; mis compañeros de banco, Eduardo Jara y Cecilia Alzamora, secuestrados de la Escuela de Periodismo de la Universidad Católica. Pobladores allanados, sacados de sus casas en la madrugada, semidesnudos, acorralados como ganado en una cancha de fútbol, trabajadores despedidos; profesores, mujeres violadas por perros y ratas, dirigentes sindicales y profesionales relegados a zonas inhóspitas de Chile; incomunicados sin explicación alguna, torturados en centros clandestinos, estudiantes reprimidos en las protestas, encarcelados.

Suma y sigue. Los jóvenes quemados, Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas; la mujer dinamitada, María Loreto Castillo; los torturados; los exiliados; los secuestrados, los tres comunistas degollados; Sebastián Acevedo, el padre que se inmoló, desesperado, porque sus hijos estaban en poder de la policía secreta de Pinochet, la DINA, en Concepción, al sur de Chile. Mi colega José Carrasco, dirigente del Colegio de Periodistas (como yo), secuestrado de su hogar en la madrugada y acribillado con trece balas al día siguiente del atentado de Pinochet, en septiembre de 1986. André Jarlán, el sacerdote francés que recibió una bala loca en la cabeza, quizás no tan loca, mientras leía la Biblia, el Salmo 129, en su dormitorio de la población La Victoria de Santiago.  Los que se quebraron bajo la tortura, los que no resistieron el peso de la vida y optaron por poner fin a todo.

La memoria me queda corta porque habría mucho más que contar.

Sin tregua, con miedo. Siempre con miedo. Con la mano temblando al abrir la puerta de la casa, al levantar el auricular, al abrazar a mi hija, al mojar las sábanas en la noche, al sentir el taxi que pasa por mi lado y yo apuro el tranco y mi espalda se tensa porque ahora sí, ahora sí que me disparan por detrás. Pero no, quizás mañana. Y el mañana se convirtió en otro mañana y después de muchos años me atreví a pronunciar la palabra futuro. Me he demorado décadas en decirlo así. Qué patético, qué patriótico.

La memoria. Recordamos. Yo recuerdo todo como si fuera ayer. Porque fue ayer. Soy periodista de una generación que luchó con fuerza y con miedo durante la dictadura. No una vez al mes, no una vez por semana. No. Una vez todos los días. Hicimos resistencia con la palabra. Aprendimos a escribir entre líneas, a avisar con la mirada, a proteger con el silencio. Poco a poco, fuimos recuperando la fe en el poder de la esperanza y la esperanza de poder. Porfiadas, decenas de mujeres de distintos ámbitos, se reunían en manifestaciones en los tribunales de justicia y, ante la presencia amenazante de los gendarmes, rodeaban a esa mujer altiva de piel de mármol, con la vista vendada y el corazón frío. Solitaria, ubicada a los pies de una ancha y bella escalera, impasible, imperturbable.  La acecharon, le lanzaron maldiciones, le rogaron como a esos santos mudos de los altares cristianos. Si hubiesen podido, le habrían prendido velas y prometido mandas. Contra todas las mareas, internas y externas, querían y necesitaban confiar en que algún día la balanza se equilibraría a favor de ellas.

Así se nos fueron 17 años, en permanente emergencia, bajo estado de sitio, bajo estado de perturbación de la paz interior, bajo la retórica militar que pretendía disfrazar la barbarie de una dictadura que no dio tregua. Con su mal aliento, la muerte agazapada, lista, siempre lista para caer encima sin aviso. Con el miedo pegado a la piel, la vista y la mente puestas en los otros, en los que corrían peligro, en los enemigos de la patria, los terroristas, los exiliados, los marginados, los olvidados, los de segunda y tercera clase. Basura. Cáncer marxista. La vida de los otros fue cada vez más importante y la nuestra, menos.

Se estaba en una vereda o en otra. No había espacio para ambigüedades.  Tejimos redes cómplices, solidarias, intentamos derribar muros de sospecha, tender puentes de confianza. Nos mintieron, nos engañaron, nos amenazaron, nos prohibieron el duelo. Nos robaron el futuro y nos pisotearon el pasado. Pero no pudieron arrebatarnos nuestra dignidad y la de nuestros caídos.  Esa es nuestra gran victoria, aunque sigamos colmados de ausencia y desolación.

