Cuando los hechos ya han pasado se convierten en conmemoraciones. En Chile sentimos la obligación de recordar los acontecimientos que marcaron nuestra historia haciendo de una fecha un momento obligado para señalar la jornada.
Es el mismo tipo de acciones que se emprenden ahora el que nos muestra cuán separados nos encontramos de lo que rememoramos. Es lo que aconteció con los incidentes del día de ayer y hay que entenderlo en su significado.
El estallido de hace cuatro años ha sido interpretado y reinterpretado de muchas formas. La menos sincera de todas consiste en acusar a los otros de que “no lo vieron venir”, lo que es cierto para todos sin excepciones.
Basta ver los diarios de la época para darse cuenta que los actores políticos estaban dedicados a la contingencia más prosaica, ensimismados en sucesos de poco alcance. El Parlamento pasaba por una etapa particularmente baja de completa autorreferencia. De pronto todo cambió.
Lo sorprendente de lo acontecido en 2019 no fue la organización por un grupo de estudiantes de una protesta por el alza del boleto del Metro, lo determinante fue la respuesta ciudadana de apoyo tácito o explícito a la manifestación.
Si un suceso social tan amplio estuviera al alcance de la planificación de pequeños grupos antisistema, no acabaríamos nunca de salir de la vorágine.
Los mismos grupos o similares han intentado por años volver a encender la mecha y han fracasado, incluso repitiendo los mismos procedimientos y en el mismo Metro. Nada que hacer, la respuesta es diferente.
Se hacen los ritos respectivos para despertar al “pueblo”, pero el convocado no llega. Los que se consideran guías, no son seguidos por nadie.
La enorme distancia que separa lo que vemos ahora con lo que aconteció hace cuatro años es, precisamente, la memoria colectiva de lo ocurrido y de sus consecuencias. El malestar social existe, sus causas no han sido superadas, pero la forma en que primero se expresó el descontento ya no se repetirá. De intentarlo, nada nuevo va a pasar, salvo el mayor rechazo de los incidentes.
Lo que se ha aprendido es que el malestar estalla, pero que las soluciones no llegan por estallido, sino que se construyen con esmero y dedicación. Ahora nos encontramos en una resaca. Una respuesta alérgica a los excesos que no resolvieron nada y que dejaron intactos y agravados los problemas de antes.
Tampoco la resaca será permanente, no se consigue nada positivo renunciando a la propia responsabilidad ni recurriendo a quienes se ofrecen como salvadores. Sería un remedio peor que la enfermedad.
Tenemos malestar social e inseguridad ciudadana. Fue en un gobierno de derecha en el que todo se descontroló, la idea que la solución consiste en que llegue un gobierno todavía más de derecha es esperar la paz de la polarización.
La actual administración tiene en el área de seguridad uno de sus desempeños más responsables, pero la solución política de largo plazo solo la puede entregar un gobierno mayoritario, que asegure estabilidad por medio de mayor equidad social. Hay que reemplazar la celebración de los aniversarios por la preparación de un mejor futuro.




