Kast convierte La Moneda en casa particular con la «dueña de casa» escenificando un gesto de humildad que, al ser producido, deja de ser sincero.
La escena difundida desde La Moneda mostró a la esposa del presidente José Antonio Kast sirviendo almuerzo a funcionarios del palacio presidencial. La imagen pretende transmitir cercanía, sencillez y humanidad mediante un gesto doméstico que busca representar al poder como parte de la vida cotidiana. Sin embargo, el problema no es el gesto en sí, sino el lugar y el propósito.
La Moneda no es una cocina familiar ni un comedor de barrio. Es el centro simbólico del poder ejecutivo chileno y, por esa misma razón, cada imagen que emerge desde ese lugar tiene inevitablemente una carga política. Convertir ese espacio en escenografía de una escena doméstica no es inocente.
El filósofo francés Guy Debord lo explicó hace décadas con brutal precisión: “En el mundo realmente invertido, lo verdadero es un momento de lo falso”. Cuando la política comienza a reemplazar el contenido por imágenes cuidadosamente construidas, el espectáculo sustituye a la realidad.
El populismo de los gestos simples
Servir un plato de comida no tiene nada de reprochable. Miles de personas lo hacen cada día en hogares, comedores comunitarios y casinos laborales sin cámaras ni difusión oficial. El problema surge cuando ese gesto se instala deliberadamente en el corazón del poder para producir una imagen política.
Ese tipo de recurso pertenece al viejo manual del populismo simbólico. No se discuten políticas públicas ni decisiones de gobierno; se construyen escenas emocionalmente simples que buscan proyectar cercanía con la ciudadanía. La política se transforma entonces en una colección de imágenes diseñadas para circular.
La historiadora estadounidense Barbara Tuchman lo resumió con una frase que hoy suena sorprendentemente vigente: “La política se vuelve peligrosa cuando la apariencia importa más que la sustancia”. Cuando el gesto reemplaza al contenido, la política se vuelve un ejercicio de representación.
En ese contexto, la escena difundida desde La Moneda no comunica una política ni una decisión. Comunica una imagen cuidadosamente construida.
Cuando el símbolo se vuelve caricatura
La escena tampoco es neutra en su simbolismo. La imagen de la “dueña de casa” sirviendo comida en el corazón del poder político evoca una narrativa cultural muy específica sobre roles tradicionales. No se trata simplemente de un gesto amable, sino de una representación cargada de significado.
En comunicación política, los símbolos nunca son casuales. Cada escena transmitida desde el poder busca instalar una narrativa determinada sobre identidad, valores o liderazgo. En este caso, el mensaje parece apuntar a una estética de cercanía doméstica que pretende humanizar el poder.
Sin embargo, cuando la construcción simbólica resulta demasiado evidente, el efecto suele ser el contrario. La escena deja de parecer natural y comienza a percibirse como una puesta en escena.
El sociólogo Jean Baudrillard advertía precisamente sobre este fenómeno: “El simulacro no oculta la verdad; es la verdad la que oculta que no hay verdad”. En otras palabras, la representación termina reemplazando completamente a la realidad.
El detalle que revela la improvisación
A esa dimensión simbólica se suma un elemento más prosaico pero igualmente revelador. En las imágenes difundidas no se observan medidas básicas de manipulación de alimentos, como gorro sanitario, mascarilla o guantes.
El detalle podría parecer menor, pero no lo es. El propio Estado exige ese estándar sanitario en hospitales, casinos institucionales y servicios públicos. Cuando la escena ocurre precisamente en la sede del gobierno, la ausencia de esos protocolos resulta al menos llamativa.
El episodio revela algo más profundo que una simple omisión. Sugiere que la escena fue pensada para la fotografía, no para cumplir realmente una función práctica.
La política como espectáculo
El filósofo alemán Hannah Arendt advertía que la banalización del poder comienza cuando las instituciones se utilizan como escenario de representaciones simbólicas. El poder político, decía, pierde densidad cuando se transforma en espectáculo.
Eso es precisamente lo que ocurre cuando el centro del gobierno se convierte en escenografía de una postal doméstica. La política deja de mostrar decisiones y comienza a mostrar imágenes.
La paradoja es evidente. Mientras el país enfrenta problemas complejos que exigen políticas públicas serias, el mensaje que emerge desde el corazón del poder es una fotografía cuidadosamente producida. Una puesta en escena torpe que no deja nada, salvo el lamentar que se confunde Chile con un fundo personal.
El problema de fondo
Nadie puede reprochar a una persona que sirva comida o comparta un gesto amable con trabajadores. El problema aparece cuando ese gesto se transforma en mensaje político y se difunde desde los canales oficiales del gobierno.
En ese momento deja de ser un acto espontáneo y se convierte en comunicación política. Y cuando la política se expresa solo a través de símbolos cuidadosamente diseñados, la discusión pública se empobrece inevitablemente.
El escritor británico George Orwell lo expresó con una claridad brutal: “El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas y el asesinato respetable”. Hoy podría agregarse algo más: también puede convertir la escenografía en política.
La bandeja y el poder
La escena de La Moneda probablemente buscaba transmitir cercanía. Sin embargo, terminó revelando algo más inquietante: la tentación permanente del poder de sustituir la política por la imagen.
En democracia, los ciudadanos no necesitan gestos teatrales que simulen cercanía. Necesitan instituciones que funcionen, decisiones transparentes y políticas públicas eficaces.
Una bandeja servida puede ser un gesto amable. Pero cuando aparece en el centro del poder, frente a cámaras y difusión oficial, deja de ser un gesto sincero.
Se convierte, simplemente, en escenografía banal.