Terminada la dictadura, nos pusimos a cazar palabras, las nuestras, las propias, amordazadas, abandonadas en el olvido, humilladas en la tortura o arrojadas al exilio. Nos propusimos encontrar nuestras voces, como si fuesen objetos perdidos en una guerra sin destino, como son todas las guerras. Añorábamos rescatar nuestra identidad como personas, primero, y como patria arrebatada, después. Nos sacudimos el miedo al amanecer y durante muchas noches, en medio de la soledad y las sombras, enterramos el terror, la traición, el amor abortado, la familia que se hizo trizas, la derrota, la promesa rota.

Comenzamos a amasar la democracia. Al son de las palabras, con dedos torpes, más bien vacilantes. La fuimos armando como si se tratara de un enorme rompecabezas de miles de diminutas piezas en medio de un paisaje desconocido. De nuevo, la memoria como telón de fondo. Marcados por la urgencia, el anhelo profundo de dejar atrás los tiempos del cólera, de rescatar nuestras voces, aclarar la garganta, levantar la mano. Nos mirarnos al espejo, tanto tiempo empavonado, y nos sorprendimos de estar vivos y abrazamos la esperanza en sucesivos brindis. Con fuerza, con los dientes apretados, como si se tratara de una tabla en pleno naufragio. Por si acaso, apagamos una vela como si bastara un soplo para borrar tanto horror.

Un día cualquiera, como son todos los días, nos atrevimos a levantar la vista hacia el cielo y la tibieza del sol acarició nuestras caras. Como una brisa suave, sentimos la fragancia del placer. Nos detuvimos para reanudar, para considerar, para echarnos a andar en busca de algo parecido al futuro. Paso a paso, debimos aprender de nuevo a vivir y convivir con una democracia frágil como una casa de naipes. Poco a poco, volvimos a mirarnos a los ojos, a andar por la vida de frente, no de perfil.

Fuimos muchos los que nos adentramos en las aguas de la literatura. Novelas, cuentos, obras de teatro, poesía, ensayos, lo que fuera. A tientas como en una pieza oscura. Aleteos tímidos al comienzo, textos robustos, contundentes, libres de autocensura, a medida que la democracia dejaba de ser una ilusión. Tropecé conmigo misma, mi mundo profundo de claros y oscuros. Las palabras fueron brotando como callampas en un bosque húmedo y cayeron como una cascada de agua fresca en las cuencas de mis manos.

Como hija de la palabra y el dolor, necesitaba escuchar mi voz.  Fui lentamente quitándome las telarañas de silencio, de inercia, en la cual me sentí entrampada durante tanto tiempo. La samurai de la noticia abandonó la búsqueda de la verdad, las precisiones, las citas rigurosas, las fuentes confiables. Dejó caer su espada de acero y se sentó a la orilla del camino a descansar. Secó el sudor de su frente con la mano derecha, respiró profundo, con la certeza de haber cumplido, como Maite.

Este año conmemoramos los 50 años del Golpe chileno. Lo cierto es que la fecha nos sigue dividiendo, al igual que el primer día. En algo hay acuerdo: ese 11 de septiembre de 1973 cambió el rumbo de las vidas de millones de chilenos y chilenas, para bien o para mal. Incluso de aquellos que aún no habían nacido. Desde entonces, tengo dos imágenes: una enorme masa de ganado al matadero y una botella de champán a punto de ser descorchada. Sangre y burbujas. Cierro los ojos. El ruido del vuelo rasante de los hawker hunters aún retumba en mis oídos. Qué patético, qué patriótico.

Septiembre, mes de la patria. Los volantines al viento, la fonda con su música estridente, la empanada recalentada, el sol que se desliza por la cresta de la ola. La espuma suspendida en el aire, las gaviotas con sus piruetas que dibujan una fina estela contra el cielo luminoso. La cueca sola, cada vez más sola. Viva Chile, mierda.

