Nos acostumbramos a estar preparados para futuros que no acontecen y, después de cada elección, los resultados nos sorprenden. Es otra forma de decir que estamos predispuestos solo a los acontecimientos que más se acercan a nuestras preferencias y nada más.
Es una práctica perjudicial porque al descartar lo que a nuestro juicio es lo peor, nos predisponemos a defender nuestras posiciones con una mediana concentración sin dar el mejor esfuerzo. No cubrimos el espacio de nuestra responsabilidad porque la suerte o el destino harán lo posible para favorecernos.
Las voces de alerta hay que darlas a tiempo porque advertir sobre lo que nos desagrada vale más que cien “te lo dije” expresados con posterioridad. Más aún, en un país donde es común que nos convenzamos, después de conocidos los resultados, que siempre supimos lo que iba a acontecer.
Todo esto es para decir que en el próximo plebiscito la opción que corre con ventaja es la del “a favor”, por supuesto, pese a las apariencias.
Si preguntamos a qué se debe la certeza de que la propuesta constitucional va a ser rechazada, veremos que la causa básica está en las encuestas que detectan una amplia oposición al texto, aun antes de conocerlo.
Nótese que nuestra confianza no se basa en la capacidad desplegada de convencer a otros. No habría ningún motivo para tener esta certeza, ya que, entre expertos y líderes, el discurso más habitual sigue estando dirigido a los entendidos en política contingente, que no son los que inclinan la balanza.
Si echamos un vistazo a las fortalezas de la otra opción, la primera que salta a la vista son las ventajas activas necesarias para enfrentar una campaña.
Una campaña funciona bien cuando se ponen en línea tres factores: una dirección política centralizada, una estrategia que identifica las prioridades y una traducción comunicacional destinada a convencer a quienes definen la elección.
El aspecto comunicacional no será, como en el caso oficialista, el último componente en ser agregado; es un aspecto que está presente, incluso desde antes de la elección de los consejeros constitucionales.
Se trata de un equipo afiatado que se viene fortaleciendo y ganando experiencia a partir de la elección presidencial. Desde el principio los criterios comunicacionales han definido lo que se destaca de las posiciones de la derecha dura.
También la estrategia política asumida muestra una notable continuidad. La idea de que los republicanos se irían moderando en el transcurso del proceso fue algo que convenció a muchos, excepto a los republicanos.
Pero la variable más determinante es la existencia de una conducción efectiva, que es lo que ha dado seguimiento a la estrategia política y comunicacional sostenida en el tiempo. Kast dijo tempranamente que iba a dar vuelta el resultado y eso es mucho más convincente que el comportamiento de Matthei que no pudo mantener su posición y terminó dando vuelta sus declaraciones iniciales.
La centroizquierda volverá a perder el plebiscito si pone su confianza en las condiciones iniciales favorables y no en las fortalezas que debe adquirir y pronto. Se está atrasado en la organización de la campaña y el tiempo no sobra.




