El cuestionado estilo Quiroz no solo es una anécdota o un método, es un tema que ya levanta críticas en la propia derecha y el gobierno. Es un peligroso patrón que hace perder credibilidad al gobierno, impone ideas políticas por sobre hechos económicos demostrables y medibles y, por sobre todo, hipoteca al país por años. También a usted, estimado lector.
Su cruzada ideológica
Cuando Jorge Quiroz sostuvo que Chile libraba una «batalla cultural», no estaba recurriendo a una figura retórica. Tampoco hablaba exclusivamente de economía. El ministro explicitó que el Gobierno busca cambiar el relato con que el país ha entendido durante décadas las relaciones entre Estado y mercado, inversión y regulación, crecimiento y desarrollo.
«Por supuesto» que hay una batalla cultural, fue su respuesta al ser interpelado sobre el por qué su obstinación de no querer cambiar una coma del proyecto.
gregó algo aún más revelador: «Lo que estamos haciendo acá, y es la tarea más importante después de este proyecto de ley, es que aquí hay un cambio de relato. Y hacia allá vamos».
Y todavía más: «Vivimos durante muchos años dentro de esta cultura y estamos tratando de cambiarla porque esa cultura no es funcional al desarrollo económico, a la prosperidad de las personas y a la generación de empleo». Ya no es un tema económico, es cultural, es ideológico.
Desde entonces, sus actuaciones parecen responder a una misma lógica
La afirmación de que el país estaba «quebrado»; la decisión de reducir el impuesto corporativo incluso a costa de romper un acuerdo político previamente alcanzado; la defensa permanente de un modelo basado en el incentivo a la inversión privada y la menor intervención estatal, forman parte de una misma mirada sobre cómo debe organizarse la sociedad.
Una forma de gobernar
Toda administración intenta dejar un sello. En el caso de Quiroz, ese sello parece trascender las cifras económicas.
No se discute únicamente cuánto debe pagar una empresa en impuestos. También cuál debe ser el rol del Estado, cuánto debe regular, qué espacio corresponde al mercado y cuál es la mejor forma de generar bienestar para la población.
Por eso, cada decisión termina proyectándose mucho más allá de una planilla Excel. Detrás de una rebaja tributaria también existe una determinada manera de entender el empleo, la inversión, la investigación, el emprendimiento e, incluso, la responsabilidad social del Estado.
Tensión en La Moneda
Las reformas estructurales rara vez fracasan por falta de argumentos técnicos. Habitualmente tropiezan cuando quienes las impulsan consideran que basta tener razón para que el resto termine compartiendo esa visión.
La discusión dejó hace tiempo de centrarse en un punto más o un punto menos de impuestos. Hoy gira sobre preguntas distintas: ¿es posible transformar profundamente un modelo de desarrollo privilegiando la convicción antes que la construcción de consensos? Y, algo más, ¿es posible seguir sosteniendo que hay que privilegiar el «chorreo» antes de las políticas públicas con eje en lo social?
La interrogante excede a Jorge Quiroz. Pero es él quien, probablemente como ningún otro ministro del gabinete, ha terminado personificando esa discusión. Y bien lo sabe Alvarado que debió golpear la mesa para exigirle expresamente a Jorge Quiroz retirar la rebaja del impuesto corporativo al 22% que generó el quiebre con los díscolos senadores PPD.
Lo que está en juego, se le dijo al ministro, no es su voluntad, es la credibilidad del gobierno, la seriedad de su palabra, sostiene fuentes de palacio.
Golpe de timón
Es un secreto a voces que Interior desplazó a Hacienda en la conducción política. Alvarado no solo salió a explicar: ordenó retirar la indicación y comenzó personalmente los llamados. La Moneda entendió que Quiroz ya no podía reparar por sí solo el daño que provocó.
Claudio Alvarado intenta cambiar la naturaleza del conflicto. Donde los senadores denuncian mala fe y ruptura de la palabra empeñada, Interior habla de “confusión”, “ruido” y diferencias de percepción. No es una cuestión semántica: si fue un malentendido, basta aclararlo; si hubo deslealtad, hay que reconstruir confianza.
La Moneda intenta recuperar votos que quizá aritméticamente no necesita, pero políticamente sí le convienen. Un triunfo por un voto permite aprobar la reforma; no le entrega estabilidad, legitimidad transversal ni protección frente a futuros cambios del tablero.
No es anécdota es su estilo
Durante la tramitación del proyecto para contener el alza de los combustibles, un cambio impulsado por Hacienda estuvo a punto de hacer naufragar la iniciativa en la Cámara de Diputados, luego de que la oposición advirtiera que el mecanismo de financiamiento también afectaba a las pequeñas y medianas empresas. Nuevamente fue el ministro del Interior, Claudio Alvarado, quien intervino para destrabar el conflicto. Ordenó a Hacienda a ceder y terminó ofreciendo una indicación que permitió salvar el proyecto. También debió dar explicaciones que, aunque poco convincentes, apagaron el incendio.
El antecedente se había repetido pocas semanas antes, durante la presentación de la megarreforma. El proyecto Quiroz proponía limitar la gratuidad universitaria para quienes llevaran más de doce años desde el egreso de enseñanza media. Las negociaciones habían desmantelado esa propuesta con acuerdo del propio presidente Kast. Pues bien, Quiroz sostuvo públicamente que esa restricción seguía formando parte del proyecto. Esta vez fue José García Ruminot, quien salió públicamente a zanjar la controversia. «Tuvimos una reunión ayer tarde en la noche con los ministros Jorge Quiroz y Claudio Alvarado y puedo informarles que la limitación de la gratuidad por sobre los 30 años de edad no va a estar en esta iniciativa».
El episodio más reciente parece reforzar esa percepción. Luego del quiebre con el PPD por la invariabilidad tributaria, el senador Pedro Araya abrió una puerta para retomar las conversaciones. Planteó que estaría dispuesto a volver a la mesa si el Gobierno incorporaba una rebaja al impuesto específico a los combustibles. La respuesta llegó casi de inmediato desde Hacienda. «No está arriba de la mesa», respondió Jorge Quiroz, descartando de plano la propuesta antes de que pudiera transformarse en una nueva instancia de negociación.
Olvida el ministro de Hacienda que «Gobernar» supone mucho más que administrar cifras o defender un programa. También exige construir confianzas, persuadir y sostener acuerdos que permitan convertir las ideas en políticas duraderas. Cuando una misma secuencia se repite una y otra vez, el debate deja de centrarse en un proyecto específico y comienza a trasladarse hacia la forma de ejercer el poder. Quizás esa sea, más que cualquier reforma en particular, la discusión que hoy instala el llamado «estilo Quiroz».