Según datos actualizados del Ministerio de Justicia, en Chile hay aún 1.469 víctimas de desaparición forzada. De ellas, 1.092 son detenidas desaparecidas, mientras que otras 377, que fueron ejecutadas, están en la misma condición. Del total de personas, solo 307 han sido identificadas. Y de acuerdo a cifras confirmadas por organizaciones de los derechos humanos, el tristemente célebre Plan Cóndor, esa red siniestra de las dictaduras militares de la región, que en la década del 70 y 80 hizo desaparecer y asesinó a miles de ciudadanos. Sólo en Argentina se habla de 30 mil detenidos-desaparecidos. En ese país,  115 ciudadanos y ciudadanas chilenos fueron desaparecidos, entre ellos mi hermana María Cecilia, de 27 años, socióloga, y su marido argentino, el médico Guillermo Tamburini. Ambos fueron secuestrados del departamento de la calle Córdoba 3386, cuarto piso, en Buenos Aires, en la madrugada del 16 de julio de 1976. Ninguno de los dos cuerpos ha sido encontrado hasta ahora.

El 27 de mayo de 2016, al cierre del llamado juicio Plan Cóndor, Humberto José Román Lobaiza (de 89 años) y Felipe Jorge Alespeiti (de 87), fueron los únicos dos imputados en el secuestro y desaparición de María Cecilia. El primero fue condenado a 18 años de presidio y, el segundo, a doce. Román Lobaiza era -para la fecha del secuestro – coronel de ejército. Se jubiló en 1980.

Felipe Alespeiti fue juzgado en el año 2009 por 107 secuestros y desapariciones. En julio de 1976 era teniente coronel de ejército, jefe del Regimiento de Infantería I Patricio y, como tal, jefe del Area II de la subzona Capital Federal. Se retiró del ejército argentino en mayo de 1977. Murió en julio de 2019, mudo y senil, con la piel gris colgando, las mejillas hundidas y la mirada vacía.

Ambos ya cumplían arresto domiciliario por otros crímenes de lesa humanidad y ninguno de los dos, claro, reconoció nunca responsabilidad alguna. Bajo el pacto de silencio cómplice, se negaron a contestar la única pregunta que aún nos impide abrazar la paz: ¿Dónde están? Pese a las décadas transcurridas, la interrogante no ha perdido su urgencia, el dolor nos rompe el alma como el primer día y el insomnio nos acecha sin tregua, noche tras noche. La herida sangra y no cierra. No cierra por decreto ni con indulto. No cierra con un punto final ni con el olvido. Ni siquiera con solo desearlo. Paradojalmente, es esa herida la que nos une, en ella nos reconocemos.

A fines de marzo pasado, en una columna en el diario El País, el Presidente Gabriel Boric anunciaba tres conceptos que guiarían este histórico aniversario de los 50 años: memoria, democracia y futuro. “Quiero mirar al futuro”, dijo, “pero hacerlo con memoria, aprendiendo del pasado. Quiero que Chile se reencuentre en una condena unánime y transversal a las violaciones a los derechos humanos. Ninguna diferencia política explica ni justifica pasar sobre los derechos y la dignidad de los demás. Este año, tenemos el deber de ratificar un compromiso: el límite de la acción política radica en el respeto a los derechos humanos.”

Hace un par de meses, el gobierno anunció la puesta en marcha del Plan Nacional de Búsqueda de los Detenidos Desaparecidos. El presidente de Chile aseguró que «desde el Gobierno nos hemos comprometido porque nos desgarra el alma, no solo la humana, sino la de la Patria, al saber que todavía hay quienes buscan a sus seres queridos. Ha pasado mucho tiempo. Va a ser difícil. El éxito es improbable, pero tenemos el deber moral de no dejar jamás de buscar a quienes faltan, a quienes fueron asesinados por sus ideas y defender la libertad del hombre y la mujer de nuestra patria.”

Yo lo escuché, Presidente, y pensé en mi hermana, claro. Me envolvió la ausencia, su ausencia que me ha seguido como una larga sombra durante muchos años. Ha caído tanta lluvia y en mí aún se anida el vacío profundo de la pérdida irreparable. Irremplazable. Te hablo, hermana, te extraño, te busco sin rumbo. Fuiste mi sol, mi estrella, mi luna. Cuando desapareciste, me quedé a oscuras. Sólo quiero pensar que tú estás lejos de la noche y el dolor. Lejos del olvido, a salvo, apañada en mi abrazo, clavada en mi memoria, con tu sonrisa dulce y tu alma en paz. Pese al tiempo transcurrido -ya son 47 años- he hablado, dentro y fuera de Chile, de ti y de todas las y los detenidos desaparecidos en América Latina, las llamadas víctimas del Plan Cóndor. He contado tantas veces la misma historia que podría recitarla como un largo poema.

Pero seguiré hablando frente a quien me quiera oír. O leer. Porque sólo tengo la palabra y la memoria. He constatado, una y otra vez, que compartir ambas aliviana la carga y, por un instante, ahuyenta tanta soledad. Quisiera apostar al cambio, a ese mañana que vivo de yapa hace ya tantos años. Quisiera creer que podemos construir un país distinto y mejor. Una patria que alcance para todos, en una paz verdadera, con tolerancia y equidad, sin privilegios ni excepciones. Ahora es cuando. Se acabaron las excusas porque también se acaba el tiempo. Ya no podemos echarle la culpa a nadie, aunque todo sigue igual: el machismo, el clasismo, el racismo y el oportunismo.

Quizás tengamos que aprender que la verdadera modernidad nace de la convivencia democrática, de la justicia, la participación. La genuina globalización se traduce en hacernos responsables no sólo de los éxitos individuales sino de los fracasos colectivos. Asumir el pasado, pero también el futuro. “Hasta que la dignidad se haga costumbre” fue la frase que nació en medio del estallido social en Chile el 2019.

Como a muchos, la memoria me mantuvo viva. Y a distancia de la locura, el abandono total, el suicidio. El coraje de saber, la voluntad de recordar son gestos inequívocos. La memoria tiene que ver con el reencuentro con uno mismo y con los otros, con recuperar el centro, la brújula, el sentido de pertenencia, la noción de identidad. La memoria es la patria, el paisaje que se reconoce, el padre, la hermana y el amigo. La memoria sabe a lealtad y amor porfiado. Es la forma en que las personas y los pueblos se explican y explican su historia, su origen, su razón de ser.

Así como no hay regreso sin fuga, no hay mañana sin ayer. Para soñar genuinamente en un futuro, como país y como personas, debemos primero abrazar lo que dejamos atrás. Sumergirnos en la memoria y, si es necesario, en el dolor. La puerta a la paz y a la reconciliación no es el olvido. No se puede pedir perdón por lo que no se recuerda. Pienso en la gente que se enjuaga la boca con la reconciliación y la necesidad de dar vuelta la hoja mientras levanta la copa en el cóctel de rigor y las palabras caen del aire como bolas de fuego en una magistral proeza circense que se cierra con un brindis.

La opción no es fácil. Chile tiene serios problemas con la memoria, la verdad, el dolor. Nos cuesta mirarnos al espejo, reconocernos en nuestras miserias. Le tememos al conflicto, lo rehuimos, lo negamos. No lo admitimos, pero creemos que es mejor barrer la mugre bajo la alfombra o lavar los trapos sucios en casa.

Yo estoy aquí porque tengo memoria, y la atesoro más que mi pasaporte. Yo no quiero olvidar, yo me niego a olvidar. No se puede aprender cuando no se ha recogido ninguna lección, cuando nadie se ha hecho cargo de ningún error. Solo amnesia, y la amnesia es la vecina de la demencia, del vacío, la nada. No dispongo de otra herramienta que la palabra. No tengo otra joya que la memoria. Con una en cada mano he venido esta noche, creyendo que, quizás, sólo quizás, mi herida sí cerrará y un día cualquiera despertaré con una cicatriz que luciré orgullosa.

“El mundo está plagado de piedras preciosas en bruto, tan atractivas como misteriosas”, asegura Haruki Murakami, quien acaba de ganar el Premio Princesa de Asturias de las Letras. “Los escritores”, dice, “están dotados de vista suficiente para dar con esas piedras. Con la actitud adecuada se pueden recoger y seleccionar tantas de esas piedras en bruto como uno quiera. ¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?”, se pregunta. Yo estoy en eso, recogiendo piedras, de aquí, de allá. Hoy lo hago en Vigo, una ciudad maravillosa, que me ha abrazado y reconocido como recolectora de piedras. No podría haber elegido un mejor oficio.

Vigo, Galicia

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